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232

364

I

ilRMS Pm U HH,\ DE ili liEPEil

1832-1846.

k

lORIüS Pm U HHi

1833-1846.

MEMORIAS

PAKALA

1^

HISTORIA 01 iXICO lifilPiDim

1822—1846

Por José María Bocanegra

E4tel6B ofleUl dirigida por J. H. Tlfll.

TOMO I.

yx5

A)

MÉXICO.

iMPJtKHTA DBL GOBIIBNO FEDERAL EN EL EX- ARZOBISPADO

(ÁTenida Oriente 9, número 726.)

1892

.

.Bt4,

*- -*•

ADVERTENCIA DEL EDITOR

OCAS palabras son necesarias para dar á comprender la im- portancia de la presente obra, pnes basta fijar la atención en la materia sobre que versa y en el nombre y carácter de su autor. En efecto, uno de los períodos más complicados y me- nos definidos de nuestra historia, es el que parte desde la consuma- ción de la independencia hasta que tomó una forma concreta la re- volución reformista. Los gravísimos problemas sociales y políticos que surgieron á raíz de aquel memorable acontecimiento, y en cuya solución hallábanse comprometidos poderosos. é inconciliables inte- reses, se tradujeron bien pronto en hechos que precipitaron al país en una larga serie de disturbios civiles. Ahora bien, determinar el valor y tendencias respectivas de los partidos que representaban esos intereses; señalar el desenvolvimiento progresivo de las idead que los informaban; colocar en el puesto que de justicia les corresponde á los acjores de ese gran drama, es una tarifa difícil en demasía, no por falta de elementos, sino porque la misma multiplicidad de ellos ofusca la mirada ocasionando tal vez extravíos inconscientes en el observador más imparoial.

VI

Lejos estamos de suponer que en el libro que hoy sale á luz se pronuncie la última palabra sobre tan delicado asunto; pero cuando se reflexiona en la honradez universalmente reconocida de su autor; cuando se recuerda el importante papel que desempeñó en muchos de los acontecimientos que narra, y cuando se tienen en cuenta las circunstancias en que fué desempeñado este trabajo, hay que esti- marlo como un valioso contingente para la historia patria, cuyo es- tudio concienzudo acabará por deshacer preocupaciones que no poco influyen en la opinión pública.

El titulo do Memorias indica desde luego la naturaleza de la obra, naturaleza bien señalada en la Introducción por su autor. Separado ya del teatro do los acontecimientos; ajeno á las emociones de la po- lítica activa; con la madurez de la edad que sabe utilizar las leccio- nes de la experiencia; en el silencioso retiro del gabinete donde no penetran la ambición literaria ni el halago de bandería, pudo el Sr. Bocanegra desarrollar tranquilamente el plan que se propuso, al con- signar como anales la relación de hechos y la transcripción de docu- mentos, que, según sus palabras, '^ presenten á la República Mexicana ante el mundo como ella ha sido, y se conozca cómo han pasado los grandes y pequeños acontecimientos que han tenido lugar desde que por su independencia figura en el catálogo de las naciones." Y con una modestia y una sobriedad dignas de elogio, se abstiene de todo comentario, dejando *'el juicio de los propios hechos y sus conse- cuencias á los tiempos y á los hombres que nos sigan, por ser sin duda alguna la posteridad quien únicamente puede dar un imparcial é inexorable fallo, poniendo en claro los acontecimientos por medio de la historia, y haciendo con el transcurso de los siglos que triunfe la verdad sobre la calumnia y el engaño."

Esto no significa que la obra se reduzca á una simple crónica des- nuda de todo interés. E} autor no sólo puntualiza los hechos fundán- dolos sobre bases dignas de crédito, sino que da la razón de ellos, establece su enlace para que pueda estimarse la trascendencia que tuvieron. Hay más todavía; en su larga carrera el Sr. Bocanegra tuvo una parte más ó menos directa en los sucesos que refief e, y con la conciencia del hombre que cree haber obrado bien, se impuso el compromiso para con el público de dar razón de sus opiniones y con- ducta política en el desempeño de sus deberes. Esto da lugar á va-

VII

rías rectificaciones sobre hechos que, desnataralizados por la pasión ó el espirita de partido, han pasado á algunos tratados históricos como verdades adquiridas, falseando de este modo el juicio despre- Tcnido del lector. Ni podría oponerse el interés personal que hubiese tenido el Sr. Bocanegra para trazar su propia apología con menos- cabo de la justicia, pues en último análisis y prescindiendo de las garantías que inspira lo respetable de su carácter, sería siempre un seryicio de no poco momento, el abrir nuevo debate sobre cuestio- nes que se creían definitivamente cerradas.

Por lo demás, es bien sabido el especial interés que ofrecen las Memorias, sobre todo, cuando se trata de personajes que han repre* sentado un papel prominente en la escena política. Allí se encuen- tran revelados hechos y circunstancias que se habrían escapado al más diligente historiador; allí se puede adivinar al través de cual- quier artificio la verdadera significación de los sucesos, las causas ocultas que los han preparado, las ideas, las ilusiones dominantes de la época, lo cual da por resultado que la simple narración constituya por sola un preciosísimo dato para la crítica histórica. Se ve por esto cuan lejos estamos de compartir la opinión de los que niegan á los contemporáneos la competencia para historiar los acontecimien- tos que han presenciado, pues si es cierto que su proximidad no les permite valorar consecuencias que sólo el tiempo logra desarrollar, también lo es que el trauscui^so de los años borra los delicados linea- mientes que expresan la vida y la acción, dejando una materia inerte con la cual no es fácil reconstruir sino de una manera imperfecta el drama del pasado. Tal es el fundamento de la alta estima en que se tienen los historiadores primitivos, manantial inagotable en que va á beber la erudición de los pósteros, sin el auxilio del cual queda ésta reducida á interpretación de jeroglíficos sociales, cuyo sentido ge- nuino es tema de disquisiciones á menudo infructuosas.

^Necesitaremos encarecer después de esto, lo mucho que nuestro país habría ganado si todos los hombres que se han visto en la situa- ción del 8r. Bocanegra hubiesen seguido la misma senda, permitién- donos descubrir sin esfuerzo los ocultos resortes que los movieron, los pensamientos íntimos que normaron sus actos, el ideal en suma que se propttsieron realizar durante su vida politicaf ¡Cuántas os- enridades desaparecerían de nuestra historia I ¡ Cuántos enigmas se-

vm

rían descifrados con una sola palabra, con una sola indicación que hubiese caído de esos labios que selló la muerte con un silencio eter- no ! Desgraciadamente no ha sido así, quedando á los supervivientes la ímproba labor de desentrañar la realidad psicológica envuelta en farragosas documentaciones, que en vez de proporcionar el hilo con- ductor sirven con frecuencia para cortarlo ó enredarlo.

De sentirse es que el Sr. Bocanegra no hubiese dado cima á su importante trabajo. Apenas llegaba á los últimos días de 1846 en que acababa de triunfar la revolución iniciada en Jalisco que echó por tierra la administración de Paredes y restableció el sistema federal, cuando fué atacado por la grave enfermedad que le llevó al sepulcro el 23 de julio de 1862. Cualquiera que conozca nuestra historia la montará esa funesta interrupción: el año do 47 puede calificarse de terrible para México: después de una serie de combates heroicos pero adversos para las armas nacionales, la capital de la República fué ocupada por el invasor norteamericano; en la residencia de los tu- piemos Poderes se vio flotar el pabellón do las estrellas, y á su som- bra se celebraron los tratados en cuya virtud pasó á ajeno dominio una gran porción do nuestro territorio. Valiosos escritos poseemos acerca de aquel luctuoso período ; mas es indudable que algo nuevo nos habría dicho el autor de las Memorias, sobre un asunto que tan á fondo conocía, puesto que como secretario de Estado le tocó defen- der los derechos de México en el conflicto provocado por la cuestión de Texas, tarea que el Sr. Bocanegra desempeñó con rara habilidad y acendrado patriotismo. Verdad es que el Título XVIII comprende un capítulo en que adelantándose á los sucesos de principios de 1846* se hace una rápida narración de la guerra en los Elstados Unidos has- ta su término, mencionando alguno^ hechos que tuvieron lugar á mediados de 1848. La inoportuna inserción de ese capítulo, la ma- nera sucinta con que está escrito y las indicaciones de que después daría mayor extensión á su relato, manifiestan claramente que es un simple borrador de que no pudo servirse el Sr. Bocanegra á causa de su fallecimiento. A esto hay que atribuir sin duda alguna el va- cío á que antes aludimos, y que nadie habría mejor llenado que .el autor de las presentes Memorias.

Sin embargo, la obra tal como quedó constituye un precioso do- cumento que será siempre consultado por todo el que se ocupe en el

IX

«

período que abarca: así lo comprendió el Supremo Gobierno, quien no vaciló en comprar el manuscrito con el patriótico pensamiento de darlo á la estampa, trabajo que se nos confío y que hemos pjrocura- áo llüvar á cabo con la fidelidad que cumple á editores concienzudos. El texto ha sido escrupulosamente respetado, permitiéndonos sólo una ligera variación que en nuestro concepto facilita el manejo del lihro, y es colocar al fin de cada título los documentos relativos, en vez de formar con ellos un apéndice general. Por lo demás, seanos lícito manifestar la satisfacción que nos cabe de haber contribuido, aunque de manera bien secundaria, en una publicación que conside- ramos de trascendental interés para la historia patria.

3. Sn. 9}i^iL

'^•^

A MI PATRIA

A MIS HIJOS.

México, Julio 23 de 1862.

oloU Qftlax4a be &cancma.

V

II- li

INTRODUCCIÓN.

E han precedido escritores ¡lustres, que pueden lla- marse, como ellos mismos se han llamado, historia- dores, y verdadera historia á sus obras. Ellos han dado ya á conocer á México según ha sido antes y después de la conquista: nos han descrito su situación, su división natural y política; su extensión y límites; su po- blación, sus climas, sus producciones naturales, su ilustra- ción, y su riqueza, en fin, minera y general.

Yo, á la verdad, ni tengo la presunción y arrogancia de llamarme historiador, ni de dar el nombre de historia á estos apuntamientos> que sólo pueden tener el mérito de servir á los que escriban después la historia de mi patria. Unic^tmente consigno como anales la memoria de hechos; y los documen,tos, los transcribo, buscando que contra la injuria de los tiempos, presenten á la República Mexicana ante el mundo como ella ha sido, y se conozca cómo han pasado los grandfes ó pequeños acontecimientos que refie- ro^ y han tenido lugar desde que por su independencia figu- ra en el catálogo de las naciones. >

Los Sres. D. CárTos M^ Bustamante, D. Tadeo Or- tíz, D. Lorenzo Zavala, D. José Luis Mora, D. Lucas Ala- mán, D. José M? Tornel, D. Juan Suárez Navarro, D. Luis G. Cuevas, historiadores todos en nuestros días y de nuestro país, me han ratificado, con sus obras, aquel prin- cipio de que nada hay perfecto en el hombre, ni más triun- fo, saber y gloria que la verdad.

El primero, por preocupaciones ó por patriotismo, ape- nas ha dejado el confuso conocimiento que dan sus obras, de las cosas, sin ofrecernos un cuadro que arroje la luz su- ficiente para guiarnos como guía la antorcha de la historia, que es por misma tan resplandeciente y pura, porque descansa en lo cierto de los hechos y en la fidelidad del es- critor.

Las publicaciones de D. Carlos María Bustamante, de- cía un contemporáneo, no son una obra completa ni segui- da, sino más bien unas apuntaciones en forma epistolar. Existen también de este autor muchos artículos históricos que se hallan dispersos en la colección de sus escritos. Aun- que escribió sobre todas materias, su objeto favorito fué la Historia antigua y moderna de México; y por desgracia, sus obras no han merecido la mayor fe, á pesar de haber- se aprovechado de multitud de documentos importantes, con motivo de haber tenido entrada franca á los archivos nacionales.

El segundo, si bien se propuso por objeto de su obra la Historia de México, se limitó y se contrajo precisamen- te á puntos y materias señaladas que le convinieron tra- tar, como fué la colonización de Tehuantepec; y no le per- mitieron sus mismas miras, sus combinaciones y planes, el dejarnos nt aún las noticias que él se propuso al principio de una obra que al fin abandonó.

El tercero, maliciosamente facundo, como dice de Sem- pronio Graco el ilustre Tácito, * que así como Zavak, lu- cía dotado de un claro ingenio, ha sido más bien un*escri- tor de diatribas para sus compatriotas, y de elogios y apo- teosis para mismo, que historiador,

Dícese, por tanto, de Zavala, en expresión del autor contemporáneo citado, que este célebre personaje comen- zó á figurar desde los primeros días de nuestra emancipa- ción política: que por su instrucción y talentos descolló en- tre los políticos de su tiempo, y se abrió paso hasta llegar á los eminentes puestos de gobernador, ministro, sena- dor y diputado: que como caudillo del partido demagó- gico, dirigiéndolo y representándolo, causó males inmen- sos á la nación : que por genio estaba dotado de impresio- nes violentas, y que por lo mismo era natural transmitiera á sus escritos una vehemencia y parcialidad suma que de- bían hacerlo incurrir en notorias injusticias : que por el mo- vimiento revolucionario de 1830 fué destinado á París co- mo ministro representante de México, y allá y en dicho año publicó sus ''Ensayos históricos de las revoluciones de México:'' que esta obra muy lejos de corresponder á la celebrada capacidad del autor, no es en realidad otra co- sa que un compendio de los acontecimientos más nota- bles desde 1808 á 1830, formando propiamente, no una obra histórica, sino una galería de retratos políticos, bos- quejados con el pincel que pusieron en sus manos la ira y el encono : que en cuanto á lo sustancial de los hechos, á más de hacerse de ellos una narración diminuta, tiende siempre en cuanto explica á justificar los hechos de un partido, y anatematizar constantemente los actosdel contrario, llevan*

f Tácito : tomo I ?, página 62.

dose este pensamiento adelante en toda la obra. No de- beni^pues, extrañarse sus calificaciones avanzadas, conti- nua diciendo el escritor contemporáneo que citamos, ni las contradicciones en que incurre, ni aun sus abusos en ma- terias religiosas. Zavala escribió, repite el escritor citado, para sincerarse de sus faltas, y también para buscar un le- nitivo á las heridas de su amor propio, que necesitó ocu- parse de un asunto en que pudiese de algún modo vengarse.

El Dr.' D. José Luis Mora, que es el cuarto de núes* tros historiadores citados, dejó pendiente su obra comen- zada, y lo mismo que D. Tadeo Ortíz, ni cumplió sus ofer- tas ni llenó el plan propuesto, abandonándolo por hacer publicaciones parciales en tomos saltuarios sobre materias bien extrañas. Se propuso distribuir su obra titulada ''Mé- xico y sus revoluciones'' en dos partes, siendo la segunda la historia dividida en once períodos; quedó sin cumplirse la propuesta en esta parte referente á la historia, y por con- siguiente dejó también incompleta su obra.

La revista política las administraciones públicas que escribió el Sr. Mora, abrazando todas las comprendi- das en el período de independencia hasta el año de 1837, ha sido juzgada como una sátira, que presenta las cosas y los hombres en caricatura, y no una relación fiel é im- parcial que pueda como tal transmitirse á la-posteridad con el saludable fin de la historia.

El Sr. D. Lucas Alamán, que es el quinto de los re- feridos, ha sido á la verdad muy somero en muchas y se- ñaladas épocas, y en ciertos é importantes períodos de la historia, al hablar de México independiente. Se conoce por su narración misma que bebió en una sola fuente, se pedicó á seguir una sola opinión y á sostener sólo un dere-

cho y á personas señaladas. Está, pues, .en mi humilde jui- cio, fuera de la imparcialidad que exige la historia.

El Sr. D. José Mf Tornel, por su desgraciada y sen- sible muerte, puede decirse que comenzó apenas á publi- car en el periódico titulado Ilustración Mexicana, La re- seña histórica que ofreció escribir y quedó sin concluirse. En lo que escribió se advierte que exageró mucho algu- nos sucesos, omitiendo, como el Sn Mora, los que debían haberse redactado para ser puestos al conocimiento y jui- cio de nuestros contemporáneos.

Los Sres. Suárez Navarro y D. Luis G. Cuevas, co- mo aun escriben, cuando hayan concluido las publicacio- nes, se podrá juzgar de sus obras.

Protesto que cuanto acabo de asentar referente á los dignos escritores que me han precedido, no quiere decir que niego el mérito y utilidad de sus obras referidas, y por muy respetadas, entre otras causas, por la de que cier- tamente me conducen é instruyen al escribir mis Memo- rias; ni mucho menos se entienda que desconozco la ilus- tración, saber y patriotismo de sus autores.

No tengo la presunción de creer que sea yo quien en- miende las que, en mi humilde concepto, han sido faltas, tratándose de escritores públicos; y si he llamado la aten- ción de mis compatriotas en los términos que lo he hecho, ha sido para fijar, por mi parte, y establecer por mi deber, el plan, orden y objeto que me he propuesto al escribir unas Memorias que puedan ser útiles á la Historia de Mé- xico por la consignación de hechos que en ellas hago.

Estoy persuadido de xjue debo respetar y respeto las opiniones ajenas; pero vivo también en la persuasión de que no es de mi deber el asentir á ellas y seguirlas. Creo

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con el ilustre Tácito, pág. 2 del libro i? de sus Anales, que en las naciones hay siempre esclarecidos escritores que re- fieren los acontecimientos prósperos ó adversos de las mis- mas ; y también creo que no faltan ingenio^, que escriban sobre todo, aunque muchas veces se vea ofendida por ellos la verdad, como él dice en el lugar citado, al escribir los últimos acontecimientos de Augusto.

Por esta profunda observación me he asegurado más y más en el propósito bajo que he comenzado mi obra, es- to es. me he ratificado en la resolución de no apoyar mis relatos en mi propia crítica ni en mis propias ¡deas y opi- niones, sino hacer descansar mi dicho en constancias rea- les y efectivas, como lo son los documentos de la respec- tiva época, remitiéndome siempre á ellos sin crítica ni alusión individual. Esta verdadera demostración ó prue- ba á lo menos de lo que se dice ó se refiere, tiene la na- tural bondad y segura ventaja de que en los asertos ó narra- ciones no se habla por propia autoridad y voluntad, sino precisamente por lo que ministra el dato que sirve de no- ticia y de fundamento. Tal circunstancia me ha decidido igualmente á seguir el orden y sistema de presentar los hechos probados tal cual existen, y dejar libre el juicio y la ajena crítica y extraña, sin usar de la propia que pare- cería apasionada y parcial.

Escríbeos pues, según dije antes y repito ahora, exhi- biendo documentos y presentando los hechos mismos co- mo pasaron, sin comentario ni exageración alguna que los adulteren, y dejo el juicio de los propios hechos y sus con- secuencias á los tiempos y á los hombres que nos sigan, por ser sin duda alguna la posteridad, quien únicamente puede dar un imparcial é inexorable fallo, poniendo en cía-

ro los acontecimientos por medio de la historia, y hacien- do con el transcurso de los siglos que triunfe la verdad so- bre la calumnia y el engaño. Así lo dije otra vez en un documento oficial, y lo reitero ahora como conducente.

La exhibición de documentos será, ó bien de los ya publicados, ó bien de los adquiridos por y en lo parti- cular relativos á mi persona, manifestándolos todos, conse- cuente al compromiso que contraigo con el público, al ofre- cerle que me ocuparé en estas Memorias en dar razón de mi conducta política y de mis opiniones, en el desempeño de mis deberes.

Aquí parece que debían terminar mis advertencias pre- liminares; pero no es así posible, atendiendo á que cuan- do me resolví á la formación y publicación de los presen- tes apuntamientos, y al fijar la materia y partes de que deberá constar la obra que ofrezco á mis compatriotas, consideré naturalmente que al decidirme á dar este paso y á recibir la responsabilidad inmensa y casi perpetua que acompaña á los autores de cualquier obra ó escrito en el mismo hecho de publicarse, debía ocuparme, y con dete- nimiento, del para muy importante punto relativo á mi persona, pues que al escribir, he dicho que lo hago con presencia de documentos, relativos á los sucesos que tuvie- ron lugar en el tiempo que desempeñé diversos puestos, á que fui llamado por elección popular ó por nombramien- to del Gobierno, desde el año de 182 1 hasta el presente de

Por esto es por lo que he creído, no sólo útil y conve- niente, sino verdaderamente necesario, el acompañar los originales que contienen y explican los hechos históricos que deben pasar al conocimiento de la posteridad, tal cual

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han sucedido; y así evitando que se adulteren, se confun- dan ó destruyan y perezcan en daño y perjuicio de la his- toria, y tal vez en mengua de nuestra patria.

Y entiendo además, que haciendo exhibición pública é histórica de los originales referidos, hago por lo menos el servicio de consignarlos para el historiador y paca otros usos litiles y debidos; logrando asimismo presentarme en la parte que me toca y que me ha cabido en mi larga ca- rrera política, para que sea juzgado por la misma historia; con la confianza de que jamás es órgano de ira ni de par- cialidad, pues es bien sabido que ella ni ofende ni calum- nia, sino que ve, observa, compara y pesa las cosas para pronunciar sus fallos, sin dar lugar á pasión ni á facción alguna.

Referiré, pues, los acontecimientos como pasaron y se- gún se presentan por sus mismos autores, en sus respecti- vos lugares y tiempos, sin ocuparme de las personas, di- ciendo por supuesto la verdad,, y como verdad histórica; bajo cuyo concepto nada me importa cualquiera desaproba- ción personal, ni mucho menos si ésta procediere de quie- nes no amen la justicia; y me será muy indiferente cual- quiera contradicción ó crítica que tuviere por principio el interés ó la pasión; aunque conozco y confieso que de- be oírse, y puede hacerse, toda impugnación justa y arre- glada; porque creo y asiento con el sabio Jovellanos, que cuando se escribe sobre hechos públicos, todos y cada uno de los vivientes, que se hallen y se juzguen con razón y fun- damento ó les interese bajo cualquier aspecto, pueden im- pugnar, contradecir, explicar ó disculpar, según pareciere ó conviniere. Con esta convicción y protesta quedo tran- quilo, y aguardo con serenidad cuanto sobre la materia de la obra y en el porvenir es de esperar.

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Debo aquí advertir y protestar, que no siendo, en mi juicio, ilustrador ni historiador, al escribir, en lo que ha- blare de mismo y en cuanto dijere sobre mi conducta política, opiniones y desempeño de las comisiones y deli- cados cargos que se me confiaran, solo he tenido y tengo por norte el íntimo convencimiento en que vivo de que, para cumplir, nada omití de lo que estuvo á mi alcance, y que si hablo en este punto, es por considerar que el hom- bre público no ha de callar siempre, y debe explicarse co- mo responsable que es de la rica herencia del honor, á su patria y á sus hijos.

Vengo ya á concluir con el plan de la obra, y por tan- to manifiesto que he adoptado la división de períodos his- tóricos por las respectivas épocas administrativas de nues- tra República Mexicana, explicando los principales sucesos del tiempo y duración de cada una de ellas, y redactando en las tres primeras partes ó títulos de las Memorias los acontecimientos y ocurrencias que tuvieron lugar en las épocas anteriores á la primera presidencia, para la cual fué electo el general D. Guadalupe Victoria, cuyo período constitucional es el contenido y la materia de la parte cuar- ta, habiendo referido todo lo perteneciente al gobierno primero provisional, al Imperio de D. Agustín Iturbide, y á la administración central, que como he dicho, fueron el objeto de las tres primeras partes ó capítulos. También adopto al concluir cada título, como da principio, con un brevísimo compendio cronológico y del despacho, que re- sumiendo lo más selecto y necesario del mismo título, con- tenga y ^x^\\c\\x^prmc{J>al?He7t(e el personal administrativo del período ¿ que corresponda.

Si lograre con mis Memorias servirá la historia de mi

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país, he logrado cuanto deseo y me propongo escribiendo no como historiador, sino refiriendo hechos para que me- jores plumas puedan en las noticias y datos de los sucesos contemporáneos que les presento, hallar materia suficien- te y que les aproveche al escribir la Historia de México. Esto quiero, á esto aspiro, y por esto he reunido y con- sultado una colección abundante y escogida de los mejo- res periódicos é impresos que contienen las noticias de nuestra emancipación de España, y explican con todos sus caracteres las diversas guerras de independencia, que con verdadera seriedad y distinguidas acciones se presentaron el año de 1 8io, sirviendo de materia y objeto á todos nues- tros historiadores contemporáneos. Con estos datos, con varios informes auténticos y de personas veraces, con la experiencia propia en el tiempo transcurrido y en el desem- peño de honoríficos y difíciles cargos y comisiones impor- tantes, que por bondad se me han confiado en treinta y cuatro años de carrera publica, comenzada desde la clase de elector primario, he podido emprender la formación y publicación de estas Memorias, que lográndose, segiin es- pero y deseo, obtendré también la verdadera satisfacción y premio que puede apetecer un buen patriota y un buen me- xicano.

PRIMER PERIODO ADMINISTRATIVO.

TÍTULO PRIMERO.

Desde 24 de Febrero de 1822 hasta 10 de Octubre de 1824.

CAPÍTULO I.

Muntm gabcraatira j primer Coagreao couBtltnrcnt*.

Gonsnmada con el plan de láñala la independencia de México en 27 de septiembre de 1821, por el primer jefe del Ejército Trigarante D. Agustín de Itnrbide, se pensó casi generalmente en dar un gobierno á la nación, imitando el sistema político que entonces regía á la España. Se quiso con tal principio secundar también las ideas de los mexicanos más ilustrados, que opinaban y i)edían un sistema represen- tativo. En consecuencia, el caudillo de Iguala proclamó y fijó en este sentido las bases de un gobierno representativo é independiente. Formó una asamblea de personas notables por sus conocimientos, por su riqueza é influjo en el país: se llamó Soberana Junta Provisional Ouberuativa, y con tales

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dictados, manifestaron sus autores, qne los conocimientos que tenían del derecho publico, fueron olvidados por enton- ces, y estuvieron muy distantes de evitar los males que se causarían por no decir clara y distintamente cuáles eran, y de qué extensión los elementos constitutivos de la junta, y cuál la órbita de sus atribuciones y facultailes. Así fué, que debiendo limitarse la junta á la convocación de una asamblea nacional, y á conservar solamente, mientras esto se verificaba, el orden y la paz, comenzó por el contrario á resolver soberanamente las cuestiones más difíciles y vitales en política, en legislación y en hacienda; errores que produ- jeron, como era natural, muchos y muy graves males, cuyo término hasta hoy no hemos visto ni es posible pronosticar.

Después de haber dado leyes esta corporación sobre to- dos los ramos de administración pública, y de haber oreado y fomentado ambiciones que debiera sofocar, se promulgó por fin el decreto de convocatoria en 17 de noviembre de 1821, estableciendo una representación por clases, pues que debía recaer la elección de diputados precisamente en un eclesiástico secular, en un militar natural ó extranjero, en un letrado, magistrado 6 juez, y en otro individuo adornado de eonocimientos en agricultura, minería ó comercio. Y co- mo el poder ejecutivo se hallaba depositado en la regencia, compuesta del Sr. Iturbide, presidente; D. José Isidro Yá- ñez, D.Manuel Velázfpiez de León, D. Joaquín Perez,*obis. po de Puebla; D. Manuel de la Barcena, por la secretaría respectiva publicó el mencionado decreto de convocatoria.

Procedieron inmediatamente al arreglo de las elecciones; y por consiguiente, comenzaron en su tiempo á tener efecto.

Zacatecas, como* parte de la nación, puso en práetica el referido decreto, y se comenzó á ejecutar, como era natural, por el nombramiento de los electores primarios: se hizo así, tocándome por ciento cincuenta y nueve votos* ocupar el

1 EtU elección se yerificó el 21 de Diciembre de 1821 es Agotsealientee, oome C4-

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qninto lugar entre los veinticinco electores qne nombró Agnascalientes. Este fué el primer acto con que los pueblos principiaron á honrarme desde aquella época, seguramente porque conocieron mi resolución A servir y mis rectas inten* ciones. Yo habfa manifestado mi decisión por la indepen- dencia de cuantos modos y por cuantos medios estuvieron á ini arbitrio, prestando servicios personales, ó templando mu- chas veces con mi intervención y consultas el rigor de los jefes españoles, sin conjprometer su autoriílad, ni faltarles á la fe debida, á la amistad y conQanzn; empleando si los me- dios de persuasión, ó haciendo valer la voz de la hunianidad, y entrando también en combinaciones con los caudillos mis- mos de la independencia, auxiliando conforme á sus órdenes & los mexicanos que marchaban á engrosar las fílas indepen- dientes, mandando correos con las noticias más interesantes, y haciendo en ün, todos los esfuerzos que pudiera haber he- cho un hombre enteramente decidido por la independencia.

Me puse de acuerdo, entre otros, con el coronel D. Anas- tasio Bustamante, por las antiguas relaciones que con él te-- nía, y porque mandando como jefe en el Bajío, me encargó el desempeño de algunas coiniísiones en A^juascalientes para facilitar el triunfo de la revolución de la villa de Lagos, pun- to muy importante entonces, y para persuadir, con el fin de qne obrara en favor de la independencin, al coronel D. Her- menegildo Revuelta, que era comandante de las fuerzas de N.Galicia, existentes y acantonadas en la jnencionada villa.

Por lo dicho, y habiendo obrado segftn los tines indicados, constan teniente de acuenlocon los nías notables vecinos de Aguascalientes para favorecer por una parte y como princi- pal, la causa de la independencia, y porotiael bien y felici- dad interior de la ciudad y poblaciones inmediatas, procuré estar, y estuve de facto, siempre unido y al alcance de todos

becen de partido, y aparece en la lista publicada oficialmente, unida con la de diputados por SSacateeas. (ApéndioOi documento número 1.)

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sus pasos y combinaciones, prestando positivos servicios al plan proclamado para libertar á México de la dominación^ que á más de causarle positivos males, impedía el gocH y progreso de íos bienes que debía producir á la nación mexi- cana el constituirse como un ser político indepeiuliente, qu€ debía disfrutar todos los bienes sociales que son consiguien- tes á un país cpie se rige por instituciones propias, y cuyas tendencias y objeto fuesen el desarrollo de los elementos to- dos que existan y favorezcan la educación, ilustración ó in- dustria, piin( ipaUnente cuando se llega, como la sociedad mexicana había llegado ysi, á un estado que pedía, como exi« ge el hombre en cierta época de la vida, la emancipación y la libertad para obrar y dirigir sus acciones según lo recla- maban su posición y sus necesidades naturales.

Si bien se presentaban diíicultades y obstáculos general- mente en la nación, y particularmente en la localidad de Aguascalientes, y de la provincia de Zacatecas de qué de- pemlía, existían al mismo tiempo, no sólo aspiraciones y conatos, sino reales y efectivos hechos, que manifestaban los deseos más ardientes de separación de la antigua metrópoli, exp'icándose una voluntad piíblica y general, que en mi con- cepto formaba una verda<lera fe política, que creí debía en mis circunstancias auxiliar. Por lo mismo, entre las ocu- rrencias que ofreció la revolución, fué muy notable la que puso fuera de los tiros de las armas españolas, y de la per- secución de sus autoridades, al ayuntamiento de la citada ciudad y á sus vecinos principales, por haber yo dispuesto bien el ánimo del comandante militar, teniente coronel D. Bernardino Cosío, fijándolo en un sentido benévolo, cuando se hallaba por el contrario resuelto haista el derranmmiento de sangre, por haberse descubierto la conspiración en que estaban mezcladas las personas y la misma corporación. Me valí para ello de me<lios legales y decorosos, como fueron los de consultar de tal modo en el dictamen que se me pidió

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por el dicho comandante, que sin faltar éste á sus deberes, pudiesen entender, como entendieron los comprometidos, que habían sido descubiertas su miras, y que debían salvar- se y eludir el golpe.

He menciona<io, aunque ligeramente, estos hechos pri- vados, porque creo que ellos influyeron para que el pueblo de Aguascalientes me honrase con el nombramiento de elec- tor. Este encargo lo desempeñó dando mi voto á los sugetos que reunían mejores circunstancias y mayor popularidad, pa- ra que compusieran el ayuntamiento. Instalado éste, nom* bró conforme á la ley para elector de partido al cura p<i>rroco D. José María Berruecos, que después fué electo en junta general, suplente de la diputación provincial.

Los electores de partido se reunieron en la ciudad de Zacatecas, como capital de la provincia, y procedieron á ele- gir los cuatro diputados do ella, con arreglo al referido de- creto de convocatoria; y concluido dicho acto, el ayunta- miento de la misma ciudad de Zacatecas me comunicó en oñcio de 28 de enero de 1822, el nombramiento en la clase de letrado que recayó en mi persona para representante de la provincia en el primer congreso general constituyente, contesté en los términos que me parecieron más del caso, expresando lo que realmente sentía; recibí otra comunica- ción del propio ayuntamiento en que me remitía un auxilio pecuniario para que violentase mi njarcba^ y arreglada ésta, la veriü(]ué, llegando á México el día 20 de febrero de 1822.

Inmediatamente, y como primer cuidado, procuré inda- gar el estado de la opinión publica en la capital, no obstante que dentro de mi propia habitación, en el acto mismo de de- jar el coche, y en el momento de mi llegada, comencé á oir in<licaciones dirigidas á ponerme al tanto de las cosas, co- municándome con personas de diversas opiniones que me visitaron.

1 Doeiim«nto Ujo ti múmero 2., dtl Ap^dioe.

3 ,

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Desde luego conocí qne existía una grande división, y qne además babía exaltación notable y acaloramiento, ya por la naturaleza de las cuestiones que se agitaban y personas que influían, y ya por el hecho recientemente acaecido de la pri- sión de los generales Victoria, Bravo y otros, que se babía verificado en noviembre del año de 1821. Este suceso mar- có de la manera más«clara la división entre los patriotas an- tiguos, llamados insurgentes, y los patriotas que se decidie- ron y trabajaron por la inilependenciaen 1821. Los unos no sólo tendían á la libertad, que aunque no descubrían un plan para el establecimiento del sistema republicano, sus doctri- nas y conversaciones indicaban bastante cuál era el fin que se proponían y el término á (¡ue podrían llegar. Los otros eran monar(|uistas y aspiraban á que se plantase este siste- ma; pero'estaban <livididos en vnrias fracciones, así porque entre ellos figuraban los españoles que habían tomado par- te por la independencia el año de 1821, como porque mu- chos de los adictos á Iturbide, lo eran nada más de su per- sona y no opinaban por elevarlo á monarca. Estas, pues, componían una sección; otra los que querían que Iturbide se coronase, llamándose ambas Iturbidistas; y otra nombrada de Borionistcis, que era laque sostenía el plan de Iguala y estaba compuesta en su mayor parte de españoles.

Como éstos habíiiu tenido el poder por mucho tiempo en el país, y como tenían relaciones y riquezas, su infllijo era entonces poderoso, y su partido por tanto el más fuerte y te- mible. Fué el primero en enunciar sus tendencias por la im- prenta, que se explicó y aun desató, tanto en los periódicos como en pa[)eles sueltos, de manera, que agitando las cues- tiones de a^piella época sin pararse en los medios, y mos- trando lo que ansiaba cada partido por el triunfo de sus ideas, preparó una delicada y formal crisis.

Tal era el estado que guardaba Mé^cico cuando llegué en el referido día 20 de febrero. Después veremos el rumbo

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que tomó el fermento explicado y la crisis indicada, así co- mo cnáles fneron los resultados de esta situación.

Aunque ya aquí del>ería liablar de la instalación del con- greso constituyente convocado, reüriendo los sucesos á ella posteriores, en que me halló y de que fui testijjo, creo nece- sario y conducente mencionar antes algunos hechos de gra- vedad ó importancia,. que sirven como antecedentes para co- nocer con perfección el estado de la cosa pública.

El primero es que ©I ayuntamiento de Zacatecas, y va- rios vecinos principales de Aguascalientes, nos dirigieron & los diputados de aquella provincia en los mismos días de nuestra marcha á la capital, <los pliegos de instrucciones^ so- bre lo que en el congreso debíamos promover para el bien particular y común, extendiéndose hasta el esencialísimo punto de la forma de gobierno en que debería constituirse la nación, é inclinándose á la monarquía moderada, y sobre los diferentes males y abusos que se notaban, principalmen- te en lo relativo á la agricultura.

El segundo hecho importante de que debo hacer aquí mención, es la independencia de Guatemala, veriiicada pa- cífícamente á consecuencia de la de México, y su incorpora- ción á este país, porque ha sido un suceso coetáneo al 27 de septiembre, en que con la ocupación de la capital se consumó la independencia nuestra, y acaeció dando á México grande aumento, nueva consideración y relaciones importantes.

La provincia de Chiapas, fué la primera de las de Gua- tem;da que se adhirió al plan de Iguala desde fínesde Agos- to de 1821, cuya adhesión sabida á poco tiempo en su capital, se proclamó en ella la independencia de todo el reino el 15 de septiembre del propio año, por medio de unajnnta que presidió el gobernador D. Gabino Gainza, que hacía las ve- ces de capitiin general, y continuó con el gobierno, convir- tiéndose la diputación provincial de Guatemala en junta provisional consultiva.

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A poco tiempo, y con el pretexto de la independencia y de la aíjref^ación á México por la adopción del plan de Igua- la, comenzó á aparecer una rivalidad bastante fuerte en Ni- caragua y Honduras contra' Guatemala; y al fin, ésta tuvo que prescindir de la convocación de un congreso de aque- llas provincias, que pretendíase instalase en la capital, reu- niéndose con)0 los demás al Imperio Mexicano, según se ex- presa todo con más claridad en el trozo siguiente, tomado de las Memorias para la historia de la revolución de Oentro- América|)or un Guatemalteco^ que, según los datos y cono- cimientos con que me hallo, y veremos adelante, lo fué el distinguido D. Manuel Moutútar. Dice:

"La república de Centro- América, antes reino de Gua- témala, era una capitanía general independiente, bajo el sistema colonial. En 1820 ejercía el gobierno de sus provin- cias en calida<l do presidente y capitán general, D. Carlos de Urrutia, cuando se restableció la constitución española en

1812. Este restablecimiento dio ocasión á dos fuwrtes par- tidos que tomaron pretexto en las elecciones populares de aquel año para diputados y municipales. El partido Iliberal tendía á la independencia, y sus candidatos eran indepen- dientes; el de oposición era el de los es|)añoles europeos, á cuya cíibeza estaba el Lie. D. José del Valle, natural de Co- loluíeca en Honduras. Venció este partido por el oro y logró caracterizarse de poi)ular, porque tomó por pretexto y por divisa combatir la aristocracia, ó lo que desde entonces se llamó espíntii de familia.

"Los peligros á que estaba expuesta la tranquilidad pú- blica, persuadieron a la diputación ¡novisional de Guatema- la que el general Urrutia por su muy avanzada edad y por sus achaíjues era inca[>az de gobernar, y le obligó á delegar los mandos en el inspector general D. Gabino Gainza, que acababa de llegar de España. Gainza entró á ejercer el gobier- no en marzo de 1821, en cuya fecha aun no se tenía noticia

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en Gnatemala del pronTiTiciamiento de Itiirbide en leíala. BI establecimiento del sistema constitncioaml, nuevas dipu- taciones provinciales en las provincias de Honduras y Nica- ragfua, era nn motivo de competencias entre los gobernado- res militares respectivos y el capitán ^^eneral, por el nuevo carácter de jefes políticos superiores, á que ascendían aque- llos, y por la división, desprendimiento y recobro de ciertas facultades que antes ejercía en lo político, hacienda y vice- patronato el gobernador general. Las provincias siempre vieron con celo, y míintuvieron rivalidades con Guatemala, como capital del reino, confundiendo á sus habitantes con los funcionarios y agentes del gobierno español, que pesaba sobre todos. En esta vez la rivalidad y el odio comenzaron á hacerse más ostensibles: el interés y la ambición de los go- bernadores de provincia exaltaba las pasiones. Mandaba en Nicaragua el teniente coronel D. Miguel González Sarabia; en Honduras el brigadier D. José Tinoco de Contreras, y en San Salvador el Dr. D. Pedro Barriore, en calidad de tenien- te letrado, por estar vacante la intendencia. Costa Eica, aun- que gobierno militar separado, dependía en cierto concepto del gobierno de Nicaragua, y por su distancia y corta pobla- ción ha influido poco en los negocios públicos; sólo se h-a dis- tinguido por la moderación y prudencia con que se condujo siempre en las grandes crisis. Chiapas tampoco llamó la aten- ción basta su pronunciamiento por el |)lan de Iguala, siendo ta primera sección del reino de Guatemala que se hizo inde- pendiente.

"Desde 1811, San Salvador había sufrido nna pequeña re- volución, en que sin plan, sin combinación ni acierto, quiso hacerse iridependiente: todo se re<lujo á deponer al corregí-* dor intendente D. Antonio Gutiérrez de ülloa, y todo fué promovido por los curas D. Nicolás Aguilar y D. José Ma- ría Delgado: entonces comenzó á figurar D. Manuel José Arce, que después fué el primer presidente constitucional de

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la república. Onando se preparaban fuerzas para sofocar la revolución, el ayuntaniiento de Onatemula se ofreció al ge- neral D. José Bnstainaiite, por mediador; y dos regidores de Guatemala, D. José Aicinenay D. José María Peinado, res- tablecieron el orden en aquella provincia, reasumiendo su- cesivamente el gobierno de elUí: una amnistía general ter- minó el negocio. En 1814 apareció otra revolución peor com- binada: se sofocó por la fuerza <lel gobierno y fueron presos sus motores, entre los que se contaba al mismo Arce, que per- maneció seis anos en una prisión. En León, capital de Ni- caragua, y en Granada, ciudad de la misma provincia, hubo también movimiento por el propio año <Iel811 y á principios de 1812. Fué depuesto el gobernador intendente brigadier D. José Salvador, y creada una junta de gobierno, de que se hizo presidente al obispo D. Fray Nicolás García. La polí- tica de este prelado, que por sus virtudes pastorales goza- ba una gran reputación en su diócesis, bizo terminar pací- ficamente la revolución de León poi^otra amnistía, (piedando con el gobierno el mismo obispo. Granada manifestó más firmeza: se resistió al influjo del obispo y organizó su defea- sa contra el gobierno; pero no había allí ningún hombre ni para la guerra ni para la revolución: fué tomada por la fuer- za la ciudad, y presos sus principales vecinos se les condujo á Guatemala, <le donde se les trasladó á Cá<liz: sus bienfs^ fueron contísca<los, y la maj^or parte de el los murieron en Bu- ropa. Desde este suceso <lata la rivali<lad de León y Grana- da, y la de Managua y Masaya contra la última ciudad, y esta rivalidad es el origen de la sangrienta guerra civil que ha destruido la rica y hermosa provincia de Nicaragua.

^'En 1821 todo el reino de Guatemala estaba pacífica- mente sometiólo al gobierno español: no se ocupaban las au- toridades y los pueblos sino de las novaciones que producía el sisten)a constitueional: la libertad de la imprenta y la exal- tación de los partidos, que uacían en las elecciones popula-

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res, extendían la opinión en favor de la independencia. En este esfa<lo se supo en Giniteniala el ^vito de Iguala, y des- de abril hasta Htíptienihre la opinión su extendió más: losin* dependientes eelebnibanjnn tasen Gnuteniala; pero nn tenían recursos ni el valor necesario para insurreccionarse contra el gobierno: todo lo esperaban de los progresos cpie hitiera en México el plan de Ij*:uala. No todos los indepe^idientew esta- ban confonnesenelsistenuí (le gobierno proclamado por Itur- bidé, y mucho menos por la dinastía llamada al trono mexica- no; pero entonces sólo se trataba de in<lependencia, reservan- do cada uno su opinión en cuanto á las forniíis degrobierno.

"Gainza no tomó medidas para preservar el reino «le una insurrección: tenía recursos y podía contar con toilos los jefes délas provincias, tanto comocon el partido espafiolista, á cu- ya cabeza estaba Valle; pero cierto de que era imposible que Guatemala se conservase bajo la <Iependenciaes[>auola, sien- do Méxic#) independiente, no oponía sino débiles diipies al to- rrente debí opinión: se manifestaba como un agente de Espa- ña, disputaba los derechos de los americanos á la Independen- cia; )>ero sus relaciones más intimas eran con los indepen- dientes, y no tomaba me<lidas para contrariar sus progresos. Esta inacción aidmó más á los que extendían la opinión ; mas á pesar de esto, todo lo que hicieron fué un escrito para pe- dir que Gainza mismo proclamase la inde|)endencia, recogían firmas públicamente para presentar est<3 escrito, y Gainica pa-. ra cubrir su responsabilidad, mandó instruir una causa con- tra los imprudentes que la comprometían; eran demasiado conocidos y ninguno fué preso.

"Tal era el estado de cosas cuando en 13 de septiembre, se recibieron en Guatemala las nctasde Ciudad Real de Cbia- pas y otros pueblos de aquel Estado, adhiriéndose al plan de Iguala: los progresos que hacía el Ejército triga ran te daban toda su fuerza á los pronunciamientos de Chiapas, que por ai misma nunoa tavo importancia política eu aquel reiuo.

^'Bt tíndico del ajiintamiento de Guatemala, D. Mari DO Aiciiieiia, pidió uua sesión extraonliiiaria para present en ella iiu pedimento, con objeto de que se proclamase lai dependencia. Gainza evitó este paso, presentándose á preí dir la sesión como jefe superior político; pero á la llega( del extraordinario de Cbia^as, no pudo evitar las instanci de la diputación provisional de Guatemala, dirigidas á qi se convocase una jnnta compuesta de todas las autoridad y funcionarios existentes en la capital. Gainza convino c este paso por debilidad, y no se puso de acuerdo pura dar con el capitán general propietario D.Carlos de ürrutiíi. Coi ponían entonces la diputación provisional el Dr. D.José M tías Delgado, D. Mariano Beltranena, el Dr. D. José Valde Lie. D. Antonio Bivera Cabezas y el Lie. D. José Mariai Calderón.

"La junta general se reunió en el palacio del gobien el día 15 de septiembre por la mañana: la presidió Gainza concurrieron dos individuos nombrados por cada tribun y corporación, aun las literarias, el arzobispo, todos los j fes militares, jefes de rentas y oticinas. La discusión fué bre, y era un espectáculo tan raro como nuevo ver á los age tes y representantes del rey de España, reunidos con los 1 jos del país para discutir bajo la presidencia <lel primer age te del gobierno si Guatemala sería ó no independiente, canónigo Dr. D. José María Castilla dio el primer voto y más pronunciado, después de haber hablado encontrado prelado y amigo el arzobispo Dr. Fray Eamón Casaus. Ai que en lo general los magistrados y funcionarios de orig espnñol opinaron también en contra, muchos expresaron fr¿ camente sus votos á favor, siendo españoles y empleados. Lie. Valle como auditor general de guerra, en un largo y tudiado discurso manifestó la justicia de la independenc pero concluía por dilatar su. proclamación hasta que se r^l bieseu los votos de las proviueias, siu los que^ ea su coucqj

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to nada debía resolverse en Guatemala: la mayoría estuvo siempre por su inmediata proclamación^ aunque no llegaron ¿i escrutarse ni reco&rerse los votos formal mente, ni en orden. Ija sesión era pública, y una parte del pueblo que ocupaba las antesalas y oortedores do palacio, vitoreaba y bacía de- mostraciones de aprobación y regocijo cada vez que alguno de los concurrentes se expresaba en favor de la independen- cia. Insensiblemente se llenó la sala, mezclándose los espec- tadores con los individuos de la junta: muchos de los que habían opinado en contra, fueron abandonando el local y re- tirándose á sus casas, quedando otros; y ya no hubo forma- lidad alguna. Los concurrentes comenzaron á pedir á gritos que la independencia se jurase en el acto por Gainza y por todas las autoridades; permanecía reunida la diputación pro- vincial, la comisión del ayuntamiento compuesta de dos al- caldes, dos regidores y dos síndicos, y también quedaron al- gunos empleados. Gainza manifestó estar dispuesto á prestar el juramento, y al tiempo de prestarlo en manos del alcalde primero (la fórmula la dispuso el mismo Gainza, arreglacla al plan de Iguala) los concurrentes que llenaban la sala esfor- zaron sus gritos, pidiendo que el juramento se prestase para una independencia absoluta de España^ de México y de otra ^xa- ciáuj y así lo prestó Gainza.

^^El gobierno quedó de hecho en las manos de Gainza, y la diputación provisional convertida en junta provisional con^íütiva. Todo esto no lo acordó ni la junta general ni el pueblo, sino los que quedaron en la sala, incluso el Lie. Va- lle, que extendió la acta en que se contiene la convocatoria de un congreso general, compuesto de representantes de to- das las provincias, dándose la base de quince mil habitantes para un diputado, y la fórmula de las elecciones por la pre- venida en la constitución española. Esta acta se firmó en la casa de Gainza el 16, y en ^ste día se aumentaron los voca- les de la junta consultiva, dándose representantes á las pro-

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víncias que no los tenían. Valle fué nombrado por Honduras, el magistrado D. Miguel Larreinaga por Nicaragua, el pres- bítero D. José Antonio Alvarado por Costa Rica, y el mar- qués de Aiciuena entró a ejercer por Quezaltenango, donde se le había nombrado para la diputación provincial. La re- volución del 35 de septiembre dejó ,'subsistentes todas las le- yes españolas y todas las autoridades: sólo fuó depuesto el coronel del Fijo D. Félix Lagrava, á quien subrogó el te- niento coronel D. Lorenzo llomafia, también español, y fuó ascendido á coroitel por aclamación popular: los españoles y americanos empleados y particulares que no quisieron ju- rar la independencia, solicitaron pasaporte, y se expidió á los primeros, abonándoseles dos pagas para su niarclia. To- do fué unión y gozo.

'^Los que más se distinguieron en gritar y aplaudir el día 16, fueron el Dr. médico D. Pedro Molina, que en el Genio de la Libertad de que era redactor, había sostenido la inde- pendencia contra el Amigo de la Patria que redactaba Valle; el Lie. D. José Francisco Córdova; y D. José Francisco Ba- rrundia, que no t^nía destino alguno. Córdova había sido preso y procesado en 1811, por haber manifestado sus ideas en favor de la independencia: Barrundia había sido proce- sado por complicidad en unas juntas de Betlen del año de 13, y en que también se trataba de independencia, y estuvo ocul - to hasta que en 1818 fué indultado: los tres sugetos eran dis- tinguidos por su talento, aunque Barrundia había perdido su crédito, mezclándose en las juntas de Betlen con hombres sin luces, sin crédito y sin costumbres: la opinión que se tenía de la íirmeza de su carácter, la había perdido solicitando un indulto innecesario; pues nunca estuvo preso y pudo sin ries- go dejar el .país, hablen do permanecido en él seis años oculto.

*^ Apenas comenzó á funcionar la junta provisional, cuan- do estos sujetos se atribuyeron el tribunado, j^ desde la ga- lería hacían peticiones verbales, llevando algunas turbas

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para ser apoyados con gritos: pedían deposiciones de emplea- dos; proponían otros para reemplazarlos y disputaban con los diputados, entrando en disensión con ellos y con Gainza desde la misma iralería. El primer debate que sostuvieron en ella fué con Talle, que había tenido arte para prevenir en la convocatoria que la elección de los diputados se bicie- se por los últimos electores que nombraron diputados para las cortes españolas, y era porque Valle había ganado estas elecciones. La razón estaba de parte de los que se habían atribuido la voz y la representación del pueblo de Guatema- la; pero la manera de gestionar sobreponiéndose al gobierno provisorio, causó disgusto, desanimación y desconfianza: la junta perdió luego el prestigio de la novedad, y los ánimos comenzaron á dividirse, naciendo nuevos partidos. Esta es la causa primera de la incorporación de Guatemala á México, entonces Imperio Mexicano. A tiempo que todo esto pasaba en Guatemala, el general Iturbide no había ocupado la ca- pital do México.

"Cuando se recibió en las provincias de Nicaragua y Honduras la acta convocatoria de Guatemala, los goberna* dores Saravia y Tinoco, que estaban en competencia y riva- lidad con Gainza, creyeron que era ocasión de sustraerse de sa autoridad y representar un papel igual al que Gainza ba- cía en Guatemala: reunieron sus diputaciones provinciales respectivas, y acordaron en ellas jurar el plan de Iguala, impidiendo á aquellas provincias concurrir al congreso de Guatemala^ como qne las declaraban incorporadas al Impe- rio Mexicano. Chiapas por su parte se negó también á con- currir al congreso, contestando que desde el momento de proclamar su independencia, lo había hecho por las bases de Iguala y como {jarte integrante de la nación mexicana. Eu todo esto obraba el influjo de los gobernadores y emplea- dos, porque veían en el sistema monárquico una garantía de sus empleos, y nn campo más amplio para su ambición. San

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Salvador, Costa Rica y Guatemala, quedaban en toda la re- pública independientes <lel gobierno que se estableciera en México. Sin embargo, dentro de las provincias de Nicara- gua y Honduras Labia escisiones: Granada en la primera^ alegando la libertad natural que había recobrado, rehusó seguir la suerte del resto de la provincia, desconociendo su acuerdo de pertenecer á México, y acordó enviar sus dipu- tados á Guatemala, gobernándose por sus órdenes. En Hon- duras hicieron lo mismo lo^ partidos de Tegucigalpa y Gra- cias, y los puertos de Omoa y Trujillo.

"Esto produjo contestaciones entibe los respectivos go- bernadores y el de Guatemala: se agotaron los convenci- mientos, y no bastando, fué preciso situar tropas de Guate- mala y San Salvador en Tegucigalpa y en Gracias, porque Tinoco envió las soyas sobre estos puntos, aunque siempre evitó un encuentro con las de Guatemala. Logró sorpren- der á Omoa, y una contrarrevolución operada en el mismo puerto lo restituyó á Guatemala, á tiempo que las tropas del gobierno se acercaban para reconquistarlo: lo mismo suce- dió en Trujillo, y los agentes de Tinoco fueron presos á Gua- témala.

"Mientras esto pasaba en las provincias, dentro de la de Guatemala progresaba la opinión por México. Quezaltenan- go, uno de los departamentos limítrofes con Ghiapas, no sólo se pronunciaba por México, sino que obligaba á pro- nunciarse al partido de Snchitepec: de los agentes principa- les de la incorporación eran el médico D. Cirilo Flores, D. Antonio Corzo y otros vecinos particulares de aquellos pue- blos, que abrazaron con entusiasmo la causa de Iturbide, y que después se han mostrado los más celosos federalistas. En el partido de Solóla, muy cercano á la capital, también se pronunciaban por México, y fueron los escritos de los más exaltados independientes absolutos de Guatemala, los que fundaron el dogma anárquico de que los pueblos que al in-

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dependerse de España habían recobrado su libertad natural, eran libres para formar nuevas sociedades, según les convi- niera en el nuevo orden de cosas. Los apóstoles de esta doc- trina no tardaron en experimentar sus consecuencias, y muy tarde quisieron retractarse de ella obrando en sentido in- verso.

'^ Estas escisiones, la mayor parte del reino de Guatemala pronunciada por México, y México pronunciado por una mo- narquía, hicieron ver imposible la subsistencia de la inde- pendencia absoluta de San Salvador y Guatemala, circuidas por otras provincias que ya eran parte del Imperio Mexica- no* Itnrbide abrigaba miras extensas: las cuestiones sobre Granada, Gi acias, Oddoa y Trujillo, le daban pretexto y opor- tunidad para reconquistar todo el reino, uniformándolo to- do bajo su poder. La impolítica de los que se habían abro- gado la representación del pueblo guatemalteco, aumentaba el descontento, y todos creyeron encontrar en México la tran- quilidad y estabilidad que comenzaban á perderse: todos eran nnevos en revolución y cada uno por su parte cometía errores.

^^San Salvador, que parecía caminar acorde con Guate- mala, intentó establecer una junta consultiva; la resistió el jefe político Barriere y redujo á prisión á D. Manuel Arce y otros sujetos que estaban en el proyecto, casi todos como Arce relacionados con Delgado, vocal de la junta de Guate- mala. Esta creyó que era prudente mandar de pacificador al mismo Delgado, y le envió en efecto investido con todos los mandos y con todas las facultades. Delgado usó de ellas con amplitud, los presos que encontró en el camino fueron puestos en libertad, y entraron á un tiempo en San Salva- dor: Barriere recibió pasaporte y salió de la provincia: las tropas urbanas que antes y después de la independencia ha- bían sostenido al gobierno, fueron desarmadas y la tranqui- lidad se restableció. Se instaló una diputación provincial

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qu« debía tener la provincia, y Delgado continuó con el go- bierno.

"Tal era el estado de los negocios cuando el general Gaiuza recibió á fines de Noviembre de 1821, una nota del » generalísimo entonces, Itnrbide, su fecha 19 de Octubre, en que le dice que había hecho marchar una división resi»etable sobre aquellas provincias para sostener en ellas la indepen- dencia, y al mismo tiempo intenta x>ersuadir las ventajas de la incorporación á México, y la imposibilidad que tenían de constituirse bajo un cuerpo de nación independiente. Eni así en efecto por entonces, porque la desorganización era completa: las provincias más distantes ya pertenecían á Mé- xico, y en medio de ellas, de Cbiapas ;|^ de Quezaltenango, sólo Guatemala y San Salvador sostenían el juramento de septiembre: sólo estas provincias podían formar el congre- so convocado, y segán los progresos que hacía la opinión, entre pocos días no podría contarse con la representación completa de toda la provincia de Guatemala.

"En estas circunstancias, la juntn provisional acordó que se imprimiese la nota de Itnrbide con otra del general Gainza, mandando que se leyese todo en ayuntamientos abiertos, y que en ellos cada pueblo diese su voto sobre in- corporarse ó noá México; esperar ó no para resolverlo la resolución del Congreso convocado. Valle extendió esta cir- cular, ^ue firmó Gainza, y en que la cuestión se presenta & los pueblos por todos sus aspectos. En la capital de Guate- mala se recogieron estos votos de todas las cabezas de fami- lia en registros formales que llevaron los municipales, cons- tituyéndose personalmente con un escribano en cada casa: los funcionarios y las corjioraciones dieron sus votos firma- dos en documentos solemnes, después de debatirse la cues- tión en las corporaciones. lili 5 de enero de 1822 hizo el escrutinio de estos votos la junta x>rovisional ; era inmensa la mayoría de los pueblos que opinaban por unirse inmedia-

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taniente á México: pocos remitían esta cuestión á lo quo la junta resolviese, y eran menos los que opinaban por esperar la reunión del congreso, siendo esta última la opinión de casi la mayoría de San Salvador, á cuya cabeza estaba Del- gado, que negaba á la junta provisional y íi Gainza la fa- cnltad de alterar la acta de 15 de septiembre. La de 5 de enero de 1822- expresa el pormenor de este escrutinio: en consecuencia de él quedó declarado en la misma que las pro- vincias todas del antiguo reino de Guatemala, estaban in- corporadas á México. Ningún individuo de la junta salvó su voto, aunque algunos opinaron y sostuvieron que esta incorporación debía hacerse bajo ciertas condiciones. La junta volvió á su antiguo carácter do diputación provincial. Gainza continuó con el mando; pero no i)or eso era obedeci- do de los jefes deNicaragua y Honduras, ni de el de Chiapas; las diñcultades continuaron, porque subsistían las causas, que lo eran los gobernadores de las provincias y sus aspi- raciones y rivalidades. San Salvador, basta entonces unido á Guatemala, se separó, protestó contra la declaración de la junta consultiva, desconoció este órgano do los ayunta- mientos para pronunxjiar la voluntad general, y se declaró independiente entretanto no tuviese efecto la reunión del congreso convocado en septiembre.'^

Esto asentado, debe también en este lugar considerarse para la mejor inteligencia de lo que sigue, qui^. el gobierno de la regencia, que ejercía en 1822 el poder ejecutivo, había diiigido los correspondientes despachos á los gobiernos in- dependientes del Perú, Chile, Buenos Aires, Gunyaquil y Colombia, desde su instalación, y tuvo oportunamente y en la época de que vamos hablando, comunicaciones de Lima y de la junta de Guayaquil. Es igualmente necesario saber que el propio gobierno de la regencia, de acuerdo con la jun- ta provisional, disminuyó las cargas quo gravitaban sobre la minería; concedió dispensas de derechos d varias máqui-

«

«as desembarcadas en Veracruz, y privilegio exclusivo á un ' norteamericano para introducir las de vapor; ratificó la pro- videncia del genera] Iturbide sobre reducción del derecho de alcabala, y extinguió muchas de las contribuciones que el gobierno español había impuesto para sostener la guerra, notándose que todo esto se hacía sin calcular, considerar ni analizar las materias; sin proponer nuevos arbitrios, y sin ha- cerse cargo tampoco de los grandes consumos de la admi- nistración pública y del ejército trigarante. Besultó, por tanto, que desde el primer ano de la independencia comen- zó á existir un dédcit en los presupuestos, y á ser por consi- guiente mayor el gasto de la haciepda que sus entradas. Así fué que el presupuesto que se formó para el afio de 1822 importaba 11.159,8ií0 pesos 2 reales 4 granos, siendo sólo para el ejército y marina 9.075,951 pesos 7 reales 8 granos, y el resto de la lista civil; y las rentas, por un cálculo aproxi- mado, sólo debían ascender á 9.237,846 pesos 5 reales 1 gra- no; de manera que quedaba el déficit de 1.921,973 pesos 5 reales 3 granos.

Este ejército quecostaba más de nueve millones de pesos, se componía de 20,000 hombres de infantería, 10,000 de ca- ballería y 4,000 de artillería, según los datos y cálculos del ministerio de guerra. Además, se creía que existían enton- ces cerca de 30,000 hombres de milicia nacional; pero sin paga, sino cuando servían. La marina consistía en cosa de 250 individuos entre oficiales, tropa, comisarios, maestran- za, et<;., y dos corbetas, dos bergantines, una goleta y seis lanchas.

Tal era el estado de cosas que guardaba la nación en ge- neral, y tal era la administración pública en la época de la reunión del primer congreso constituyente mexicano.

Llegó, por fin, el período prefijado para su instalación, y el 24 de febrero de 1822, después de las ceremonias y de- mostraciones que se acordaron, el congreso se instaló desde

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laegOy quedando la jauta soberana disuelta el siguiente día 26| habiendo publicado un solemne y bien razonado mani- fiesto, en que da conocimiento á la nación de sus operacio- nes y trabajos. Me remito á las constancias de las secretarías del gobierno.

Es en mismo muy notable, aunque ya común por des- gracia, que siendo constituyente un congreso, entrase á fun- cionar verdaderamente constituido, según lo demuestra el tener del juramento prestado por los diputados, que exigía constituir á la nación bajo las bases del plan de Iguala y tratados de Córdoba. Dice así:

*^ I Juráis defender y conservar la religión católica, apos- ^'tólica, romana^ sin admitir otra alguna en el Imperio? ,

B. juro.

^^ i Juráis guardar y hacer guardar religiosamente la in- '^dependencia de la nación mtaicauaf

B. juro.

'^ ¿Juráis formar la constitución política de la nación me- ^xicana, bajo las bases fundamentales del plan de Iguala y ^tratados de Córdoba, jurados por la nación, habiéndoos ^'bien y fielmente en el ejercicio que ella os ha conferido, ^^solicitando en todo su mayor prosperidad y engrandeci- ^'miento, y estableciendo la separación absoluta del poder ^legislativo, ejecutivo y judicial, para que nunca puedan ^'reunirse en una sola persona ni corporación!

B. Si juro."

Esta comprometida circunstancia, como que era confor- me con el poder que las provincias habían otorgado á los re- presentantes, no podía reclamarse ni rehusarse según el tenor siguiente:

"En su virtud, juntos todos los electores de la provincia de México, nombraron por primer diputado para las cortes constituyentes del imperio al Sr. D. N., de los veintiocho que le corresponden nombrar, y trasladan en su persona la

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facultad y poder que les coitúrieron los ciudadanos que com- ponen los pueblos y partidos de ella, por medio de sus res- pectivos ayuntamientos, y lo mismo que á los denias señores diputados de la provincia á todos juntos, y á cada uno de por sí, para cumplir y desempeñar las importantísimas fun- ciones de su encargo, y para que con los demás diputados de cortas, en representación de la nación mexicana, todos sus reinos, provincias, partidos, ciudades, villas, congrega- ciones, pueblos, barrios, reducciones, misiones, haciendas, ranchos y ciudades de todas clases sin distinción alguna, pue- dan acordar y resolver cuanto entendieren es conducente al bien general de ella, y en uso de la facultad que les han con- cedido, constituyan al gobierno del imperio bajo las bases fundamentales del plan de Iguala, y tratados de ia villa de Córdoba, estableciendo la separación absoluta del poder le- gislativo, del ejecutivo y judicial, para que nunca puedan reunirse en una sola persona; y que los otorgantes se obli- gan por mismos y á nombre de todos los ciudadanos de esta provincia, en virtud de las facultades que les coníirie- ron para el efecto,'^como electores nombrados para este acto, á tener por válido, y obedecer y cumplir cuanto como tales diputados de cortes ¡^hiciere y se resolviera por estas consti- tuyentes del gobierno de la nación mexicana: que del mis- mo modo obligan álos ciudadanos de la. provincia, de todas sus ciudades, j^vi I las, puebk>s, etc., á que las obedecerán en cuanto dispongan y determinen, resi»etando la constitución que establezcan como la ley fundamental del imperio."

CAPITULO II.

Se verificó, en fin, como queda dicho, la instalación del congreso, y debe también saberse (jue en la noche del día ya referido, prestójante el congreso el juramento prevenido, la

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primera regencia compuesta del geueral Iturbide; Dr. D. Mannel Barcena, goberoador del obispado de Michoacáof obispo <le Puebla D. Joaquín Pérez; oidor D, José Isidro Yáñez, y el secretario que fué del gobierno virreinal D. Ma- nuel Velázqnez de León; habiendo pertenecido Ci este cuer- po por nombramiento el general D. Juan O'^Donojú, cuya muerte aconteció á pocos días de la entrada del ejército tri* garante en México, y quedó compuesta por tal causa la re- gencia de los individuos ya nombrados.

Si be hecho mención del general O' Dono) á, á pesar de ha- ber muerto, ha sido porque he creído que el recuerdo de este hombre notable, y <le un nombre verdaderamente his- tórieo, no se ha de condenar al olvido, sino que por el cpn- trario se debe conservar su memoria en nuestra patria. Por tal cAusa, es de tenerse presente, en mi juicio, no sólo el ras- go apologético que sobre la conducta pública de este gene^ ral, se halla escrito en el periódico mexicano titulado ^^No- tieiaso General^ contestando á otro periódico español titula- do ^^El Eco de Padüla^] sino la alocución que este benemé- rito general, dirigió á los habitantes de Nueva-España, el día 17 de septiembre de 1821 en Tacubaya, diciendo:

** Luego que pisé vuestras costas tuve el honor de dirige- ^^ros la palabra: las circunstancias de aquella época eran tan *^ desagradables como gratas las de la actual: yo me apresu- **ro á comunicaros, poseído del placer más puro, las noticias "más satisfactorias, recompensándoos así de alguna mane- ara la buena acogida que encontré entre vosotros y lasdis- "tinciones que os debiera. ¡Ojalá pueda daros tales testi- "monios de mi gratitud que queden satisfechos mis deseos! " Mexicanos de todas las provincias de este vasto imperio, '*á uno de vuestros comi)atriotas, digno hijo de patria tan **hermosa, debéis la justa libertad civil que disfrutáis ya, y ^^será el patrimonio de vuestra posteridad; empero un euor- ^'peo ambicioso de esta clase de glorías quiere tener en ellaa

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^' la parte á qne puede aspirar^ esta es la de ser el primero ^^por qnien sepáis que terminó la gnerra. Estoy en poso- ^^sión deles mandos militar y político de este reino, como ca- " pitan general y jefe superior nombrado por S. M. y reoo- ^' nocido por las autoridades y corporaciones de la capital: ^^el ejército que defendía á ésta obedece mis órdenes; cesa* '^ron felizmente^»» hostilidades sin eñisión de sangre; ha- ^^yeron lejos de nosotros las desgracias qne de muy cerca ^^nos amenazaban; el pueblo disfruta las dulzuras de la pas; ^' las familias se reúnen y vuelven á estrechar los vínculos de 'Ma naturaleza que rompió la divergencia de opiniones, y ^^ bendice á la Providencia que hizo desajj^recer los horrores '^deuna guerra intestina, substituyendo á las convulsione» de 'Ma inquietud las delicias de la tranquilidad; al odio, amor, ^*y á las hostilidades, amistad é intereses recíprocos. Ama- ^^ necio el día tan suspirado por todos en que el patriotismo ^^exaltado se redujo á sus verdaderos y justos límites; en que ^Mosantiguos resentimientos desaparecieron ; en que les prin- ^^cipios luminosos del derecho de gentes brillaron con toda ^^su claridad. ¡Loor eterno y gracias sin fin al Dios de las ^^ bondades que usa así con nosotros de su misericordia! ^Instalado el gobierno acordado en el tratado de Córdoba, %]úe ya es conocido de todos, él es la autoridad legítima; yo "seré el primero á ofrecer mis respetos á la representación "pública. Mis funciones quedan reducidas á representar al "gobierno español, ocupando un lugar en el vuestro con- " forme al dicho tratado de Córdoba; á ser útil en cuanto "mis fuerzas alcancen al americano, y á sacrificarme gusto- "idísimo por todo lo que sea en obsequio de mexicanos y es- "pañoles. Tacubayíi, 17 de septiembre de 1821. Juofn

Así también debe recordarse la orden que el general D

Vicente Guerrero, dii%ió á la división de su mando, diciendo:

"El fallecilniento del B. S. D. Juan O'Donojú, vocal que

^'ñié de la regencia del imperio, teniente general de los '^ejércitos españoles, etc., etc., ha llenado de amargara mi ^corazón. I9inguna expresión será bastante para manifestar ^mi Sjéntimiento por la pérdida de este profundo político, que ^en tan corto tiempo dio á mi cara patria las pruebas me- ónos equívocas de predilección, lío dudo que los señores je- lfes y oficiales la división de mi mando, poseídos de es- ^tos mismos sentiniientos, procurarán sensibilizarlos á la ^vista de la gran México; pero no quedaré satisfecho con es- ''to: la orden general se hará saber por el conducto ordina- ^riode la plaza, y sin perjuicio de lo que en ella se prevea- ^ga, me prometo que los expresados señores jefes y oficiales ^^de dicha división, asistiendo al duelo, unirán conmigo sus ^ votos para implorar del trono de las misericordias el eter- ^^no descanso de una alma digna de nuestro reconocimiento "y gratitud. México, 9 de octubre de 1821. Vicente Oue-

Por último, y para concluir esta materia, transcribimos la úgnient^ disposición que publica la Gaceta Imperial en 16 de octubre de 1821 y dice:

^^La junta soberana gubernativa del imperio, en aten- ^ción al distinguido mérito que contrajo el E. S. D. Juan ^^CKDonojñ en la capitulación de Córdoba, en la cual sujos- ^tificación, su prudencia y su amor patriótico supo conciliar ^los intereses del imperio con los de la nación española, '^evitando por este medio el.derramaniiento de sangre, y los ^demás males que origiua la guerra, señaló á la Exma. Sra ^^sn viuda la pensión vitalicia de doce mil pesos anuales pa- '^ra entretanto permanezca en el imperio ó salga de él con ^'jtista causa calificada por la regencia. Mandó asimismo '^que á los familiares de S. E. se les coloque y destine confor- '^me'á su mérito, y de toda preferencia; y que á los milita- ^'res que lo acompañaron para que los <lestinase en el ejérci- ^Ho, queriendo continuar el servicio del imperio, se les em-

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'^plee según su mérito. (Jon esterasgode generosidad, verá el "mundo todo que el imperio mexicano está cimentado sobre "la justicia, porque premia el mérito donde lo encuentra sin "hacer distinción de personas. La del Sr. O^Donojú, ^ue le "mereció tant.o aprecio, será eterna en su memoria, y en su "mayor honory obsefiuio hace las demostraciones referidas.'' t. En 25 de febrero se disolvió la soberana junta provisio- nal gubernativa ya mencionada. Para continuar la relación de los sucesos, debo antes explicar lo acaecido en el mismo día citado de la instalación, ¡lorque así corresponde, y por- que me proimrcionará igualmente asentar cuál fué mi con- ducta en aquella época, á la vez.

No creo exagerar llamando una vm*d adera sorpresa á lo que se verificó el propio *J4 íle febrero, en la primera sesión del congreso constituyente, haciendo que se sancionasen en el momento leyes de la mayor importancia, de las más gra- ves trascendencias, y que exigían la discusión más ilustrada y extensa, y el examen más detenido y circunspecto, y otras impropias de aquellas circunstancias y de graves consecuen- cias también en mismas.

El presidente nombrado D.Hipólito Odoardo, dirigiesen- ííillaraente al congreso las preguntas que produjeron los acuerdos, respondiendo los diputados t!e su partido, que com- ponían la mayorííi, á una voz; y por aclamación acx)rdaron siete lej'es en un par de horas; y leyes tales que trastorna- ban ó variaban en un todo el .eílifioio de la sociedad, como V. g. la de establéete hs bases del sistema imllticode ¡a nación; y leyes también que pudieran haberse omitido para orupar mejor el tiempo; como por ejemplo, laque declaraba fiestas va- dónales los días 24 de febrero, 2 de marzOj 16 y 27 de septiembre.

Preciso es confesar que los diputados de las provincias fuimos víctimas de nuestra inexi>eriencia y falta de conoci- miento en la táctica de asambleas; de nuestra buena fe, y por otra parte, de la combinación parcial y meditada de los que

cumponíau el partido llamado borhanisia. Las logias del ri- to eiíCocés, que segán todos los escritores, existían en México desde anterior tiempo, trabajaban con activida<l en la época de que voy hablando, y segán se ha sabido «lespués, dispo- nían en sus tenidas lo qne se había de iiroponer en el con- gi'eso, y lo qne debía acordarse por su mayoría; y como los de contraria opinión, qne formaban el partido popular, se oponían y Cimibatían los acuerdos mencionados, establecie- ron verdaderamente una contienda, que sin embargo de ser mny animada entre sí, dejó en aquellas circunstancias el campo libre á los escoceses.

Por esto no es de extrañarse que hubiera tanta uniforini> dad en la dicha mayoría, ni que los diputados que ignorába- mos la existencia de los complots, y que no podíamos recla- mar á su tiempo ni sobre la festinación de los asuntos, ni Bobro el orden do las disensiones, votaciones, etc., por la fal- ta de inteligencia, así en las combinaciones referidas como eu el manejo de esta táctica, nos veíamos envueltos y bur- lados por los referidos diputados, admirando su unanimidad y firmeza, sin encontrar la verdadera cansa, cuando realmen- te era la que queda explicada. Lo cierto es, que tampoco los contrarios eran hombres muy versados en la táctica de los cuerpos legislativos; pero tenían dos ventajas sobre los de las provincias: primera, su mayor faoilidad para dirigir y lo- grar las maniobras y trabajos, como que su residencia en Mé- xico ó sus viajes á Europa, le^ habían dado y daban práctici^ y más conocimiento del mundo; y segunda, la combinación y acuerdos directivos de sus logias. Los de las provincias no tenían lo primero, y en lo general les faltaba lo segundo; habiendo habido diputado que preguntase, qtié era votación naminalj cosa que demuestra la ignorancia lamentable qne existía im estas materias. Sin embargo, después, estos mismos diputados, más versados y desengañados, opusieron grande resistencia á los proyectos de los borbonistas.

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Por una verdadera desgracia nacional, en la sesión pri- mera del 24 de febrero, cuando todo México, y puede decir* se, todo el país, estaba lleno de las esperanzas más lisonje- ras, y ocupando á todos los mexicanos las ideas más hala- güeñas, hallándose unidos y contentos, hubo la ocurrencia de que tomando el Sr. Iturbide el lugar preferente en el so- lio del congreso, públicamente y antes de tratarse ningún asunto, el diputado suplente por México D. Pablo Obregon, le reclamó el asiento al presidente do la regencia. Contestó- le éste "que lo ocupaba por una ley que no se había dero- gado, y que le colocaba así en la junta soberana;" pero I9 dejó sin embargo, y sentado á la izquierda de el del congre- so continuó el acto, quedando ya un principio de disgusto, y la semilla de discordia que había de germinar. En efecto, los actos todos entre el ejecutivo y el congreso, posterior^ mente fueron discordes, y casi de continuas y mutuas recla- maciones en todos los ramos de la administración.

Vino después el miércoles santo 3 de abril de 1822, me- morable día en que tuvo el congreso la célebre sesión dán- dose cuenta y tratándose de diversas conspiraciones, y de una general ya ramificada y formada por los españoles. Por cuyas ocurrencias y por la denuncia dtíl generalísimo Itur- bide, se hicieron reproches graves, mutuos, y recriminacio- nes serias entre el mismo 8r. Iturbide, los regent^^s que asis- tieron, señaladamente el Sr. Yañez ^ y algunos diputados. Ese mismo día se batían en Juchi más <le cuatrocientos mili- tares capitulados que habían dado el grito do " tnra JSsjmña. "

El mismo día sorprendió al pueblo de Zacapoaxtla el co- ronel D. José Antonio Oalindo con cien hombres del regi-

1 La leáón fué extraordinariamente animada, agitada j ann turbulenta, y la esce- na muj peligrosa. El Sr. Táfiez] reclamó al Sr. Itarbido el aislamiento y casi detíprecio eon que trataba á sus compafieros, suponiendo, decía, que ellos fuesen traidores. Contes- tó el Sr. Iturbide a este cargo diciéndúb : •• No est¿ V. £. muy lejos de serlo, m Se exaltó notablemente la a&amblea al oir estas To^es y fué necesario restablecer el orden con el mayor empefio. Verificado esto continuó la sesión.

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miwto de Zaragoza, Uaieiido orden, qae mostró después, para sorprender el fuerfce de Perote. Bn la misDia fecha rom- pió el fiíego Robre la plaza^]de Veracruz el comandaote del castillo de üláa D. José Dáviia, quien había escrito al ge- neral Iturbide el 23 de marzo anterior una carta llena de amenazas, y que se podía tener como el preludio y anuncao de la oontrarrevoluclón combinada y que entalló en varios pantos. Esta es la carta :

^*San JoHO de Ulúa, 23 de marzo de 1822. Mi querido amigo y señor mío. No sorprenderá á vd. el objeto de es- ta, ai recuerda el que ha tenido varias que vd. me ha dirigi- do: soy incapaz de nada contra su persona, acaso en el día ninguna otra más intéresaila hacia vd. como yo: como hojm- bre estoy facultado á admirar á otro que es capaz de una eni- preaa, á uno que por medio de ella aspiró á evitar los malQS que veía venir sobre un país, y que acaso el tiempo de^cm- brixá el principio de que provenía; pero lejos de conseguirlo, eamÍAa á pasos agigantados á su ruina y al estado más ciel^ to ée ananqnía: tales son los efectos de la rivalidad, del dw- oontento, y de desconocer la ciencia de dirigir un esta4o coando apánaa nace. No son los diputados del congresp.me- licano los pilotos qae necesita una nave que zurea por ma- tes deaoonoeidoe y por escollos no situados: faltan los cono- ñmientoa sublimes, el cálcalo sin lo cual aquellas se|estce- llarán, siendo todos víctimas] del demasiado amor profMO y poeo juíoio. A vd. no se oculta esto, ;í8Í como la preparaqión que se aumenta de día en día contra su persona, y que ha de tener per resultado cierto el confundirlo, porque la e^iie- teuoia política de viL está en contradicción con la de las cor- tes, así como con la de otras personas que por celos háb de coadyuvar áque desaparezca. Supuesto esto, y de que estoy penetrado por seguras noticias, acudamos al remedio): nun- ca el hombre se degrada para con sus semejantes, cuando co- nociendo que el camino que emprendió es errado, toma otro»

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íl Ésienipre t( ndiá el loable flü de evitar los males de su pa- tria á que irremcdiaMenierite la conduce el desacierto: los que se preparau eu Nueva España son en tanto número co- mo los que se experimentan en el día por iguales causas en Costa í^irme y Buenos Aires. Estamos aiin en tiempo de re- mediarlos, obrando vd. y }o de conformidad con el auxilio die los que le son adictos de las tropas expedicionarias espa- ñolas, y de los de.'-conlentos en<ubiertc»s que aíin entrarán en nuestra causa, y cuando no otra cosa, contendremos el torrente de las pasiones, Ínterin el gobierno español, cou la liección que ba recibido y con los informes qne le demos, 'adopta medidas en que eoncilie su dí^coro con los verdade- "fos intereses de este país. Hablo á vd. con el corazón en este caso: mi edad y mi estudio particular me pone en elde á nada ambicionar: el bien de vd. y el de este país dictan, es- tos caracteres. To ofrezco á vd. en ^nombre del rey ydejla ^•Dación española cuantas seguridades pue<la apete<5er, afirioo- toó larecóñipensa pnidente qne exige el gran servieio qne "aijuella puede hacer y de que es digno el que tanta '^rte ' puede tomar en libertar á este hermoso país de los malel»qae le amenazan: á esta satisfacción que' al hombre honrado bas- ta, puede vd. añadir, y yo se lo aseguro poi^lamá^sagrado, la de quedar ocupando un luga^r distinguido err la sociedad, que se apoya sobre cimientos sólidos, y no sujetos á los vai- venes que j»roduce la envidia y otros vicios que conoce vd. ' cómo yo, son harto comunes en este país. Sí, mi amigo y se- ñor: el dado está echado, y la suerte es contra vd.; lo por buenas noticias: la indicación máscieita es el tiro de sus he- churas: el de Vil. se prepara, y nada lo retarda sin alguna más dificultad. Si vd. no desatiende los gritos de la razón y los de su propia conveniencia con los del bien de este país, no perdamos momento, pues si se malogran, todo es perdi- do, y los enemigos de vd. y de lo justo triunfarán. Para to- mar parte en este negocio son indispensables las tropas ex-

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pedicionarias próximas á embarcarse en este puerto, y que podré JO detener por el tiempo preciso á la contestación de vd,, mas no sin hacerme sospechoso, y cansar males de que estoy distante. Oon ellas y yo en esta provincia, y vd. ahí, ó donde convenga con las suyas que le son adictas, aumen- tadas con las expedicionarias que tiene tan cerca, obrando de acuerdo, damos el primer paso, y el que nos pondrá en ca* 60 de aspirar á todo lo cpie nos propon^^amos, pues á esta fuerza se aumentará la que está en favor de vd., y no le es indiferente su caída, la que tiene el partido español, aunque sofocado, que en el caso propuesto tomará la causa <le vd. y de la nación á que pert^iece como una misma.— > Por fln, el objeto es bien conocido, podrá variar en el modo; pero no queda duda, que para que no triunfen de vd. sus enemigos y evitar las desgracias que aguardan á este reiní>, no hay otro camino que abrace vd. mi causa, sin que por esta expresión se entienda sea yo enemigo de las ventajas y mejoras que paeda tener este país, y se puedan conciliar sin faltar á la de* corosa dependencia que todavía importa tenga la nueva de la antigua España. Si yo consigo el fruto que me propon- go, me tendré por el hombre más feliz, sin aspirar á otra re* compensa que allá en el rincón donde quiero acabar mis días, alabar al 8er Supremo que me inspiró un pensamiento tan . digno de su Omnipotencia, c«>ino que produjo el bien do sus criaturas y el particular de vd., (juieu bajo otro aspecto va á presentarse nuevamente en el teatro del mundo; pero de un Diodo que sin ser de menos consideración, es más digno de las alabanzas de los hombres que desean la paz. Es de ne- ce!»idad como he dicho á vd. la pronta contestación, para si no tiene efecto mi propuesta, no detener las tropas españo* las un tiempo más allá d<il dlsimulahle y (|ue acaso traería resultados muy desagradables, de (¡ne no quiero ser causa, , no produciendo ventaja alguna. Si vd. oye los latidos de su interior, se [lenelra de que soy su verdailero amigo, y que

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annqne no admita tui proposición, roe es deudor de una con- sideración qne espero me tenga, y que asegura á vd. cons- tantemente el que desea con señales más ciertas ratificárse- la; así como el que lo cuente por su más cierto apa^iionado su seguro servidor Q. S. M. B. .JoséDávila. Sr. D. Agus- tín de Iturbide."

Este dio la siguiente contestación:

"México, 7 de abril de 822. Muy señor mió de mi es- timación. Llegó á mis manos la carta de vd. de 23 del in- mediato marzo de 2 del presente abril, y aunque me fué reparable esta retardación, prescindí de averiguar los moti* vos. El apreciable titulo de amigo dbn que vd. me honra en su exordio, me daba á ent^ender que este papel no pertenecía á la clase de las anteriores contestaciones que vd. me ha di- rigido hablándome en particular, por no haberse docilitado á reconocer al gobierno independiente de este imperio, y así yo no dudé lo que se debía al nombre invocado de la amis- tad; pero la nlateria es tan grave, el interés de la patria de tan incalculable magnitud, y las circunstancias todas tan urgentes, que ninguna consideración podría justificar el que yo hubiese omitido ó dilatado dar el necesario conocimiento al soberano congreso nacional. Oou efecto, se lo di promo- viendo por mismo una sesión extraordinaria en el día 3^ y cuanto pude hacer en obsequio del carácter amistoso de la carta de vd. tanto hice, porque pedí expresamente al congreso que se sirviese nombrar una comisión que oyese la manifestación que yo debía hacerle como muy importan- te para la salud de la patria, á fin de que informada la misma comisión hiciese á S. M. la exposición que tuviese por conveniente; pero no habiéndose dignado acceder á mi solicitud y calificado antes bien que en pleno congreso debía hacer la manifestación que anunciaba, no me que- dó arbitrio alguno para dejar de mostrar en él la carta qne en todo su contexto queda subordinada á su soberana de-

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liberación. Botretanto, excusada con lo referido la publici- dad qne ha tenido y haya de tener, no debo dilatar por mi parte la contestación que me toca. Gomo estaos la prime- ra vez que la pluma de vd. se ha extraviado á tratar de la suerte de la nación y de la que me espera por result^as de la posesión en que se halla de su independencia, y hacerme in- vitaciones y ofrecimientos tan ajenos del objeto de nuestras contestaciones precedentes, no ()ude evitar la admiración, sorpresa y aun indignación que causa á toda alma uoble ver que se le considere capaz de abandonai*8e á sentimientos rui- ne», y ceder á proposiciones venales. Yo quiero permitirá vd. que se halle como me dice, penetrado por notician segu- ras de que se atenta contra mi persona, de que el dado está ecliado, y la suerte contra mi, y de que mi existencia [)olíti- ea está en contradicción con la de las cort4)s y con la de otras personas que por celos han de coadyuvar á que desaparezca; pero jqué temor, qué peligro el más espantoso podrá hacer- me retroceder del término á que be llevado la gloriosa em- presa de la independencia de mi patria! 4 Qué recelo, qué riesgo, qué pérdida aunque sea, no la de mi existencia po- líticm, sino la de mi existencia física, podría moverme á des- truir la misma obra que comencé y he perfeccionado? ¿Qué interés, qué recompensa podría inducirme á torpeza tan . afrentosa? Antes de tomar sobre mis bombi*os la procla- mación de la independencia de este imperio, fué mi vida la primera ofrenda que presenté en las aras del amor patrióti- co. Este sacrificio está ya anticipado; y si la envidia, la in- gratitud ú otras pasiones fueren tan poderosas, consámenlo enhorabuena; pero jamás el temor de padecerlo me arredra- rá ni podrá desviar ''el tirme propósito de reintegrar á la na- ción en fius derechos. La retribución de este voto está en el mismo suceso.^Sea el imperio mexicano feliz é independien- te, y yo estoy recompensado. Con esta gloria y en otro rin- cón como el que vd. apetece, no me queda que anhelar el lu-

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gar distinguido en la sociedad que vd. me ofrece en nombre del rey de la nación española, ni cuanto el mismo rey y to- da su nación puedan darme iguala en mi estimación el pre- cio de la absoluta independencia de mi patria. La indepen- dencia absoluta es la que yo pronuncié, y esta es la que he de sostener. Las medidas conciliatorias que vd. propone del decoro del gobierno español con los verdaderos intereses de este país, y las ventajas y mejoras que pueda tener, se ase- mejan demasiado á la independencia nominal que algunos también habían imaginado, ó es[>eran como vd. de la lee- ción que ha recibido la España y con que creen alucinar á los incautos, no siendo ni pudiendo ser en substancia más que la antigua gravosa dependencia de tres siglos, en que constantemente se han decantado y preconizado los desve- los del gobierno español por la prosperidad de este país. 4 Oree V., señor mío, que este gobierno haya llegado al co- uocimieuto de Ion verdaderos intereses de los habitantes de N. E. á la hora en que se le salió de las manos, ni que mien- tras permaneciese en ella su dominación pudiese, aun co* nociéndolos, anteponerlos á los suyos? |Ouál es pues en esta parte la perspectiva que T. me presenta <le la felicidad de este país, que es la única que me podría mover? jO á qué se reduce esa oferta de conciliación de decoro é intereses, sino al antiguo yugo siempre dorado con diversos títulos, hasta venir últimamente al muy vano que puso á la N. E. entre las partes integrantes, la monarquía española y dizque le comunicó sus derechos constitucionales? Si á este sue- lo amenazan algunas desgracias, no serán otras que las que le prepare en la península el gobierno español, y aquí algún insensato de sus partidarios: pero á él toca considerar si pue- de con justicia intentarlas, y si nosotros tendremos suíicien- te fuerza pai^ repelerlas y hacer que vuelvan sobre su na- cimiento. Yo con mucho sentimiento llamo la atención de vd. á las funestas resultas de la intentona de una parte délas-

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tropas expedicionarias que se arrojanon á violar la fe de las ca- pitulaciones. Igual suerte espera á todos los que de cualquier modo presumau bostili/.arnos y turbar nuestra tranquilidad. La nación que defiende su libertad podrá sufrir los males de una injusta violenta agresión, pero siempre está segura de- triunfo. lío son, dice V., los diputatlos del congreso mexicano los pilotos que necesita una nave que surca por mare-s desconocidos y por escollos no situados, y añade, que faltan los conocimientos sublimes y el cálculo, sin lo cual aquella se estrellará siendo todos víctimas del demasiado amor propio y poco juicio; pero cuando V. dice esto no po- drá desconocer la generosida<i de los mismos diputados. Tal vez el extremo de esta es lo que ba dado motivo para tan agfia censura, y aliento á V. para manifestármela <^on sus demás proposiciones. No bay necesidad por ahora dit decir j|)ás sobre esto. El tiempo manifestará cuáles son las virtu- des earacterístieas de la nación mexicana, y de qué son ca- paces susdignos,i^epresentantes.-^Mi genial moderación me limita á estas breves insinuaciones; pero en cambio del cui- dado é interés que Y. manifiesta por mi persona, y para de- mostracjóu de cuánto agra<lezco las expresiones de amistad ooD que V. me honra, reproduzco lo que tantas veces he sig- nificado á V. para que se decida á la entarega de ese castillo. £1 imperio mexicano que puede exigir de V. este acto con voz poderosa, lo admitirá c(»n gratitud cuando V. lo baga obrando por el libre movimiento de su prudencia. Yo nada propongo á Y. que pueda em|iañar su gloria. El valor nun- ca se confunde con la temeridad, ni se falta á la fidelidad cuando es necesario ceder á fuerza superior. La humanidad, la razón y la justicia son los objetos que guían lasoperacio* nes de un general valiente, y V. ha recibido del cielo dotes que lo deben fijar invariablemente en los mismos objetos. SI V. me da testimonios de abrazarlos en su ulterior conducta OüQivespMto á la entrega del castillo, me gloriaré de ser sa

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verdadero amigo y seguro servidor Q, B. S. M. Agustín de IturJñde.—Sv. D. José Dávila.»'

Ambas cartas faeron publicadas á solicitud del mismo Iturbifle diciendo al gobierno:

*'Sermo. Sr. La suprema ley que me he impuesto en todas mis operaciones.es la salud de mi patria, y cuando esta de algán modo puede hallarse comprometida, ninguna consi- deración es para más imperiosa, que la de ocurrir con oportunida<l al daño. Por este principio, luego que recibí la carta que en 23 de marzo me dirigió el gobernador espa- ñol D. José Dávila, que retiene el castillo de San Juan de Ulúa, me apresuré á dar ol debido conocimiento al soberano congreso; y por la misma razón me he decidido á que lo to- me también la nación consignando a la imprenta, si faere del agrado de V. A., la enunciada carta y la contestación que le he dado. Aquel gobernador tuvo sobrada ligereea para presumir que iK>dría seducir contra la independencia del imperio mexicano, al mismo que la pronunció en Igaala 7 supo llevarla al término más glorioso, y de esta ligereza pasó á la tenáeridad de [)robar el poder de su seducción. |De qué tentativas no es capaz el que aspira á encadenar una Ilación que ha destrozado el yugo que la esclavizaba! )Lo que se ha intentado respecto del primer jefe de la indepen- dencia, dejará de intentarse ó haberse intentado respecto de otros individuos á quienes se juzgue más dispuestos á un alucinamiento ó á un desliz T Necesario es por tanto, que todos los habitantes de este imperio se hallen preparados contra sugestionen pérfidas, y advertidos de los lazos que se tienden para hacer presa en los incautos, y trastornar desde los cimientos la obra magniñca que acaba de presentarse á la admiración del orl>e. Y no es menos necesario que sepan con puntualidad lo que podría llegará sus oídos tergiversa- do y por conductos infestos. Por tanto^ suplico á V. A. se sirva mandar que se publiquen la oarta del general Dávila

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y mi contestación, para qne se rectiñquen las ideas de los pueblos, precaviendo equivocaciones en materia tan impor- tante.— Dios isruarde á V. A. S. muchos años. México, abril 8 de 1822. Sermo. Sr. Agustin de Iturhide. ^

Tales coincidencias, que aun podían decirse combinacio- nes, porque no podían ser de ninguna manera casualidades, inclinaron la opinión de algunos diputados más en contra de Iturbide que á favor de los borbonistas, principalmente los españoles, porque se advertía que las tendencias de éstos se habían de seguir explicando, siempre favorables, y con- trarías á México y á su libertador.

Estos sucesos dieron margen á que los partidos de itvr* hidistas y borbonistas se acabasen de marcar, y á que el de los patriotas antiguos se uniese á estos últimos más formalmen- te bajo el plan y combinación de derribar al héroe de los primeros, dejando para <lespués el contrariar las miras ó los fines de los segundos, que eran el establecimiento de la di-* nastía de los Borbones en el trono de México conforme al plan proclamado en Iguala, ó tal vez, por parte de algunos españoles se aspiraba realmente á la retrogradacion, hasta querer la vuelta del sistema colonial y dependencia que ha- . bia muerto en 1821. Este modo de raciocinar de los insur- gentes y de los i*epublicauos, que después seles unieron con . el objeto de evitar que Iturbide se hiciera de un [)oder om- nímodo,, no era muy. exacto en aquellas circunstancias; pero sin du<la él <iecidió en su contra abiertamente y de un mo- do resuelto á los enemigos do este caudillo, no por la fuerza , de convicción, sino por la «le las pasiones y los resentimien- tos de unos y el temor de los otros, cosa muy cierta si atende- mos á la falta de política con (pie el general Iturbide trató á los insurgentes, y retíexionainos en la ostentación, vanidad y brillo con que se le halagaba, y (pie tal vez, nifiliciosamen- te por hacerlo odioso^ se daba á sii autoridad y á su persona.

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Esitfl eofidiicta preparó los posteriores sucesos hasta la oo- loiiac'iói).

El) aquellos días se aunnoió y ano caM se conocía may claranieiite que debía haber nii próximo rompimiento, ó ana variación de cufias: los espíritus se bailaban en grande agi- tación: Iturbide y sus partidarios luchando con obstáculos, y sus enemigos pulsando también dificultades en sus com- binaciones y planes. La impi-enta animaba, por decirlo asf, y daba pábulo al fuego: el gobierno no podía caminar, y en fin, la situación general era violenta j embarazosísima. Al congreso lo figuraban con estudio el émulo del libertador, ó decididamente su enemigo, y comenzó á ocuparse de algn- ñas cuestiones, que unidas á algunas particulares ocurreu- cias, que relataré y veremos después, acabaron do indisponer los ánimos, y fomentaron la división y los partidos.

La renovación de la primera regencia y formación de la segunda tuvo lugar en la noche del 11 de abril de 1822* y fué esta variación una de las ocurrencias más notables, y que dio un triunfo al partido borbonista; pero que le perjudicó, porque descubrió y animó una oposición que se iba forman- do entre aquellos mismos diputados que eran víctimas de sus secretas maquinaciones. Cincuenta y tres de ellos convi- nieron y presentaron una proposición, pidiendo, que califi- cada que fuera la necesidad de variar la regencia, la nueva eleccción de sus individuos se hiciera proponiendo los dipn< tados de cada una de las provincias una persona, y que del nómero que resultase se sacaran por suerte los regentes. Esta proposición, aunque fué enérgicamente sostenida en la discusión, no fué admitida, pero se publicó en una instruc* ción que sus autores remitieron á sus provincias, y en un impreso que yo di á luz con el título de ^^Cartade un payo á

1 Era compuesta de losSres. Iturbide, Yáflez, Velázquez do León, obispo de Puebla Pérez, y Barcena. Los reemplazaron, el general Bravo, el conde de Heras Soto y el Dr. Valentín. Estas fueron las dos regencias en su personal.

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un tnezicano^^ en el cual está ooiisiguado mi voto sobre este negocio tan grave, y el cual marcó mÁs la total y más clara división de los partidos en el congreso, y la opinión que se uniformó, de quitará la capital de México el poder al>soluto que ejerció sobre las provincias,^ snjetándolas á sus combi- naciones, planes y circulares. Por esto los diputados del par- tido borbonista se manifestaban disgustados unas veces, y otras se explicaban y declamaban porque hubiese aparecido el provincialismo, según ellos decían, lamentándose pábli» camente de que ya no reinare en la asamblea ( así decían ) a>qu/^ üa primera conformidad. Les desagradó el resultado de la proposición, porque se descubrió y se combatió la fuerza de los complots y las maniobras secretas de su partido, domi- nante hasta entonces de un modo exclusivo.

Siguió el 6 de mayo (822) en que se dio cuenta al con- gres4> con una felicitación del regimiento de caballería nu- mero 11, notándose qiH^ al llegar á un período que contenia estas palabras: ^^ la América del septentrión detesta á los m^onar^ CM, porque los conoce y debe seguirse en el sistema de gobierno que ha de instala/rse^ el de las repúblicas de Colombia^ Chile y Buenos Aire^s^^ se mandó susiiender por el presidente su lec- tura. Tal incidencia dio motivo á que se abriese una discu- sión bastante acalorada sobre si se leería ó no el resto de la felicitación, y sobre si se publicaba insertándola en la acta. Casi por aclamación llegó á pedirse la lectura. En esas cir- cunstancias, y al tratarse de un modo tan solemne una ma- teria tan esencial, grave ó importante, juz«:ué conveniente tomar la palabra, y la temé manifestando, entre otras cosas que pues iodo el congre^Oy ó su mayoría^ clamaba por la lectura de aquel papel, parecía que ¡o hacia suyo el congreso, á lo menos para que se leyese, como se pedía, y era menester hacerlo cónsul^ tundo la dignidad mistna de la asamblea, Al tin se dispuso que

1 Véanse los docnmentos impresos marcados con los números 3 y 4 que van asenta- dos en el Apéndice.

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fie continuase leyendo, como se bizo, y que se insertara en la acta, cosa que no tuvo electo, [)or(iue en la sesión secreta del mismo dia se revocó ei acuerdo de la pública, salvando en esto con otitis mi voto; sin embargo, por reclamación que hizo el Sr. Castañeda sobie la redacción de la acta, en que constaba mi opinión en este asunto, la ratitiqué nuevamen- te en la sesión siguiente del dia 7 de mayo.

En la del 13 comenzó otra de las discusiones peligrosas en aquellos níoníentos, tal era la del ari-eglo del ejército. Hubo grande divergencia de opiniones, siendo la mía de acuerdo con la que pi*oponia el gobierno, creyéndola más fundada, Justa y prudente, según expuse en mi pequeño discurso si- guiente:

** Cuando ha oido V. M. de los SS. que nae han precedi- do en la palabra, elegantes y floridos discursos, me al>st^n- dría de hablar si el punto en discusión lo considerara aislado y sin influjo en lo futuro; nías como vivo en la creencia de que envuelve la mayor importancia, voy á presentar unas ligeras reflexiones que me ocurren en materia tan grave y delicada. No es, señor, el asunto que se versa de la natura- leza de aquellos que deben fiarse á la especulativa de una imagnación fecunda y pintoresca, propia de un poeta, ni tal, que sea bastante para definirse el traer á paralelo ejemplos y lugares de la historia, amena en sucesos, según se bus- quen y pretendan; no, repito; no es de este género, el deter- minar hoy la fuerza del ejército permanente que debe dfecre- tarse por V. M.: aquello es fácil y esto será á todas luces delicado. Somos independientes, decimos, y lo probamos apelando á nuestra misma situación que lo demuestra; pero, qué ¿somos independientes de tal modo, que podamos ase- gurarse haya consoli<Uido firme é indefectible nuestra inde- pendencia? Ojalá, señor, y así fuera; pero yo entiendo, que mientras no sea reconocida plenamente la nación niexicana por las extranjeras, no podemos contar con aquella satisfac-

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Clon y confianza que en tal caso, inducirá el derecho obser- vado entre las naciones. ¡Qué diferente será entonces el cuadro, al que aparece á nuestra vista en este día! Nadie dudará lanzar el voto afirmativo para diminución del ejér- cito, y todos diremos: "vayan enhorabuena y premia<Ios, al dulce reposo de sus familias y hog^ares, los valientes y es- forzados campeones, que con su brazo y por sus fatigas, su- pieron ])lantar al fin entre nosotros la a[>etecida libertad, comprada á tanto costo." -*Se ha dicho que la filantropía de España y de otras naciones, nunca permitirá se nos in- quiete; yo respeto la opinión; mas nunca convendré en ella. España siempre se ha proclamado, y especialmente desde que se rige por constitución, libre, benéfica y filantrópica: lo habrá acaso sido en aipiellas provincias de ultramar; pe- ro ciertamente para la América nunca ha habido libertad, sino en las voces y en la fantasía de alguno^: cuando aliase habla y se agita sobre los dere(;hos del hombre, se nos ex- cluye de esta especie j'^ se nos vuelve siempre la ley por lo angosto; son más que liberales en España ; pero serviles, ser- vilísimos para América. ¿Qué otra cosa quiere decir aquella escandalosa sent^encia de un diputado liberal, cuando dijo que las glorias de Cortés las había eclipsado O'Donoju? Con- vengamos en que puede inciuietarnos España, y que paraesto se conserva ese castillo de S. Juan de üliia, se dan grados, se remiten pertrechos, y seguramente se darán órdenes tam- bién dirigidas á manejar las arterías, ya que no se pueda las armas, siguiendo aquel principio maquiavélico de que la gue- rra no sólo se hace peleando en el campo, sino dividiendo en lo interior de los pueblos y aun de las familias. De las de- más naciones lo quo es, que en sus presupuestos de in- versión, al gobierno se le p.isan sumas cuantiosas para gas- tos ocultos y reservados, que convienen los políticos no son otros, que poner emisarios en todas partes para obrar á su modo, y con su política peculiar: ¿y podrá alguno convencer

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qne aquf uo se maneja ese timón, y (jne todos están de es- pectadores en busca del resultado, ó del mejor partido! Así que, me parece, señor, que lo conveniente sería prepa- rarnos á la guerra, conservándonos en actitud de ella, si queremos seguir aquella observada máxima que aconseja diHjionerse en la paz para la guerra, y conservar aquella coi^ la preparación de esta. Yo bien .sé que la fuerza armada es vista con desconfianza y poco afecto por los celosos de la libertad; pero también (|ue es un mal como los humores en el hombre; y por lo mismo hablando al intento un respe- tiible autor asienta que ''8U|>uesto que todas las naciouea permanecen armadas, se hace preciso armar aún á la más filantrópica para que no sea la befa desús semejantes, y di- ce, bueno seria no ver ejércitos; mas como todos tieueu fuer- za, es de la fuerza el crearlos y conservarlos." Esto supuesto como verdad incontestable, 4 qué hará la nación mexicana cuando ve armadas las demás? ¿se entregará al placer de li- bre, sin evitar y sin prever su ruina? Sin duda, pues, oou- fesará cualquiera que de necesidad debemos conservar uu ejército respetable para que lo sea la nación; pues será qu sueño figurarse que temblaron las potencias extranjeras al oir que somos libres, independientes, sin má« razón; no se- ñor, es necesario más, y este más, puntualmente son las ar- mas. I Y porqué? Porque así se halla hoy constituidla el mun- do, y para lo contrario será preciso que vuelva la vida pa- triarcal y el estado de inocencia. No se diga que nuestras moriíferas costas nos defienden: cpielas distancias nos favo- recen, y que por naturaleza.estamos libres deagresioues; pues lo contrario en.seña la desengañadora experiencia. jCuán- tas expediciones armadas no han invadido este mismo suelo? Baste por ejemplo, la del general Mina, que venció cuantas dificultades se preconizan y en brevísimos días lo vimos co- locado en el Bajío y centro del imperio. Si se me dice tuv© auxilios, ¿quién asegura que hoy uo lo tendrían los iuvaso-

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res, por volnntad 6 por fnerza? Sentado lo indispensable de nn ejército permanente^ sólo resta hablar del número que deba componerlo, con lo más concerniente á su orden y eco- nomía. En este punto, creo yo por mi voto particular que acertaremos, si obranio» consecuentes con lo que juzga el gobierno, cuando asienta el núniero y clase de ejército que íe necesita. señor: creamos al gobierno por su misma re presentación, atribuciones y ejercicio: creamos al gobierno, porque para íijar el número de tropas, ha oído, en junta de guerra á los generales y jefes del imperio; y creamos al go- bierno por las razones en que se funda, pidiendo en clase de por ahora el ejército que señala, marcando los puntos que pi- den de necesidad ser guarnecidos. Por tanto, señor, opinan- do yo por la fuerza militar que informa la regencia, y de- jieando se esclarezca más el punto, concluyo pidiendo que. antes de retirarse el señor ministro de relaciones, exponga lo que supiere acerca de las miras hostiles sobre la nación por parte de las extranjeras, y especialmente de España.'^ Yo creía que ni las circunstancias políticas, ni la posición y estado de indecisión en que se hallaba el país sobre la for- ma de g(d)ierno que le convenía, ni la exaltación de los par-> tidos que nos agitaban, y sobre todo, el riesgo que se corría precipitando al de los amigos de Iturbide, aconsejaban opo- nerse abiertamente á lo que éste pedía en el caso. Así es que mi opinión, considerando el porvenir, fué de acuerdo co- mo he dicho con este pedido, y manifesté, según lo sentí y temía, que el punto en cuestión no lo consideraba aislado y rin influjo en lo futuro^ sino de la mayor importancia. ¡Pronós- tico, cuya exactitud se vio realizada á los cinco días, aunque nada lisonjero en el resultado!

La i)roposición presenta<la el día 14 sobre separar el man- do político del militar en todas las provincias, fué también otra de las cuestiones graves y comprometidas de que heha« blado, y contribuyó directaujente á animar los sucesos que

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veremos del 18 de mayo, creyendo el Sr. Itnibide y sus par* tidarios que, con esta iniciativa se indicaba sin dmla alguna la resolución, acaso ya dictada para debilitar al libertador sn prestigio personal, y para qiíitar 4 todos sus adictos la fiíerza física que tenían á su disposición.

Pero en este tiempo y circunstancias, lo que acabó de pre- cipitar las cosas, violentó los sucesos, y entusiasmó más al espíritu publico, fué que la comisión que estaba encargada de abrir dictamen acerca <l4^1 ofrecimiento de la c<u'ona de México á los Borboncs, según el plan de Iguala, lo exten- dió y presentó ines[)eradamente por la aíirmativa, y quiso que presentado, se discutiese en aíjuellos mismos días. La^ comisión, que se componía de los Sres. Alcocer, Obregón, D José Ignacio Espinosa y otros, externó tanto la sustancia del dictamen, así como la intención <Ie que se diera luego cuenta con él al congreso, de toda preferencia á los demás asuntos, que ocasionó alterca<los desagradables, que produ- jeron grande agitación, primeramente en lo privado, y des- pués en publico; disputándose si había de leerse ó no el 4lio- tamen, y si se bacía en publica sesión, ó en secreta. Al íin, después de que nnicbos diputados, aninuidos del mejor de- seo y procurando el bien general, hicimos los mayores esfuer- zos para trampiilizar los ánimos y sosegar la iijnpiietud y aun efervescencia que se notaba, lo conseguimos afortuna* damente, y se convino en suspenderla lectura del dictamen, anunciando que ^n la regencia había habido, así como en el congreso, un gran del>ate sobie el mismo asunto. Yo, con otros dipuíaílos, como queda dicho, logró extinguir por me- dio de la persuasión y la amistad la agitación, que se con- virtió en personalidades exaltadas, llegando al grado de cho- carse entre sí, los mismos (pie antes habían estado unidos disimulando su verdadera (opinión, es decir, los republicanos y borbonistas.^ Estos descubrieron sus unes claramente con

1 Los Sres. D. Melchor Musquis y D. Josó María Fagoaga, el uuo del imrtido repa-

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el dictamen mencionarlo, y los republicanos conocieron qae aquéllos obraban contra sus promesas, y contra las doctrl* Das que publicaban en sus escritos, para sólo mantenerlos alucinados y unidos á sus maniobras políticas.

Sería conveniente sin <luda insertarlo todo; pero no es pasible, en razón de que sucediéndose los acontecimientos rápidamente, y no (pieriendo los comprometidos aparecer ta- les como eran, se aprovecharon <le las ocurrencias, y por cuantos medios pudieron, principalmente f)or la ocultación, hicieron desaparecer estos y otros documentos interesantes, de tal modo, que en ningún archivo priblie^ y ni aun en lo particular se ban conservado, ni se pue<len ver ni en origi- nal ni en copias. Esto entraba en sus planes.

Tal era el estado en (jue se hallaba el congreso constitu- yente mexicano en cuanto á las opiniones y resolución de Bns miembros, cuan<lo llei^ó el 18 de mayo, como después ve- remos en el caj>ítulo III, sentado que sea el sij^uierite resn- men cronológico y del despíiclio.

Ocupada la capital de México por el ejército trigarante alas órdenes del ilustre libertador' en 27 de septiembre de 1821, fué creada é instalada desde luego la primera regencia gobern.idora del imperio, componiéndola los Sres. D. Agus- tín Iturbide, D. Manuel de la Bfircena, D. Isidro Yañez, D. Manuel Velázquez de León y D. Juan O'Donojó. Falleció este ñltimo el dia 8 del mes de octubre siguiente. La junta gubernativa, en ejercicio de sus atribuciones y funciones, eligió el dia 11 del referiilo mes de octubre al Illmo. Sr. obis- ¡H) de Puebla D. Antonio Joaquín Pérez, Tomó posesión legalmente el dia 15 «leí propio mes, entrando á funcionar desde luego a esta primera regentiia <lel imperio, que cesó el 11 de abril de 1822.

blicono y ol otro del borbonista, tuvieron on estos momcntoR un fnertc choque en la ante* nh del conj^reso, y llegaron á insmltarse acremente con motivo dol diclio íljctamen del ofrecimiento de la corona.

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mimm de estaco y del wmm ñ este rERio.

5 DE OCTUBRE DE 1S21.— 1S DE MAYO DE 1822.

Relaciones Intekiokes y Exterioees. Dr. D. José Ma- nuel Herrera.

Justicia y Negocios Eclesiásticos. D. José Domín- guez Míuiso.

GüEREA Y Marina. D. Antonio Medina.

Hacienda. D. Rnfael Pérez Jíalílonado.

CAPITULO III.

£1 Imperio.

Bfen s«b¡<l(> es que iioelie de este día, el pueblo bajo de México y casi toda la guariíieion con los principales ge- nerales al frente, proclamaron emperador al generalísimo Iturbide, formándose una asonada y movimiento estrepitoso en toda la ciudad; poblando sus calles toda clase de gentes en gran número, acompañadas de luces, músicas y truenos de armas y cohetes; gritando sin cesar los vivas á Iturbide, á quien proclamaban emperador. Así permaneciú México toda la noche y parte de la mañana siguiente, hasta que el congreso se reunió previa citación, y en njedio de una reu- nión de todas clases qu(» ocupaba el edificio, las galerías, y aun penetró en el salón de las se>iones y hasta se mezcló con los mismos diputados. Iturbide fué llevado por la multitud y por las tropas. Concurrió á la sesión, que estuvo inquieta

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y contiiuiainente iuterriiiapida por las aclamaciones del pue- blo y tropa, t43iiiendo oficialidad á su cabeza: no se dejó ha- blar cou libertad á los <iue se opoiiíau directa ó indirecta- mente á la inmediata coronación de aquel desagraciado y mal aconsejado caudillo.

La discusión cotuenzó por una proposición que presentó el Sr. D. Valentín Gómez Farías, diputado por Zacatecas, suscrita por y otros cuarenta y cinco miembros del con- greso, pidiendo se eüffiese emperador al general Iturbide. La proposición dice así:

"Señor: El grande y memorable acontecimiento que se DOS ha comunica<lo el día de hoy, lo tenía [>reparado el mé- rito singular del héroe <le [<^uala. Su valor y sus virtudes lo llamaban al trono; su modestia, su <les¡nterós, y la buena fe en sus tratailos lo separaban. Si la soberbia España hubiera aceptado nuestríi oferta; si Fernando VII no hubiera des- preciado los tratados de Córdoba; si no nos hiciera la guerra, no hubiera provocado á otras naciones á ipie no reconocie- sen nuestra em;in«íij)acioii, entonces tieles al juraiuento y con- secuentes a nuestras proni-vsas, ceñirifimos las sienes del monarca español con la coronadel imperio d(5 México ; [)ero rotos ya el plan de Iguala y tratador de (Córdoba, corno es bien constante por documentos indubitables, yo nní creo cou poder, conforme al aitííMilo 3? de los mismos tratados, para votar por (pn^ s(» Ci)rone rl /^randiritnrbide, y entienílo qu6 Vr.;M. se halla igualnionU^ autorizado. S<Mli)r, confirmemos con nuestros v<]|:()s las atílamaciomís (K»l pueblo mexicano, de lo< valií.'nti's 4;mmmmíos, y (l'^Iosoíiv^iales y soldados bene- méritos (h*l ejército trigar:int'.'; y así nM.»oinpeíisareínos los extraorditarios ¡néritos y >;M'vicit)s del liborla'lor de Aná- huae, y cons»;^iii í- ai> al ni-; n > tiemj)o la ¿)az, la unión y la ti'anquilidail, '|:i» d.' olví saiH'to, acaso desapareceiún de nosotros para siíMnjníV

^'Stíñor: csti^ voí» \ i.\ siisiMiben conmigo otros señorea

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diputados, y qne es el geiienil de nuestras provincias, lo da- mos con la precisa é indispensable condición de (lue nuestro generalísimo almirante se ha de obligar en el Juramento qne preste, á obedecer la constitución, lejes, órdenes y decretOB que emanen del soberano congreso ujexicano. Valentín Grf- fnez Fartas, Fascual Arufida. i7 Conde del Peñasco. Josa Antonio de Casta Harén,'-- José María Covarrtdías. Salteador Porras, Ignacio Izazaya, Bernardo J. Benftez, Santiago Alcocer. Martínez de Tía. i7 Marqués de San Juan de Ra- yas. Uno Fragoso. Ortiz déla Torre. Dr.Aynstín Jriarte, -^Antonio Galicia. José Antonio de Andradc-^Manvel Sán- chez del Tillar. José Antonio Ayuilar, José María de Abar^ ca. Banión Martines de los Bios, Manuel José de Znluaga. i?a/a<7 Pérez del Castillo. Francisco Yelasco. José María Bamos Palonura. Argándar. Pedro Lamoza. Juan Miguel Biesgo. Camilo Cawacho. Manuel Ignacio del Callejo. José Ignacio Fstiva. José María Portugal. José Anselmo de Lor^ ra. Bocanegra. Diego Moreno. Luciano de Figunoa. Ma- nvel Lój)ez Constanle.^^-José Bvdecindo de Villamieva. José Joaquín de Gárate. Peón y Maldonado. José Ponce de León. "^Manuel Flores. Gaspar de Ochoa. Lalairú. Pedro Ce- lis.^^Garza. Martin de Inclán. Antonio J. Yaldez^

Pero desgraciadamente do se pudo explanar y sosteuer en su objeto y tendencias naturales, porque en el debate no 66 guardó orden, ni se trató la cuestión conforme al reg[lameii- to interior de la asamblea, ui se practicaron las solemnidades y trámites de estilo^ bien que el caso era extraordinario, y las circunstancias urgentísimas y peligrosas, concluyendo con presentarse a votación esta disyuntiva: ^^Si se nombráífa inmediatamente Emperador al Generalísimo^ 6 se consultaba á las provincias.''^ Fué aprobado el primer extremo por sesenta y siete diputados, contra quince <iue votaron en el sentido del segundo. Yo lealmente no á cuál extremo fué aplica-

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do Díi voto, porque recibiínVIose en secreto la votaei(5n por e) secretario D. F. María Loinluudo, y acercándose los dipn- tadqs á la mesa, le <lije: ^^ Agregue rd. mi voto á la mayorfa,^^ cuando yo votaba, que fué conio en In mitad del numero. El, pues, sólo sabrá adonde !o aplicó al tiempo en que voté, queriendo unir mi voto, como es dicho, á la míjyorín, consi- derando la naturaleza y circunstíuicias extraordinarias del caso tan urgente. Este importante suceso relatado tal como fué, y con la parte que en él tuve; manifestados, aunque ligeramente, los antecedentes (jue lo motivaron y lo fueron preparando; me resta exponer aquí las razones que tuve para suscribir la proposición en (pie se pidió el imperio del íjene- raiísimo Iturbide, en la forma y con las calida<les asentadas . y suscritas por cuarenta y cinco diputados.

Las noticias que se habían recibido, y estaban confirma- das ya, de lo que había pasado en España con los tratados de Córdoba, demostraban clarísimamente que no se debfti esperar nada favorable de Fernando VII ni de las Cortes; y conoi'iéndose por experiencia el carácter fuerte y tenaz de los españoles, menos probabilidades había para esperar un avenimiento con aquellos gobernantes. Este estado de co- sas, así como demandaba la pronta organización de un go- jbierno en México cualquiera^ dejaba también á los mexicanos en plena libertad para constituirse del modo que les pareciese mejor y les conviniese en momentos tales y tan comprome- tidos.

El partido de Iturbide se había fortiflcado con las ota- ^rreucias y noticias referidas, así como con la imprudente cdñ- jdncta de los que, según he dicho, pretendieron presentar y discutir en el congreso el dictamen sobre ofrecimiento de'Ta corona de Méxic<» á los Borbones por el plan de Iguala, ca- yo paso era avanzadísimo en aquellas circunstancias, y aun absurdo en ellas. Por tai imprudencia, la exaltación crecía por momentos, complicando cosas y personas én extremo y

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de manera que la disolución social, ó una guerra civil próxi- ma y atroz, era lo que debía en consecuencia aguardarse i)0- Bitivamente; temiéndose sienii)re que se dejase obrar al par- tido borbonista á su placer. La nación aparecía abandcniada al triste estado de iiicertidunibre en (pie se bailaba, y nada se fijaba sobre el más vital interés, como era el de gobernarse por medio de una administración firme y liberal. Por otra parte, las ideas republicaiias apenas y con recelo estaban ini- ciadas: no liabia por tanto en la nación un numero conside- rable <le individuos de influencia y de carácter que las íibri- gasen, ni los que las tenían se atrevían á externarlas por te- mor <le ir contra el torrente de la época y contra la fuerza física, cuya circunstancia vino á reducir la cuestión |)ublica á estos términos: |quién d<»bería ser el monarca? Ya no se disputaba, |>ues, en lo general la forniade gobierno, en <jiie convenían los partidos más fuertes y marcados de horhonis- tas é itiirhidistaSj sino que se trató de la persona d(íl que ha- bía de siír elegido. Así se pi'e[)aró el gran<le suceso de la ju'oclamación, sien<lo consecu(Micia <le trabajos y iranias an- teriores, boy IíkIí» ya bien conocido.

La proclamación becba en medio del movimiento iMipu- lar de la nocbe del 18 y del 19 de ma>o, prt);novi(lo y acau- dillado por el ejército y el pueblo como beiuos visto; la deci- sión y entusiasmo «jue se mostró de un modo claro, (»xt<*n- diéndose á todas las clases de la sociedad, Iiaei'ndo <jue al menos j»or aípiellos momentos s(iereyv\se (jue tales cosas me- recían consideiarüc y atentlerse; y unida la exigencia d<^ las circunstancias retiñidas, eon el eonociniieut») ípie yo tenía an- teriormente de (pie no se podía luicer ris>isteneia (»firaz á una combinación formada entn» los mismos que de1)ieron impe- dirla y resi.stirla, me decidieron á firmar la prn{)!>sieión y á votar ponpie se coronase el geiu i;ilísimo Lurbide. Mejor d¡- cbo, puesto yo en la disyuntiva en (pie fuimos colocailos, de elegir ó á aquel mexicano á quien aclamaba y i>e<lía casi la

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generalidad de sus compatriotas, ó á nn extranjero de una dinastía excluida, como era la de España, preferí desde lue- go al primero, y lo propuse bajo este aspecto con fj^usto y sa- tisfacción, fijando clanunente los términos contenidos en la proposición que bien explica lo (pie se pedía, porqué, y con qué calidad y condiciones.

Digo que bajo este aspecto, porque deb*) confesar (pie no he sido afecto al absolutismo monárquico; porque no gusto del despotismo de nadi(^; aunque no dejaba de encontrar gra- ves inconvenientes y dificultades j)ara el establecimiento del gobierno reiíublicíuio en México; dependiendo, seíi^ún he creí- do, esta incertidumbre ((]ue era conuui (entonces) así de ^o poco que prácticamente se (íon(»cía la esencia de los sistemas de g(d)ierno, como de que habiendo sufrido el yugo de los españoles büjo los agientes de lína monarquía, se creía unas Teces (jue el mal estaba en éstos, y otras que dimanaba de la projna organización política, cuando en realidad los male» sufridos eran efi»cto de ambas causas, y de la mala educacióa piíblica y privada en que vivimos.

Cuando alguno de los diputados que firmamos la petición de que voy tratando, nos decidimos á proponer para empe- rador al primer jefe del ejército trigarante, en medio de las agitaciont^s acacHÍdas el 19 de mayo, no nos desentendimos de los intereses, ni del bien, ni de las libertades de los pue- blos; y procuramos garantizarles sus derechos, acordando y fijando la segunda parte muy notable de la proposición, en que se hallan compendiadas las obligaciones que el procla- mado debía desemi»eüar, recíordando lo que se hacía aun con 1(;S antiguos reyes en España, por medio del juramento más liberal y más obligatorio á la vez, que lo estrechaba á obede- cer la constitución, leyes, órdenes y decretos que emanaran del congreso como representante de la nación. Por lo mis- mo, se ven tan explícitos y marcados los términos en que es- tá redactado el expresado juramento, que dice: " Agustín,

por la Divina Provi«leiicia, y por nonibraniieiito'uoi congre- so de i^epreseiiUiiites de la nación, emperador de México, ju- ro por Dios y los Santos Evangelios que defenderé y conser- varé la religión católica, apostólica, romana, sin permitir otra alguna en el imperio: que guardaré y haré guardar la constitución que íbriuare dicho congreso, y entretanto la es- pañola en la ]>arte que está vigente, y asin)ismo las leyes, órdenes y decr(.^tos que ha <lado, y en lo sucesivo diere el re- petido congreso, no miraiido en cuanto hiciere, sino al bien y provi*cho de la nación: que no enajenaré, cederé, ni <les- mendu'aré parte aiguna del imperio: <pie no exigiré jamás cantidad alguna de frutos, dinero ni otra cosa, sino las que hubiere decretado el congreso: que no toiuaré jamás á nadie sus propiedades: y que respetaré sobre todo la libertad po- lítica <le la nación, y la i^^rsonal de cada individuo: y si eu lo que he jurado ó parle de ello, lo contrario hiciere, no de- bo ser obedecido, antes aquello en <iue contraviniere, sea nu- lo y de ningún valor. Así Dios me ayude, y sea mi defensa, y si no me lo demande."

Quisimos en eircunstancias tan difícih^s ver á un mexica- no, cuyos servicios eran esclarecidos, colocado en el poder; pero lo quisimos con las restricciones que la prudencia y la nacionalidad aconsejaban para la felicidad del país,y nos ale- jábanlos de las calamidades que amenazaban á ¡a patria. Nuestra intención y los medios que empleábamos, no fueron dirigidos á crear un tirano; y por esta causa los principios que nos guiaron en la proposición, fueron los mismos tjue después nos decidiercm á ojnnar por la nulidad del iniperio de Iturbide, cuando éste, según sus propios actos de abso- lutismo abusó de la autoridad confiada, y faltó á sus com- promisos y juramentos.

La noticia de la proclamación y elección del generalísi- mo voló á las provincias. Los diputados por Zacatecas las Gomunicamos á^uuestros comitentes eu una nota, que indica-

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ba las principales razones y fundamentos en que el congre- so apoyó su conducta y resolución.

AI concluir este punto debo hacer maniflesto y publicar un antecedente de la mayor importancia, y en cierto modo obligatorio para los diputados de la provincia de Zacatecas; tal es la instrucción que dicha provincia, con el oñcio corres- pondiente de 16 de abril de 1822 que existe original en mi poder, nos dio & sus diputados sobre elegir la forma de go- bierno, y dice lo siguiente: "La voluntad de esta provincia sobre constituir á la nación en la clase de gobierno que más convenga, es que el congreso elija aquella clase de gobierno que le p<irezca estar más uniformada en la opinión de la na- ción, y que mas nos alejo de una guerra civil; y que por el contrario, nos haga entrar y conservar en paz. Y por cuanto á que la provincia sabe que la opinión está dividida en este punto, encarga mucho á sus diputados trabajen incesante- mente en reuniría, y no pronuncien la ley fundamental has- ta que no hayan conocido estar bien reunida la opinión. '^ Con semejante dato y con tan fuerte precedente, procedimos á votar por el imperio del Sr. Iturbide, y lo comunicamos se- gún se ha dicho á nuestros comitentes, en los términos que explica y contiene la nota misma que literalmente dice:

"E. S. Desde el momento mismo en que llegaron al im- perio y se extendieron los periódicos y noticias ciertas y ofi- cíales de España, añrmando lo mal recibida que fué en aquel i'eiuo nuestra emancipación, y asegurando la nulidad á que redujeron las cortas y el rey el tratado de Córdoba y cuan- tos aquf se celebraron por nuestros jefes y los españoles, se conmovieron los ánimos, y procuraban explicarse dando ca- da uno un fuerte impulso á sus ideas conforme á la opinión que le dominaba.

"De aquí era que ya se entreveía divergencia no muy li- sonjera, y muy próxima á precipitarnos á un estado de gravísimw males, y á una des^istrosa anarquía.

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^'En tales circunstaucias, ha ocurrido e] memorable suce* so de haberse proclamado en esta corte el día 18 del corrien- te, por voz de las tropas y del pueblo, al Sr. D. Agustín de Iturbide, primer emperador de México.

^*0on tal motivo, se reunió el día 19 de este mes el sobe rano congreso constituyente de la nación, y en vista de lo que se le pedía y i)or quiénes, y con presencia de cuanto ha- bía ocurrido y ocurría coa urgencia, después de discutido en público el asunto, quedó declarado por S. M. que la na- ción designaba por persona para coronarse, al libertador de la patria, que tantas pruebas tenía dadas de amor á la na- ción, y que abundaba en méritos de que ciertamente carecía cualquiera extranjero.

"Así terminó felizmente el asunto más grave é importan- te, y el día de ayer prestó el emperador el juramento de que acompañamos copia.

"La salud de la patria fué la guía que nos ha conducido en este asunto, y el buscar aquel bien, que alejando todo es- píritu de i)artido, hará nuestra felicidad, y producirá la paz por que tanto anhelamos hace tiempo.

"Todo lo comunicamos á V. B. para su conocimiento y para que tales sentimientos se sirva V. B. inspirar en los ha- bitantes de nuestra provincia por medio de los ayuntamien- tos, pues de este modo se evitarán los males, y sentiremos todos los efectos saludables que produce la unidad. Dios guarde á V. B. muchos años. México, mayo 22 de 822. Dr. Agustín de Triarte. Valentín Oómez Parías. José Ma- fiu de Bocanegra. "

A pocos días comenzaron á llegar contestaciones y feli- citaciones no sólo de cada diputación provincial, sino de to- dos los ayuntamientos, autoridades, jefes, cuerpos militares, comunidades y i>ersonas sin carácter público, de suerte que la ratificación que se hizo de la elección verificada por el

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congreso, fué tan completa, tan unánime, que puede decirse sin exageración, que de cada mil habitantes de la nación ape- nas habría uno que no hubiese expresado su asenso y hasta su regocijo por el advenimiento al trono del generalísimo Itarbide. Los enemigos de éste callaron por entonces con- forme ásu conocida táctica, y aun temieron del poder que se le había confiado. Después veremos cómo él mismo les dio margen para que lo sacrificaran, confiando en ellos y echán- dose en sus brazos.

ISo dejaron de cooperar á este sacrificio los mismos hom- bres que se llamaban sus amigos, y los que como dije al prin- cipio, fomentaban ambiciones que debieron sofocar. Estos, pnes, se ocupaban por mismos é hicieron ocupar al con- greso por medio de los diputados, que eran de su mismo sen- tir, de que se decretaran los tratamientos del emperador, de la emperatriz; que se declararan príncipes á sus padres, á los hijos y hermanos, por decreto del congreso sobre sucesión á la corona del imperio publicado por bando y dice:

^^£1 soberano congreso mexicano constituyente, querien- do evitar las convulsiones á que está expuesta una monar- quía en que no se haya declarado la sucesión al trono, ha te- nido á bien decretar y decreta para la felicidad de la nación lo que sigue:

1? La monarquía mexicana, además de ser moderada y constitucional, es también hereditaria.

2? De consiguiente, la nación llama á la sucesión déla corona, por muerte del actual emperador, á su hijo primo- génito el Sr. D. Agustín. La constitución del imperio fijará el orden de suceder á la corona.

39 £1 príncipe heredero se denominará principe impe- rialj j tendrá el tratamiento de alteza imperial,

4? Los hijos é hijas legítimas «le 8. M. I. se llamarán frlncgfea mexicanos j y tendrán el tratamiento de alteza.

5? Al Sr. D. José Joaquín do Iturbide, padre de S. M. I.

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se le condecora con el títnlo de principe de la unióny y el tra- tamiento de alteza durante su vida.

69 Igualmente se concede el título de princesa del im- perio y tratamiento de alteza, durante su vida á la Sra. D? María Nicolasa, hermana del emperador. México 22 de Junio de 1822."

Se concedieron también las condecoraciones, guardias, etc., que acostumbran los reyes en Europa, improvisando así realmente una monarquía de imitación y en papel. ¡Impru- dentes pasos á la verdad, que hicieron descubrir de luego á luego la oposición de los borbonistas y republicanos unidos, y que precipitaron á Iturbide, desviándolo de la senda rec- ta y guiándolo por los errores lamentables y de trascenden- cia, que produjeron males de toda especie, y que impidieron se tratase de asuntos útiles, serios, nacionales y de interés vital !

En efecto, casi nada do utilidad común se trataba ni se consideraba, y hasta el ramo de hacienda pública se descui- dó, ó se complicó con leyes improvisadas, hijas de aquellos' días de parcialidades, prevenciones y entusiasmo irreflexivo, en términos de que, como acabo de decir, no se puso mano á ninguno de aquellos principios sobre que basan las socieda- des su organización regularmente.

Siguió la coronación, que se verificó como una conse- cuencia de lo pasado. El día 21 de julio de 1822, con las ce- remonias acostumbradas en la monarquía española, adecua- das á México á excepción de algunaaque no pudieron tener efecto, quedó inaugurado el emperador con el nombre de Agustín I.

La narración de este suceso importante y bcajo todos as- pectos notable en la historia de nuestro país, la redactamos con presencia de constancias, citas y datos que ha consigna- do la prensa de aquella época, asegurando que ella nos ha guiado y nos condujo para señalar, como hemos fijado, el día de la coronación de Agustín I, en 21 de julio de 1822.

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Notamos, empero, como especie singular y digna de aten- ción, que aunque en los documentos oficiales y en los impre- sos particulares se halla anunciado el diado la mencionada coronación, ni oficial ni particularmente, ni mucho menos con claridad se halla especificado el en que tuvo efecto el citado acto. Esto es, no existen documentos solemnes y au- tógrafos que se hubiesen formado y contengan certificada en forma día tan memorable.

Puldicóse en 29 de junio de 1822 el ceremonial que de- bía observarse; se señaló el 21 de Julio siguiente para ella, y el dia 14 del tantas veces repetido julio, con toda pompa y solemnidad se anunció que el referido dia 21 fué el desig- nado para la ceremonia de la inauguración.* Esto confirma y ratifica el concepto que tenemos explicado, apoyándose también tal juicio, en principios de buena crítica que des- cansa en los hechos y datos referidos.

Por lo que mira á las solemnidades que tuvieron lugíir, referiremos con los escritores <le aquel tiempo, que do con- formidad con el ceremonial citado, y dominando en la ciudad nn alboroto general y entre salvas y repiques de costumbre, se reunieron desdo las ocho de la mañana, según se dice en el numero 88 del citado Noticioso general de México del miércoles 24 de julio, en el palacio de la calle de San Fran- cisco, habitación del Sr. Iturbide, todas las autoridades, cor- poraciones y empleados públicos por medio de comisiones, hasta que llegaron las del congreso que debían acompañar al emperador.

"La tropa de guarnición, sigue diciendo el citado perió- dico á la letra, con todos los cuerpos de infantería, se tendió en dos alas cerradas, con sus banderas y músicas respectivas, desde la pnerta del palacio por todas las hermosas calles de San Francisco, la Profesa, Plateros, Portal de Mercaderes, Diputación, Portal de las Flores y palacio nacional á dar

1 Notíeioto gcmrjl del día 17 de jnlio, número 85, colanma primen.

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vuelta hasta el templo metropolitano. Toda esta carrera se hallaba sombreada con la vela de la ciudad que sirve para funciones clásicas, y vistoi^amente adornada con tapices, col- gaduras, flámulas y gallardetes en diversas decoraciones, que presentaban la más brillante perspectiva, distinguiéndose entre los edificios públicos, las casas consistoriales con varias alegorías y piezas poéticas que explicaban el voto nacional-

''Alas diez de la mañana comenzó á marchar la comiti* va por el orden anunciado, formando una serie majestuosa de las clases del Estado, que recordaba la antigua magnifi- cencia de los emperadores mexicanos, restituida hoy á un esplendor más ilustrado, y con aquellos rasgos de sublimi- dad que sólo puede proporcionar el adelantamiento de la civilización, pues al presentarse SS. MM. con su brillante comitiva de generales del imperio y §• M. la emperatriz en un traje magnífico y heroico, con su respectivo acompaña- miento, aprestos é insignias imperiales, el pueblo de México vio por primera vez un rasgo de su antigua grandeza, y su frente abatida se elevó con un noble orgullo sobre sus rotas cadenas |)ara decir á las naciones europeas: ^^Yo cual voso- tros he sido; dejé de ser; pero ese héroe y sus compañeros de armas que marchan en pos de él, me han vuelto á mi an- tigua dignidad é independencia. El es mi honor y mi ven- tura, me ha restituido mi soberanía y en ella le he de apoyar mediante las leyes que dictarán mis representantes.

'^Tal era la expresión de los semblantes de la inmensa muchedumbre espectadora en un orden sorprendente, y las salvas y aclamaciones animaban el lenguaje mudo de un pueblo que reúne los afectos de toda la nación mexicana en las armonías ({ue hemos palpado, y el héroe, noblemente agitado con las manifestaciones de sus conciudadanos, hacia brillar la amable dignidad de sus ojos comunicándola á cuan- tos le observaban.

''En la puerta principal del templo, le recibieron los

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Excmos. Sres. obispos consagrantes, acompañados del vene- rable cabildo eclesiástico con capas pluviales, palio y altar para la primera adoración. En segnida se dirigió la comitiva á sns respectivos asientos, y colocados SS. MM. en sns so- lios respectivos, el soberano congreso en una magnífica ga- lería y su presidente en otro solio que se dispuso, comenzó el ceremonial y santo sacrificio conformo con las prevencio- nes anunciadas del ritual romano, suprimiendo las expre- siones que decían relación con los monarcas absolutos, y eifiéndole la corona el Excmo. Sr. presidente del congreso á Dombi^e de la nación mexicana, y este momento de nuestras glorias que ha consolidado para siempre nuestra indepen- dencia y libertad, fué anunciado con las salvas y vivas que la consumaron.

"Concluido este paso y el de la coronación de S. M. la emperatriz se quedó en el solio de su augusto esposo y continuó el santo sacrificio. Después del evangelio dijouua elocuente oración el Kxcmo. ó Illrao. Sr. obispo de Puebla, bajo el oportuno texto de et clamavit populiis^ vivat reXy cuya cita no pudimos percibir.

"A las tres de la tarde concluyó la función, pasando SS. MM. con la misnia comitiva al palacio nacional, y desde los balcones los reyes de «armas reiteraron el viva arrojando monedas al pueblo, lo mismo que en el paso señalado en el ceremonial. A las cuatro marcharon las tropas para sus cuarteles, y el pueblo continuó en sus regocijos públicos, sin qne se advirtiera el más mínimo desorden. La iluminación fué completa, á pesar de las lluvias que alteraron por algu- nos momentos la serenidad con que brillaba en todas las calles y edificios públicos. Muchos particulares decoraron las fachadas de sus casas con alegorías, retratos de SS. MM. II. y otros adornos en que sobresalía el buen gusto y el sin- cero afecto y satisfacción de los buenos patriotas, tanto ame- ricanos como europeos, pues á proporción que crece el entu-

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siasmo y el orden público, se corroboran más la unión y las virtudes cívicas, que son las únicas que nos han de hacer pros- perar. El paseo públicoen.la Alameda con músicas militares y un concurso numeroso, llenó el objeto de tanta solemnidad. ''Las funciones de teatro lian sido también de las más clásicas y solemnes en las noches destinadas á esta satisfac- ción: marchas sublimes con escogida orquesta y piezas aná- logas de representado, iluminación interior y exterior de la íáchada y un concurso brillante han llenado en lo posible el deber de los asentistas. Las salvas cada hora y la franqueza cívica de estos habitantes han animado sus regocijos, y en todo hemos disfrutado do las satisfacciones más enérgicas, especialmente al considerar la armonía, la tranquilidad y la

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uniformidad en el espíritu público que ha precedido en todos los actos de tan augusta solemnidad.

"Ooncluída la función eclesiástica, se disolvió el congre- so. Su comisión de acompañamiento se dirigió al palacio, y llegada al salón de felicitaciones, el Excmo. Sr. presidente del congreso, D. Bafael Mangino, felicitó á SS. MM. con la siguiente arenga:

''Tengo el honor de felicitar á V. M. por su venturosa inauguración.

*' Fijóse ya la suerte del imperio, y la iglesia, con sus au- gustas ceremonias puso la clave al edificio levantado sobre el mérito y virtudes de V. M. por la opinión y la VQluntad de los pueblos.

"Sea, pues, feliz el primer emperador constitucional de México, y séanlo también todos los mexicanos.

"Que al gobierno .paternal y benéfico de V. M., su celo infatigable por la observancia de la constitución y las leyeí», sus piadosos desvelos por la conservación de la fe de nues- tros padres, sus ilustrados afanes por el cultivo de las cien- 'cias, el fomento de las artes y de todos los ramos de la pros- peridad pública, y sus heroicos esfuerzos por sostener la

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independencia y libertad de que le es deudora la patria, ha- gan merecer á V. M. las bendiciones de sus subditos en los días de su preciosa vida. ¡ Quiera el cielo que sea muy dila- tada y la historia inmortalice su glorioso nombre transmi- tiéndole d las generaciones venideras !

"Estos son,sQüor, los votos del congreso y de la nación, y esto lo que debemos esperar de las sublimes virtudes de V. M. y do la bondad con que debo corresponder al respe- tuoso amor que todos le profesamos."

El emperador contestó á la anterior felicitación del señor presidente del soberano congreso mexicano, diciendo:

".Cuando en 20 de noviembre salí de esta capital para el Sur con objeto de ejecutar el plan que años antes meditaba, me vi muy distante á la verdad, de conjeturarme el resulta- do que ha tenido respecto de mi persona; penetrado íntima- mente de la justicia de la causa, y esperando en la protec- ción divina, creí cierto que á la obra que yo comenzaba, da- ría cabo feliz, porque aleccionado por la historia y por el reciente desgraciado ejemplo de los que osaron tei\tar igual empresa, jamás me persuadí llegar al día venturoso de ver libre á mi patria del yugo férreo á que se hallara sometida.

"Esta consideración, unida á la de la cortedad do mis talentos, a la de la falta de los recursos necesarios, á la de los grandes obstáculos ({ue se presentaban, y á la precisión de abandonar para siempre cuanto el hombre tiene de más caro en el orden de naturaleza civil y social, porque todo lo dejaba en poder del gobierno que iba á combatir, hubieran lK)dido retraerme, si el amor á este suelo, y el deseo de ver- lo feliz no se hubieran sobrepuesto á todos mis intereses.

"En efecto, despreció mi fortuna; abandoné mi comodi- dad, y me olvidé, por explicarme así, de que era á un tiempo hermano, hijo, esposo, padre, para libertar este imperio de la vergonzosa esclavitud en que yacía.

"La divina Providencia, y el esfuerzo de esta nación

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magDáuima, produjeron el resultado más breve y feliz que pudiera imaginarse; y yo, contra todos mis cálculos, y más aún, contra mis deseos y gusto, me bailo exaltado al trono del imperio, que quiso remunerar con tan augusta dignidad la decisión que tuve de libertarlo, y obligarme á que loque entonces hiciera por solo amor, lo ejecutase después por obli- gación y gratitud.

"Así será. Yo protesto nuevamente á presencia de esta grande y soberana nación, que todos mis desvelos serán di- rigidos como hasta aquí, exclusivamente á procurar la sóli- da felicidad de los pueblos, cuyo gobierno ellos mismos me confiaron, y que nada omitiré de cuanto pueda oontribuir á tan importante objeto,

"Conservaré nuestra religión, la independencia y frater- nal unión délos mexicanos, y fiel á mis juramentos, conser- varé también las libertades públicas y marcharé firme por la senda de la constitución, observando y haciendo observar las leyes, seguro de que así contribuiré eficazmente á las glo- rias y engrandecimiento de la patria, y cumpliré con lo que á Dios y á ella debo. "

"Al concluir este discurso que con tanta elocuencia' ha- blaba á los corazones mexicanos, fué correspondido con los vivas más animados y sublimes de la más expresiva mani- festación que unánime hacían los mexicanos, saludando no á la dignidad del imperio verdaderamente, sino al libertador á quien proclamaban con toda sinceridad y patriotismo; pe- ro elevando su voz el emperador sobre el saludo de la multi- tud entusiasmada, lo terminó exclamando: ¡viva el soberano congreso^ viva la nación mexicana !^^

Así pasó el tiempo desde la proclamación del emperador, dándose muestras de entusiasmo por unos, y trabajando en la formación de planes para derrocarlo por otros, y en ha- cinar también materiales, que después debían servir para sostener la combustión general que se preparaba. Entre es-

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tos materiales, se notó desde luego el despertar y fomentar el odio á los españoles, que si estuvo uu tauto amortiguado por los términos políticos y prudentes en que se concibió el plan de Iguala; por la cooperación que prestaron varios pa- ra la independeucia, y por la circunstancia de que uno déla dinastía reinante viniese á mandaren México, desaparecien- do todos estos motivos deunióo, volvía ya á encenderse con toát fuerza y vigor, porque la conducta de los españoles mismos con la mayor imprudencia provocaba la indignación general. Ellos faltaron á sus promesas sublevándose en Ju- chi y Zacapoaxtla, y ellos también intrigaban en secreto, sem- brando la«div¡8ión, precipitando á obrar el mal al mismo li- bertador, y contrariándolo á su vez.

Antes de pasar adelante, y para no omitir dato ni noticia import'ante, será oportuno que mencione lo ocurrido con res- pecto al reonocinúento déla independencia de México por los Estados Unidos de América.

El 17 de abril (1822) llegó á Veracruz D. Guillermo Taylor, cónsul nombrado por el gobierno de aquel país para México. Se presentó po«o después á nuestro gobierno, que lo habilitó legalmente y en debida forma, y comenzó por lo mismo á ejer- cer sus funciones. También llegaron las noticias referentes á las contestaciones que se cambiaban y tenían lugar entre el gabinete de Washington y el enviado español Anduaga, sobre el reconocimiento de la independencia de las naciones ame- ricanas, que Hegún se verá en los documentos que se copian para el debido conocimiento, lo estaban poniendo en prác- tica los líiStados Unidos, sin hacer mérito de la forma de go- bierno en que se constituían las nuevas secciones indepen- dien tes J

Por este mismo tiempo se recibió al ministro plenipoten- ciario de la repáblica de Oolombia, D. Miguel Santamaría, y el gobierno imperial en recíproca nombró para aquella re-

1 Véane ti Apéndice. Doeumento núm. 5.

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pública á D. Manuel Peua y Peña; haciéndolo igualmente para Inglaterra con D. Juan Francisco Azcárate y para los Estados Unidos con D. Manuel Bermúdez Zozaya;^no habien- do realizado el viaje para el desempeño de estas comisiones más que el último como después veremos.

Debo aquí decir que los ministros de Estado que la re- gencia tuvo para el despacho desde su instalación, y que continuaron después del 19 de mayo, fueron: en la secreta- ría de relaciones interiores' y exteriores, D. José Manuel He- rrera; en la de justicia y negocios eclesiásticos, D. José Do- mínguez Manzo; en la de hacienda, D. Bafael Pérez Maldo- nado, y en la de guerra D. José Antonio Medina,4iasta que separado de hacienda D. Bafael Maldonado, por renuncia, pasó esta último al ministerio de hacienda en principios de julio (1822) y el de guerra fué encargado á D. Manuel de la Sota Eiva.

Las noticias siguientes servirán para que se venga en co- nocimiento de cuál ha sido el orden en que han sucedido y existido estos altos funcionarios, y se darán á conocer con los sucesos mismos y por sus procedimientos, que darán lugar al elogio ó á la justa crítica y aun á la responsabilidad pú- blica, que habrá exigido ó deberá exigirles la opinión , y prin- cipalmente la imparcial y severa posteridad.

Veamos ya si la conducta del generalísimo Iturbide, des- pués de su proclamación y elevación al solio imperial, corres- pondió ó no á las esperanzas que se habían concebido en bien de la nación que tanto lo distinguía.

Por una verdadera y lamentable desgracia, se advirtió en el emperador qne desde luego comenzó á manifestarse con miras de abarcar todo el poder público, hasta usurpar aquella parte que la ley fundamental tenía consignada á otras po- testades. Así fué, que la cuestión también complicada y cé- lebre del nombramiento de los ministros del tribunal supre- mo de justicia, que se había resuelto desde el 31 de mayo,

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(1822) se renovó después por parte del gobierno imperial, pretendiendo con gran valor y decidido empeño nombrar por si solo á esos funcionarios. La discusión que en el con- greso suscitó este asunto^ fué larga y acalorada, pero lumi- nosa; duró hasta el 31 de agosto y se resolvió siempre en contra del gobierno. Mi opinión conciliadora en las circuns- tancias y enemiga de los extremos que nos conducían al mal, fué por que el nombramiento se hiciera por el gobierno y el congreso, según que se contiene en el breve discurso pro- nunciado por mi el dia citado.^

Gomo se había vuelto á recobrar en el congreso la anti- gua mayoría en contra de Iturbide, y que se iba necesaria- mente reforzando por la conducta del gobierno, porque del modo más explícito enajenaba las voInnt<^des de los mexi- canos, decidió por. tercera vez el nombrar por á los expre- sados ministros del referido supremo tribunal de justicia, oontrariando abieitamente las bases é iniciativas del gobier- no imperial, que creaba este tribunal supremo como emana- ción del ejecutivo.

En este mismo tiempo, y en estas circunstancias, el gobier- no manifestó que quería agraciar con la cruz de Guadalupe á varios diputados: hubo con tal motivo y ocurrencia un fuer- te debate en el congreso, y tomado en consideración el asun- to, se ocupó más bien sobre el modo de contestar al gobier- no, que acerca de la esencia del negocio mismo, notándose que casi todos los diputados estuvieron por no admitir ni permitir que ninguno desús compañeros fuese agraciado por el emperador.

Estas ocurrencias, y el haberse opuesto á facultar al eje- cativo para que nombrase comisiones militares que juzgaran especialmente sobre los delitos de conspiración, ó mejor di- cho, para establecer la ley marcial del modo indirecto deque

1 Actas del congreso constituyente mexicano, tomo 2? pág. 495. Sesión del 16 de •gorto de 1822.

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por desgracia se valen casi todos los gobiernos, acabaron de indisponer al emperador Iturbide, que veía ya una oposición sistemada en el congreso con más fuerza quedantes, y deci- dida en contra del ensanche do facultades que pretendía con xibinco, aunque gradual y disimuladamente.

En aquellos días comenzó á percibirse un rumor vago de viue so trataba de disolver al congreso; de que se formaban reuniones de militares afectos al emperador, y de otras per- ^sonas notables porque influían en el pueblo con el mismo ob- jeto, y que también revelaba las acriminaciones que el mis- mo gobierno bacía á los diputados. La mayoría de éstos por su parte, los borbonistas por la suya, y los republicanos y antiguos insurgentes, todos comunicaban á las provincias el mal estado de la capital, y presentaban bajo el aspecto odio- so do opresor al gobierno imperial. Consiguientemente, se íinunciaron pronunciamientos en favor del sistema republi- cano, conforme á la disposición que había en las provincias en este sentido, y se anunciaron también todos los peligros que corría la nación y el mal estado de las cosas en general.

Por este tiempo (16 de agosto de 822) se nombró, píevia autorización <lel congreso, prosecretario del ministerio de relaciones á D. 'Andrés Quintana Roo, llevándose sin duda entre otras miras, la de dividir y debilitar por consiguiente, la fuerza de oposición. Tal vez creyó el emperador Iturbide, que deshaciéndose ó poniendo fuera de acción á los diputa- dos que creía sus principales enemigos, y autores y sostene- dores de las ocurrencias publicadas ya, conjuraría la borras- ca que era.casi deshecha en su contra, y se decidió, por tan- to, a dar un golpe do Estado que después debía volver con- tra él mismo. Mandó prender la noche del día 26 de agosto (822) íi los diputados Fagoaga, Dr. Mier, Bustamante, Obre- gón, Echenique, Carrasco, Lombardo, Sánchez de Tagle, Echarte, Anaya, Terrazo, Valle, Mayorga, Zebadúa, Herre- ra, Baca Orííz y á más á otros varios ciudadanos partícula-

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res. La capital como era uatural se conmovió, y á pesar de los pocos militares que se expresaban con ardor en contra del coDgresOy y de los partidarios del emperador que elogiaban siempre sus providencias, se notó que toda persona veía con disgusto las estrepitosas y arbitrarias medidas del gobierno.

El congreso se reunió el día siguiente; trató con serie- dad y por acuerdos formaies, de que el gobierno diera cuen- ta de la conducta que babía observado en la prisión de los diputados; y le exigió que los consignara al mismo congre- so, para que este declarara si había ó no lugar á juzgarlos, y en tal caso fuesen puestos ante el tribunal competente. £1 gobierno se resistió á todo lo pedido y acordado en el congreso conforme á su reglamento, pretextando y asegu- rando la existencia de una terrible conspiración, que no fué ciertamente c«)mo decía el mismo, según se ba sabido des- pués, porque si la hnbo, fué tan sólo indicada entre tres ó cuatro individuos, sin bases, ramificaciones ni elección de medios: dio por excusa para no entregar a los diputados, que siendo muchos los reos, no se podían concluir las diligencias informativas en el término de cuarenta y ocho horas, que fija- ba la constitución espaüohi que se tenía por vigente, para que el gobierno consignara las personas que arrestase ásus competentes jueces.

La discusión, con motivo de esta ocurrencia, fué acalo- rada, t^nérgicn, honrosa y empeñada: duró muchos días, y en ella se conoció lo que el emperador habia perdido en públi- co y en el cuerpo legislativo, y lo mucho que sus enemigos habían ganado en su contra.^

l Corrt impreso un folleto titulado *' Sesiones extraordinarias del congrtso constitu- yente con motÍTO dtl arresto de algunos señores diputados desde 27 do agosto basta 11 Mptiembre de 1822;" aunque las cesiones fueron secretas se acordó su publicación por su importancia y materia. Pueden verse y se notará en ellas la mayor energía, el más dis- tinguido patriotismo, y una verdadera rectitud y justificación sostenidas y explicadas por los diputados. Impreso [en México en la oficina de D. Mariano deZúfiiga y Ontiveros. Calle del Espíritu Santo.

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Efectívaineute, auD los mismos que habiamos propuesto y votado por su coroDacióu, nos alarmábamos de un modo notable con las muestras ya claras y sin disfraz de ambición tjue daba en diversos negocios y ocasiones, sosteniendo en éste la conducta de su ministerio, que sin duda alguna era inexcusable y criminal. D. Lorenzo Zavalaen su JEnsayohis- iórico (pág. 189) hablando sobre este punto del general Itur- '4)ide, dice: "D. Valentín Gómez Farías, D. José María Bo- ^'canegra, y otros de los mismos que le habían pedido para "emperador en 19 de mayo, se apartaron del gobierno des- "pués de líis prisiones de los diputados. Estos patriotas, que "representaban una masa imparcial, querían una monarquía "constitucional, un gobierno que diese garantías de libertad "y de tranquilidad. Pero á la vista de las tropelías del nue- " vo monarca, se declararon de la oposición, y la minoría de "la administración era cada vez más notable en el con- "greso."

Este, por tín, consultando los medios mejores, más pru- dentes y ^efectivos de obrar el bien, y de evitar males en per- juicio del público, se decidió á aguardar ocasión favorable y coyuntura para exigir y poder hacer efectiva la responsabi- lidad del ministro que dio la orden para el arresto de los di- putados; porque vio, que ni los pasos dados ni dirigiéndose por medio de comisión al mismo emperador y al ministerio, eran capaces de arreglar, si no en el acto y de pronto, dan- do lugar con el tiempo á que se meditase bajo todos aspec- tos la conducta, no sólo irregular del gobierno del empera- dor, sino real y verdaderamente contraria á la ley y á los principios (pie debía profesar la administración.

Conoció el congreso la posición que guardaba, y al mis- mo tiempo advertía qíie cuando al cuerpo legislativo se re- tiraba el prestigio, éste se aumentaba respecto del empera- dor, y i)or lo mismo más y más se dificultaba terminar bien el asunto, poniuc su posición no era bastan te fuerte para to-

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mar resoluciones enérgicas y por su naturaleza estrepitosas, que no fuesen burladas é ineficaces.

El gobierno, á consecuencia de estos acontecimientos, dio un manifiesto en que pretendió justificarse con generalida- des, y no hizo más que eludir por el momento sin tocar la cuestión de la consignación lisa y llana de los diputados, queriendo persuadir que del congreso pendía este punto por resoluciones legislativas que debería tomar, cuando estaba ya declarado lo que en tales casos debía hacerse, en la cons- titución española que se tenía por vigente.

Durante esa propia discusión, resultó una complicación nueva con motivo de que en la sesión del 29 de agosto pro« puso el diputado Zavala realmente la disolución del congreso bajo el nombre de reforma. Varios nos opusimos desde lue- go, y por mi parte loLice con entera decisión y empeño. No podia conceder, ni caber en mis principios, que la infracción de constitución cometida por un ministro, fuera nunca moti» vo bastante para disolver la representación nacional; porque siendo evidente que las cometerian otros después, asimismo lo era que serían muy frecuentes también las disoluciones de los congresos, viniendo á caer en un juegp que se juga- ría según conviniera u la situación. Además, si se decía que esa medida era necesaria, porque el congreso había perdido Is^ confianza pública ¿podrían los propios diputados por la disolución misma declararse indignos del puesto que ocupa- ban, tenerse por cul[)ables ú omisos en el desempeño de sus deberes, y confesar estas faltas decretando su desaparición con la del cuerpo legislativo? ¿Sería disculpable dejar á la nación acéfala en la parte más interesante, no conservándo- le su representación, y ésto en circunstancias en que había el grande peligro de que se entronizase una tiranía que ya asomaba y se dejaba verf

£1 congreso, considerándose á mismo y atendiendo también al honor de sus miembros, debía conservarse á tp-

II

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da costa para servir aunque fnera sólo de remora á los abu- sos del poder absoluto. El emperador, mal acousejado, mal dirigido, y descausaudo en el prestigio y valor que le daban los laureles ceñidos por sus servicios á la patria, que aun es- taban despidiendo la gloria de sus acciones, había ya mos- trado sus deseos ambiciosos; tenia partido y no era corto, sino acaso entonces el más fuerte; y abandonar el campo, era apoyar y dar impulso al despotismo.

Este juicio prevaleció por entonces en la mayoría del congreso, y la moción no llegó por lo mismo á for^ializarse. Pero la idea del diputado Zavala, se generalizó entre los partidos como un cálculo político sobre personas, no como una medida conveniente al interés general de la nación. Los republicanos creían que, dejando de existir el congreso, Iturbide se lanzaría abiertamente en el sendero de la arbi- trariedad, y caería sin remedio con el trono que ocupaba. Los borbonistas pensaban lo mismo; aunque su intento se dirigía á restablecer y restituir en toda'su fuerza el plan de Iguala, realizándose el llamamiento de un Borbón, cuando los otros partidarios deseaban plantear el gobierno republi- cano. Los iturbidistas, en fin, deseaban la disoluciónLdel congreso para dejar á su héroe en libertad de obrar por sí, sin obstáculo ni traba alguna.

Las provincias se afectaron naturalmente de estas ideas, y eomo en todas ellas había los mismos partidos, se genera- lizaron por las causas expresadas y por el principio cierto de que siempre las opiniones é ideas de las asambleas y de las capitales en todas las naciones, se extienden del centro á la circunferencia; las diputaciones provinciales por tanto, se declararon unas por el congreso y otras en contra; pero pre- ciso es decir que se notó en tales momentos que el partido más fuerte era el del emperador.

Entretanto se continiia la relación de los sucesos que pa- saban en México, y do los debates del gobierno con el con-

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greso, qa« era lo que como hemos visto llamaba toda la atención pública, será conveniente dar noticiado otro acon- tecimiento gravísima también, y que tiene relación con todos los sucesos de México; tal es la colonización de Tejas, cu- yo principio y origen debe saberse y consignarse de un mo- do cierto y estable, así como del estado en que se hallaba en aquellos días de agitación, y á pesar de la cual se habla- ba también de este negociado en agosto de 1822. Aquí lo indicaremos, á reserva de su conveniente amplificación en el lugar y tiempo oportunos.

En el mes de diciembre de 1820, pidió permiso Moisés Austín, natural de los Estados Unidos de América, al coro- nel D. Antonio Martínez, gobernador de la provincia de Te- jas, para transportarse allí con trescientas familias católicas é industriosas, que deseaban establecerse y formar una nue- va población, sujetándose á las leyes del país y órdenes del gobierno. El gobernador dio cuenta de la solicitud á la diputación provincial de Monterrey iK)r conducto del gene- ral Arredondo, que entonces era jefe político superior de las provincias internas de Oriente, y habiendo contestado la di- putación en 17 de enero de 1821 que se admitía la solicitud de Moisés Austin, se le dirigió la consiguiente comunicación y aviso. Mas habiendo fallecido ese empresario antes de re- cibir la resolución de su solicitud, dejó el encargo á su hijo Esteban, para que llevase á efecto el establecimiento de la colonia indicada, cumpliendo con las condiciones y propues- tas hechas al gobierno. En esta virtud, Esteban Austin, en anión del comisionado que el gobernador nombró, recorrió la provincia do Tejas, y ^ó, con anuencia de dicho comisio- nado, entre el río Colorado y el de los Brazos, su estableci- miento, ofreciendo ir luego á conducis las familias designa- das en la solicitud primera, recibiendo del propio gobernador las instrucoioues y autoridad para la colonización y organi- zación del establecimiento. Después emprendió y verificó

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la traslación de las familias; y dejándolas ocupadas en el desmonte, apertura de camino y siembras, etc., vino á Mé- xico á recabar algunas providencias d^l gobierno imperial en favor de la colonia, y se hallaba todavía en la capital á flines de agosto.

Poco ó ningún cuidado se puso, ni se hizo aprecio en- tonces de esta colonización, y por esta circunstancia y por el tiempo en que pasaba el negocio, he querido referirlo y llamar la atención, advirtiendo que cuando se trataba por acaso de ella, era generalmente aprobada, porque se creía, con error, que ni el espíritu de la constitución y leyes de los Estados Unidos, ni la opinión de su pueblo, estaban por la extensión del territorio por la parte de Tejas, apoyándose entre otros datos en el abandono con que se mostró el expre- sado gabinete de Washington en las reclamaciones hechas sobre aquella provincia en la época del tratado de Onis por parte del gobierno español.

. Por esto se conocerá, que los males que han sobrevenido cotí respecto á Tejas, vienen de muy atrás, y que el abando- no comenzó desde el origen y establecimiento de la colonia, y por lo mismo en esta materia es de notarse lo signieute.

En 1829 se trató en la presidencia del Sr. Victoria, pro- movido por en junta de gabinete, como ministro del ra- mo, del proyecto del Sr. Zavala, con respecto á los terrenos concedidos en colonización; y debo decir y declarar qne tni voto le fué contrario, porque sin embargo de concederle el dominio de los terrenos que pretendió, se le fijó la expresa condición de que '^antes de traer las familias, se presentase '^un estado y noticia de ellas para saber que entre ellos no ** venían colonos de los Estados Unidos del Norte, porque se ''Me prohibía expresamente por los males que se seguirían ^^de su admisión, siendo ciudadanos de una república limí- ^^trofe, y tener ya bien indicada su ambición y tendencias ^^sobre nuestro país á pesar del desprendimiento y preceptos

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"del ilnstre Washington." Esto no agradó al Sr. Zavala; le llamó medida mezquina, y fuerza es decirlo porque es tiem- po de decir la verdad, éste fué el principio de los disguatos con el que esto escribe. En su lugar y tiempo hablaré de este asunto como referente á la época primeva en que fui secretario de Estado en el despacho de Eelaciones interiores y exteriores,^ y sobre Tejas me extenderé, como ya dije an- tas, eu su lugar y tiempo.

Volvamos a considerar al congreso agitado por la difícil posición que guardaba, y porque no cesaba de ocuparse de muy serias y graves cuestiones. Entró pues á tratar de la im- portantísima y complicada del veto que pretendía ejercer el gobierno en la formación de las leyes constitucionales: en- contró este proyecto y petición, fuerte y luminosa oposición, y eo términos tan decididos explicada, que desesperó de que el tal veto se le concediese, y tomó otro rumbo en sus in- tentos.

Se citó á varias personas, y á mi entre ellas, en tales cir- cunstancias por conducto del secretario particular del empe- rador, D. Francisco de Paula Alvarez, y por medio do la es- quela siguiente: "Octubre 15 de 1822. S. M. I. me pre- ^^▼iene diga á vd. que mañana á las siete menos cuarto de ''ella, le espera eiy su palacio; y yo tengo el honor de cum- "plir con esta orden y de ofrecer á vd. mis respetos. Fran-

^*eÍ8eo de P. Alvarez.-^ Sr. D. José María Bocanegra.^' . ;

'i

Se verificó la junta citada en la mañana del 16 del referi- do mes (822) concurriendo cerca de ochenta, ó al menos de setenta y dos diputados; el consejo de Estado; los ministros y varios generales de los más notables, entre los que figura- ban como principales, Bustamante, Negrete, Andrade y Ea- yón. La junta fué presidida por el mismo Iturbide, haciendo de secretario D. Juan Gómez de ÍTavarrete que lo era del

1 Paeden verse algODOi pormenores en los págiD&s 395 á 406 del tomo I, historia de D. Joan Spáreí NaTarro.

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consejo, y manifestando, como objeto ostensible de aquella reunión, que se querían cortar las diferencias existentes y con sentimiento notadas entre los dos poderes: que se desea- ba que su marcha fuera armoniosa; y que el gobierno real- mente trataba de conservar la representación nacional, á pe- sar de que contra ella se notaba no poca animosidad. Sin embargo de esta introducción, se conoció perfectamente qué se quería destruir, ó á lo menos disminuir el congreso; y que una de kis causas que influyeron en dar el paso de la junta, fué la resistencia que se encontró para que se le con- cediese el veto al emperador en las leyes constitucionales, co mo antes queda relatado. Varios discursos se pronunciaron, animados, francos y fuertes en la primera sesión de la junta, que después de cuatro Loras se suspendió á las dos de la tar- de del mismo día 16 de octubre, nombrándose una comisión que dictaminara lo que se haría con el congreso; fué compues- ta de los ministros Herrera y Domínguez, y de los diputa- dos Zavala, el que esto escribe, y otros.

ISI Sr. Zavala en ésta repitió lo que había manifestado, no sólo en el seno del congreso, sino pábliaamente por ht im- prenta, respecto de.la desmembración del cuerpo legislativo, por la que opinó constantemente, y este sentir, que como se ha dicho, ha sido publicado y sostenido por miras de partido y no por un convencimiento de razón y de conveniencia pú- blica, fué el que también guió á la mayoría de la comisión, consultando la reforma del congreso, reduéiendo el número de diputados, lo que realmente era dar el primer paso* para su disolución, ó para irlo volviendo nulo. Asi lo acreditan en su letra ntisma los párrafos siguientes tomados del dis- curso del Sr. Zavala.

^' Ya llego (dice), señor, á tocar la cuestión que ocupa hoy la atención del congreso y que en mi juicio va á influir de- cididamente sobre la suerte futura del imperio. Aquí, señor, necesito revestirme de todo el valor que inspira el encargo

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de diputado para hablar á vuestra soberanía cou la frauque* za que exigen rai honor y mi conciencia, consignando de una yez mi á>pinión en las actas del congreso, sobre las cuales ha de juzgarnos la posteridad. ¿Qué causaos, señor nos han con- ducido al estado en que nos hallamos? ¿Oómo ha venido es- te congreso á caer en tanto descrédito, cuando era la más dulce esperanza do la nacic^ui luego que ha sacudido el yugo extranjero? 4 Por qué se halla en el día incapaz de obrar con vigor por la senda de las leyes, cuando ahora cinco meses con un decreto trastornaba todo el poder ejecutivo? Yo, se- ñor, encuentro las causas de esta variación tan notable en

la falta de reglas, en lo diremos nosotros, si lo han de

decir otros fuera del congreso, en la mala organización del congreso, en la misma convocatoria.

"Palto de reglas, y en el primer día, antes de tener el nú- mero necesario de diputados propietarios, antes de conocer la voluntad de los pueblos, antes de discurrirlos negocios que más urgían aquellos días, principia el congreso sentando ba- ses constitucionales de la mayor trascendencia, declarando existiren él lasoberaníaen toda su plenitud, y delegad poder ejecutivo en la regencia del imperio. Dios me libre, señor, de venir á este lugar á formar invectivas do la conducta del congreso; pero si queremos remediar los males, si no quere- mos que la nación se precipite en la anarquía ó en el despo- tismo, no debemos disimular de cuanto convenga descubrir.

"Confieso, señor, que me sorprendí al leer en Jalapa es- te primer decreto. Prescindiendo de que mi provincia no te- nia entonces sino dos suplentes en el seno del congreso (aun- que después fueron propietarios) la inimera idea que desde luego me ocurrió, fui*, que se había obrado con demasiada precipitación. Pero había más, señor: dividir los poderes y delegar el ejercicio del ejecutivo á la regencia, jno era, señor, un juego de palabras? Los menos versados en materias de política, conocieron esta equivocación; y así éste como otros

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pasos, dierou demasiado pábulo á los menos afectos al cou gresOy para aumentar su descrédito en las provincias. ^ Adon- de DOS hubieran conducido estos principios proclamados con tanta pomja y solemnidad? Francia y España nos lo de- muestran. Ya la deposición de la regencia sin excusa ni pre- texto, manifestó que el congreso tenía de hecbo reunidos los tres poderes, y que nada podía oponerse a su voluntad sobe- rana. ¡A cuántos pasos falsos, señor, se intentó precipitar al <!ongreso, y basta dónde hubiera ido á parar si no es el su- ceso de 19 de mayo! Las circunstancias vinieron ú ponerán dique á este inmenso poder, y ya la escena mudó de aspecto.

" Se había hecho al emperador jurar provisionalmente la constitución de la nación española, y con ésto ya se trazó la esfera dentro de la que había de obrar el i)oder ejecutivo. El congreso no se creyó obligado á circunscribirse á estos lí- mites, y quiso dar más extensión ¿i sus facultades, privando al monarca del tdo que le concede aquella, y atribuyéndose el nombramiento del supremo tribunal de justicia. Si el con- greso se hubiera sujetado a esta regla común, ¡ de cuántas disputas no se hubiera librado! y lo que es más, ¡cuántos riesgos hubiera evitado! Vuestra soberanía sabe, y nadie ignora cuánto lia influido esta declaración del congreso eu las desgracias que lloramos, y cómo esta falta de límites eu las atribuciones nos ha hecho chocar con el poder ejecutivo.

^^ Estas necesidades y escaseces han obligado á muchos diputudos íl pedir licencia, y á otros á suspender su asisten- cia á las sesiones, resultando de est^) una minoría que pone al congreso en la imposibilidad de dar leyes, para cuya for- mación se requiere la mitad y uno más de !a totalidad que debe componer el congreso.

"Esta paralización en nuestra marcha acaba de enervar la fuerza moral, si alguna nos queda, pues ésta se alimenta y vivifica con la acción y el movimiento. Los interesados eu nuestro descrédito aumentan sus nuu'nuu-aciones sobre Ja

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apatía de que hace tiempo se nos acusa, y las x^rovincias, que DO puedeu conocer nuestra situación, juzgarán por las apariencias.

^'Que no se diga, señor, que un demasiado apegamiento nos hace ser sordos á estas reflexiones que circulan por to- das partes; que no se atribuya á los diputados una ambición de que ciertamente carecen. Yo sé, señor, lo que sufren y han^sufrido para conservar la representación nacional enme- dio de los embates que ha experimentado; pero si no logra- mos ningún fruto con la forma actual; si estamos imposibi- litados á hacer bien á la nación manteniendo la organización qae nos ha dado una convocatoria irregular, ¿por qué, señor, no hemos de remediar nosotros estos vicios, cuando la nación * nos haautorizado para constituirla? Principiemos, señor, por constituir la representación sobre bases más sólidas y esta- bles; sobre principios que se respetan en los pueblos que han conocido mejor el arte de gobernarse; imitemos á las nacio- nes más libres de la tierra en su conducta y en su organiza- ción, y no queramos poner en la práctica instituciones que hasta hoy no han probado bien en los pueblos en que se han planteado. Concluyo, pues, poniendo á la deliberación del congreso las siguientes proposiciones:

^^ Primera. Que se reduzca la representación actual á me- nor número de diput4idos, atendidas las necesidades de las provincias.

^'Segunda. Que verificado ésto, se nombre una comisión para que dentro del menor término posible, presente un pro- yecto de reglamento provisorio, en que se arregle la convo- catoria de una segunda cámara, y fije sus atribuciones.

^'Tercera. -Que todo ésto se haga oyendo al gobierno en conferencias con I o.s secretarios del despacho. Lorenzo de Zavala.'^ '

1 Bl gobierao imperial quiso joitifiear in conducta con los errores del congreao, 7 asi o aseguraba en todci ios actos 7 en ins manifiestos, apo7ándo8e en estas ideas 7 princi-

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En la comisión, y por los que la apoyaban y secundaron, se hicieron valer las ideas y principios asentados por Zava* la, y se decía como por principal fundamento, que el congre- so componía un solo cuerpo, cuando debía reunirse en dos cámaras por su convocatoria. En efecto, es de notarse que hasta la división y construcción material del edificio así se preparó, pero asimismo es de advertirse que sin contradic- ción se varió la anterior disposición, y se reunió el congreso en una sola cámara para así dirigir sin duda los aconteci- mientos con unidad de acción y facilitarlas votaciones, que darían, para los directores de ellas, el resultado que no se lograría si hubiese habido una cámara revisora. Muy lauda- 'ble httbiera.sido promover de buena-fe la reforma en este sen- tido y se hubieran evitado grandes males. ^Pero la necesi- dad de tal medida, autorizaba para atacar al congreso eu su esencia y pretender destruirlo con el pretexto de reformarlo?

La opinión del diputado Zavala, que como se ha dicho, fué presentada y explicada antes en el congreso por el pro^ yecto de refoi-ma, coincidía con las tendencias de avance del gobierno imperial, y puede decirse que animó y sostuvo con sus propios fundamentos la discusión de la junta, en la casa del emperador, de que voy tratando. Y más todavía, hasta los motivos que alegaba el Sr. Zavala en apoyo de su pro- yecto reformista, estaban conformes con los que el gobierno explicaba para justificar su conducta arbitraria. Así lo con- vence, del modo más claro y terminante, el proyecto mismo entre otros lugares que quedan copiados.

Débese notar, que cuando el Sr. Zavala habla del veto pa- dece una grave equivocación, porqué el constitucional 6 de las leyes constitucionales 6 constituyentes^ fué el que se le ne-

pies fijados en la proposición. Ellos dieron por resnltado el acuerdo de la junta de la cf- sa del emperador; creyéndose por lo miarao, que todo fué movido y apoyado en la opiniÓD é influjo de Zavala, quo fué también objeto y materia de la discusión periodística en oc* tübrc do 1822. ¡ Cuánto dista esta conducta, de la que ba guardado en aa obra el autor del Ensayo histórico de las revoluciones de Méxtcol

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al gobíeruOy y uo el de las secundarias de que trataba la constitución española. El voto del Sr. Zavala publicado por la imprenta con notas suyas, y sostenido en la junta, al fin triunfó; pero causando en consecuencia todos los males que él sin fundamento atribuye á otros individuos. lÉI vitupera á todos, aunque sin probar su dicho; pero nunca olvida el formar su elogio; sin recordar que su fe política era la incons- tancia misma, que acreditó en sus escritos, en sus hechos, y hasta en su tumba. Descanse en ella. Sus amigos que viven, sabrán si en lo que aquí so escribe hablo verdad, ó manifes- tarán lo contrario con sus datos, sin olvidar que estas ver- dades aun duras, distan mucho de his declamaciones y dia- tribas, de las injurias y caricaturas que estampó el Sr. Zavala en sus escritos.

Volviendo á la Junta de la casa del emperador, digo que no estuve yo conforme, ni con el Sr. Zavala ni con la mayo- ría de la comisión. Al contrario, disintiendo de su opinión, manifesté con decisión y energía, tanto en la sesión de la mañana, como en la de la tarde ^^que si parecía dominante "el espíritu de disolver al congreso, era porque genios in- *• quietos y que pretendían el trastorno de la nación, fomen- *'t4iban esa ¡dea en tal grado, que dentro del mismo palacio "del emperador y en el congreso, se fraguaban los niovi- "niientos que se correspondían perlas j)rovincias, con elob- "jeto de arruinar á ambos i)oderes, y atacar esencialmente, "aunque por medios indirectos, la independencia y libertad "de la nación; queriendo hacer efectiva la sentencia de nnes- *'tros enemigos, <jue al perder la dominación de este país di- "Jeron: "/05 mexicanos son incapaces de (fobcrnarse por mis- ''mos.^

Estas ideas, amplificadas con orden y con el fuego pro- pio de las circunstancias y de la edad, me sirvieron de mate- ria en los ya citados discursos. En el de la mañana dirigí por conclusión al emperador estas palabras: ^^ Es preciso^ señor^

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"gMc el gobierno ocurra al congreso^ á ese mismo congreso^ del "ctiaí se le hace tener desconfianza y le diga: sálvate y sálvame ^^ porque ambos perecemos !^^

La resolución con que hablé motivó seguramente mi nom- bramiento para individuo de la comisión, y ésto, asf como la justicia que me hizo el emperador, conociendo que yo no odiaba á su persona sino á la arbitrariedad que veía asoma- da con todas sus detestables formas, dio ocasión para que después de mi primer discurso me llamase en lo privado á su gabinete y me dijera *'¡Sr. Bocanegral he llamado á " vd. para manifestarle que no me ofenden las opiniones, si- "no el que se emitan con odio: voy á mostrarle á vd. por- **que conozco su intención y buena fe, una verdíid que no "conoce, para que se peuetrede la razón con queobro.^ Sacó en seguida de una gabeta un legajo de papeles que vi, y que contenía representaciones de varias diputaciones provincia- les, otras corporaciones, comunidades, varias autoridades^ generales, jefes, y cuerpos del ejército y de la guarnición de México, todas reducidas á pedir «xpresa y claramente, la dU solución del congreso; y el emperador añadió, al aoucluir la lectura de los documentos: "se me exige todos los días pa- "ra que dicte esta medida; se alarma continuamente y se "hace sufrir á la nación por este estado de agitación : jqué "hago yo en tales circunstancias, Sr. Bocauegrat'^

Mi respuesta, así como todo lo demás que hablamos, fué conforme con lo que había expuesto en mis discursos en la juntíi. Insistí en mis ideas, y repetí mi modo de pensar de la manera comedida que correspondía, principalmente cuan- do había recibido la más clara p>rueba de la\ más buena fe; pero buscando siempre el buen resultado que en público ha- bía propuesto, reproduje el medio único que hallaba de sal- varnos. De conformidad asimismo con estos principios, ex- tendí por escrito mi voto particular como individuo déla co- misión nombrada, proponiendo "queel grave asunto que nos

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"ocupaba y cuya general trascendencia era incalculable, se "remitiera al congreso mismo de cuya suerte se trataba, pa- ' "ra que pesando las circunstancias de la situación, acordara "y dictara las providencias convenientes, procurando por "el bien nacional, reformar los defectos que se le imputaban^ "y servían de pretexto para mantener a la nación en una "alarma que produciría males gravísimos y «aun su ruina."

La junta volvió A reunirse á las seis de la tarde: mi vo- to, como que se aprobó el de la mayoría, no se discutió, y el dictamen dicho do la comisión en su mayoría, como debía esperarle según dice el Sr. Zavala en snJSnsayohistóricOy de una junta en que votaban generales, consejeros, diputados y todo el mundo, después de doce horas de sesión. Yo diría y después tamlién de las maniobras practicadas. Y agregaría igualmen- te que este resultado fué efecto necesario de los anteceden- tes preparados entre otras personas y doctrinas, por las del señor diputado reformista.

Sin «mbargo, yo creí y creo que cumplí con mi deber y mi conciencia, no sucumbiendo á las miras tortuosas de los falsos directores del emperador Iturbide y de sus naturales enemigos.

El Sr. Zavala, que no puede lUunarse parcial en mi favor; pero á quien no han faltado delicadeza y honor, á pesar de lo mal que me quiso presentar como fiuicionario público, ma- nifiesta cuál fué mi conducta, en ei siguiente párrafo, toma- do de la página 153, del tomo 29 de su Ensayo Histórico, donde dice, hablando de mí: "suscribió (Bocanegra) ala "proposición qno pedía al congreso la elevación de aquel "caudillo (Iturbide) al trono; y aunque por el modo con que "se hizo no era justificable este paso, no hay duda, en que un "buen patriota y un hombre de bien podía desear y auncoo- "perar a que se crease una monarquía nacional en aquéllas ^^circunstancias. Bocanegra reclamó contra las demasías del "gobierno imperial constantemente; y debe decirse que su

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"liouradez uo se manchó cou ningúu acto de servidumbre, "ni mucho menos hizo tráfico con la libertad de sus comi- "tentes.'^ Pero volvamos á la notable junta.

El dictamen que fué aprobado en ella, y del que hemos tratado antes, se remitió al congreso. Este nombró en con- secuencia una comisión para (lue consultara sobre el asunto que con sobrada razón llamaba la atención pública, y tenía pendientes nada menos que los destinos y la suerte de una gran nación: pasó á ella el negocio y ya veremos el resul- tado.

La creación de la orden mexicana de caballeros llamada Imjieriál de Guadalujje fué uno de los acontecimientes nota- bles de la época. En 13 del mes de agosto del año de 22, se celebró con toda pompa y magnificencia civil y religiosa la instíilación de la referida orden de Guadalupe, aprobada eu 20 de febrero de 1822 por decreto expreso de la junta gu- bernativa, dado en esta fecha y confirmado en los mismos términos [)or el congreso constituyente de la nación. ^ Se aiombraron grandes cruces v caualleros de numero álos me- xicanos más distinguidos. El espíritu público se explicó por este suceso de un modo tan satisfactorio y general, que he- mos creído no debemos omitir su referencia para que de al- ^ún modo pU(Mla salvarse del olvido. Cayó en él, sin embargo, por las circunstancias políticas del país. Después veremos y nos volveremos á ocupar de este asunto en el período admi- nistrativo en (juo la orden mexicana de Guadalupe aparece- reinstalada.

Por este tiempo se tuvo en México la noticia de que el brigadier 1). ]<Y'1í|k» de la (iarza se había sublevado en unión del ayuntamiento y varios vecinos de Soto la Marina, diri- giendo al ciniMM'ador su i)ian en forma de representación, pi- diéndole la libertad de los dij)utados y otros individuos pre-

1 Sotlrivyt) (j, tuy.i del ilu 'Ji Je ago.sto (lo IS'22. y los df y 29 do julio del misino.

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sos; la del congreso para sus deliberaciones; la dc{)0sic5ón del ministerio, y la supresión de los tribunales militares, cu- ya existencia eríi de hecho, ¡mes el congreso se negó cons- tantemente á autorizar al gobierno para establecerlos. La re- presentación y plan son los que se ven en el Apéndice niim. 6.

El emperador, con esta ocurrencia, comisionó al Dr. D. Miguel Ramos de Ariz[)e, y al coronel D. Pedro José Lanu- za, nombrado para suceder á Garza, y á los dos con el fin de que cortasen el vuelo á la revolución que se anunciaba y que en electo concluyó, cediendo Garza y obligándose á ve- nir á México para dar razón de su conducta, fines y objeto.* lío debo concluir este incidente sin decir para honor de Itur- bidé, que en el viajo que hizo a Jalapa, según diré íi su vez, se le presentó este mismo Garza y lo recibió como un ami- go, lo dejó en libertad, perdonándole en términos deque vi- no á México sin responsabilidad ninguna pendiente.

Seguiremos vien<lo y considerando, al fin propuesto, la insistencia del gobierno sobre que se le concediese el veto para las leyes constituyentes: sobre que él sólo hiciese el nombramiento de los mini.*«tros del supremo tribunal de jus- ticia; y sobre que se lo autorizara para crear tribunales mi- litares (pie conociesen de las causas de conspiradores y la- drones, (pie era lo mismo que sancionar la ley marcial.

Estos tres y)untos, (pie fueron los que motivaron el cho- que más fuerte entre el congreso y el em[ierador, so agita- ron nuevamente y se animaron con ahinco y con una espe- cie de desi)echo por el gobierno, en los días que siguieron á la mencicmada junta de 10 de octubre de 1822, que como que- da dicho convocó el Sr. Tturbide.

El congreso, tomando en consideración la materia de di- chos puntos por su parte, (*reyó convenieíite sostener sus an- teriores resoluciones en cada uno de los tres mencionados; y de los cuales, ej dí^l nombramiento de ministros del supre-

1 Documento número 7.

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mo tribunal de justicia, se había reprobado por tres distin- tas veces. También conservó una firmeza notable, resistien- do la desmembración de la asamblea, que pretendían con el nombre de reforma el gobierno y el Sr. Zavala, valiéndose el último con astucia y para disimular, del nombre derefor- ma, creyendo que así ocultaba su intención y objeto según se ha demostrado; haciéndose digno el congreso por tal con- ducta, hasta del elogio de este diputado, como se ve amplia- mente explicado al tratar y referir estas ocurrencias y los iintecedentes de ellas, en la obra que ha publicado con el nombre de ^^ E)isayo Imtórico^^ (página 194) donde ha dicho «estas palabras:

**E1 congreso no quería disminuirse: no veía como deco- ^^rosa la resolución de eliminar á muchos de sus miembros. "En esta medida consideraba ultrajado su honor, y se obs- "tinó en este punto en la negativa. íío aprobó tampoco la ^^ creación de tribunales militares, ni la autorización que pe- ^*día el gobierno para hacer reglamentos de policía. En es- ^Ho se manifestó digno de una nación libre, y preservó por ^*entonces á aquel pueblo, de los males que le han sobreve- "nido después con los tribunales de sangre que creó esa mal- "hadada ley de 27 de septiembre de 1823, contra artículos "expresos de la constitución." Aquí el propio autor de la reforma nos habla el idioma imparcial de la verdad, y en fuer- za de ella y de lo» hechos, no dudó impugnarse á mismo, pues que él fué, no sólo sufragante eu la asamblea, sino crea- dor de la medida, cuya resistencia y no admisión elogia des- pués con el mayor encarecimiento, aunque se contradiga dé- bilmente.

Discusiones acerca de las materias que se han menciona- do y oposición á las pretensiones del gobierno ocuparon al congreso los días que siguieron (31 de octubre de 1822); y aunque se valió de la fuerza, de la razón y el raciocinio, y to- otros resortes de cordura y prudencia respecto del gobier-

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no, éste siguió su marcha, y sin ceder eu nada dejó ve- nir, 6 provocó los aconte^mientos públicos que iremos viendo.

El propio gobierno y partido del emperador, cuyas ten- dencias eran ya tan claras como la luz del día, dieron deci- didamente al con gres© el golpe meditado y anunciado de muy atrás; y fuese la resolución comprometida ó precipita- da, Iturbide disolvió en fin la representación nacional con quien tanto había pugnado.

En efecto, el día 31 del citado mes de octubre (822) á las diez de la mañana, se presentó en el salón del congreso el bri- gadier D. Luis Cortázar, y estando en formal sesión, la inte- rrumpió diciendo se suspendiese, y sacando el reloj dijo la hora que era, é intimó al congreso, dirigiéndose al presiden- te, su disolución, y previno la entrega de su secretaría y ar- chivo dentro del perentorio término de media hora, leyendo el decreto del emperador que así lo mandaba. ^

Nótese aquí, que tanto sobre permitir ó no la presencia en el salón del congreso al general Cortázar, como también sobre obedecer ó no el decreto que se notificaba, se quiso por algunos diputados deliberar y presentar proposiciones para extrañamiento y reclamación ; pero nada se hizo al fin. El pre- sidente Lie. D. José Mariano Marín, no tuvo, como otras ve- ces y en otras cuestiones ha tenido, el valor civil necesario en aquel acto para obrar de algún modo enérgico y no tan pasivo como se mostró. No hubo más arbitrio que ceder á la fuerza en tales momentos, y por ella, los diputados que con- currieron, i^ues no estuvieron todos, se retiraron á sus ca- sas. Yo llegaba al congreso cuando salían los que habían concurrido por la cita inesperada y ahora extraña; pero me incorporé con los disueltos, participando de su suerte y la- mentando la de la nación que se hallaba en alarma y más

1 Documento núin. 8.

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f

que agitada por causa do los acontecimientos que van refe* ridos, y cuya importancia no ij^iede ser desconocida.

El emperador Iturbide quiso conservar un simulacro de representación nacional, y creó con este fin una junta que denominó institxiyente^ compuesta de dos diputados por cada provincia, según se ve en el decreto que expidió para disol- ver el congreso.

En el gabinete del emperador hubo una larga y acalora- da discusión sobre los diputados que debían elegirse para la junta, y llegando á la representación por Zacatecas, el mis- mo emperador espontáneamente me propuso para uno de los que debían representar á esta provincia, y debo recordar con gratitud que advertido por sus áulicos de mis ideas y de la oposición que había hecho al gobierno, respondió ^^quecuaUs- quiera que fuesen mis opiniones era hombre moderado^ é instruí- do y de iuenafe.^^ No escribo esto por alabanza propia, sino para demostrar que Iturbide fué consecuente con que me manifestó el mismo día de la junta celebrada en su casa, y para dar á conocer que sus intenciones no eran de tocar los extremos, y jamás quiso el mal sino que maliciosamente se le despechaba para precipitarlo.

También mencione aquí esta ocurrencia, para que pueda saberse porqué fui elegido para la junta instituyen te, habien- do opinado constantemente contra las demasías del gobier- no imperial.

La elección, pues, de mi persona, exclusivamente fué del emperador y no de su gabinete ni de los que lo ensalzaban, cuya circunstancia dio lleno á mis ideas.

La junta instituyente, creada como es dicho, se instaló en la tarde del día 2 de noviembre (822) con todo el apara- to y asistencia de ley y do costumbre.' 151 emperador en es- te acto pronunció un discurso, que podía considerarse como

1 Docaxnento número 9.

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el resamen de cuanto se había inventado y dicho contra el congreso, queriendo así justificar hi medida de la disolución, tan arl)itraria como perniciosa por las consecuencias que se esperaban y que en efecto produjo. Las bases ^ bajo que se creó esa asamblea, fueron como generalmente son en estos casos, extrañas y contradictorias en mismas, pues al tiem- po que se le declaraba la facultad de formar el proyecto de eomtitudón^ se le tenía tan sólo por convocante del con- greso que era á quien competía la formación del código fun- damental ; y por otra parte, se le daban atribuciones legislati- vas para imponercontribuciones y arreglar la hacienda públi- ca, cuando se había dicho que era puramento convocante.

Bajo tal organización, aunque viciosa, comenzó sus sesio- nes esta junta, de cuyos principales trabajos me ocuparé aunque rápidamente; debiendo notar antes, que en el propio día de su instalación, recomendó el gobierno con especiali- dad lo relativo á hacienda pública, é insinuó el rompimiento de las hostilidades por parte del castillo de San Juan de Ulúa, llamando con tal motivo la atención de la junta sobre escaseces de recursos que se padecía en Veracruz, en cir- cunstancias de hallarse detenida en Perote una conducta de caudales, pertenecientes en la mayor parte á españoles que habían salido ó estaban para salir del imperio.

El mismo gobierno habia detenido en efecto esa conducta que importaba más de un millón de pesos, y dispuso de ella, obteniendo por sus indicaciones muy claras y expresas, la autorización que la junta instituyente le dio á principios de noviembre, previniéndose igualmente que no se extrajeran caudales ni efectos de ninguna clase para España ó sus do- minios; considerando á la nación mexicana en estado de continuar la guerra de su independencia, y considerándose en un verdadero casiis iellL

\ Diario de la junta Dacional institaycnte del imperio mexicano. Día 2 de noviem- bre de 1822.

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Sean cuales fueren las razones que con posterioridad se han hecho valer contra esa medida, ella fué exigida por las circunstancias, y nada tuvo de extraño, como no lo l)a sido en sucesos de su especie, ocurridos en guerras de naciones civilizadas y ejecutadas por gobiernos concienzudos.

Por esto, yo, al presentarse el asunto en discusión, dije en sustancia: todos saben y alegan lo respetable de la pro- piedad, es cierto; pero también lo es, que no merece menos respeto el derecho de gentes, observado entre las naciones. Por consiguiente, si en virtud de aquel á nadie debe privár- sele de lo suyo, en fuerza de éste se resguardan los Estados para impedir todo daño que infieran ó preparen sus con- trarios.

El dinero iba á servir para la división española encerra- da en Ulúa; el gobierno ya lo había mandado detenei^ la escasez era grande, y por otra parte, los españoles, dueños de las mejores fortunas, se resistían á auxiliar al erario. Preciso fué, por obra de la necesidad, legalizar los procedi- mientos anteriores, como lo hizo la junta con esa medida, aceptando la responsabilidad de la nación, garantizando en forma su reembolso á los dueños de los caudales detenidos.

El rompimiento de los fuegos y hostilidades de San Juan de Ulúa sobre la plaza de Veracruz, que se ha indicado, tuvo lugar á fines de octubre de 1822, de aquí so siguió que el general español D. Francisco Lemour, que vino á reemplazar en el mando de aquella fortaleza al antiguo gobernador de Veracruz, D. José Dávila, expidiera una especie de mani- fiesto ó proclama á los luibitantes del reino de México^ en que á nombre del rey Fernando VII y de las cortes, prometía la paz, y anunciaba los comisionados que venían ya en camino á tratar de ella. Este documento lleva la fecha de 23 de oc- tubre, y el 27 al rayar el día, atacó Lemour la plaza de Vera- cruz, cargando la mayor parte de la fuerza que tenía en el castillo, sobre los baluartes de la Concepción y Santiago.

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Sin embargo do su decisióu y empeüo, fué rechazado con grande pérdida de su tropa, y al que anunciando paz hizo guerra, se le contestó por lo mismo y se repelió la fuerza con la fuerza.

El día 10 de noviembre, por las circunstancias, marchó precipitadamente hacia el rumbo de Veracruz el empera- dor, á gravísimos negocios^ según lo dijo en la despedida que mandó circular y dice:

"Mexicanos: gravísimos negocios déla patria, transpor- tan á vuestro Emperador al puerto de Veracruz con toda ejecución y rapidez. Vuestra libertad y seguridad indivi- dual, y la pacífica posesión de vuestros hogares, han sido siempre los objetos más sagrados y caros de su atención y respeto. Para dar todo el lleno á sus deberes imperiales, perdona con la mayor satisfacción y complacencia el reposo de su casa y la dulce sociedad de su familia. Empero la ma- dre patria es justamente digna acreedora de los sacrificios más sensibles ; por molestos y costosos que estos fuesen, siem- pre endulzarían su corazón magnánimo, á vista de los in- marcesibles laureles de que (mediante la divina protección) espera regresar nuevamente coronado á la capital del im- perio de su mando.

"Innumerables y nada equívocos testimonios os ha dado en todo tiempo S. M. I. de la aversión con que mira la di- sensión y bandos de la infeliz rivalidad, semillero de des- gracias; como por el contrario, del alto aprecio que le mere- cen la bella armonía, buen orden y recíproca confianza de sus conciudadanos. Constituido un padre de familia de todos ellos, no puede su ternura dejar de verlos y tratarlos como á hijos suyos; y estos mismos afectos paternales le dignan el suplicaros (no ya mandaras, mexicanos), que entretanto vuelve Agustín del punto de su marchn, conservéis el ma- yor orden social y la unión más íntima, unos con otros, en una firmeza inalterable de las ideas más íntegras y juiciosas,

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sin dar el mínimo motivo á las autoridades que quedan fun* giendo los oficios de su persona augusta, á que levanten sobre vosotros la palabra de increpación ó el azote del cas- tigo, sino antes más bien, deis nuevas pruebas de vuestra docilidad, obediebcia y confianza, añadiendo más y más ho- nor y gloria á vuestro nombre.

"Es cuanto vuestro amante emperador tiene que deciros por esta vez, sin dejar de rogaros otras muchas, que en vues- tras piadosas y fervientes oraciones lo encomendéis A

Dios."^

Estos gravísimos negocios, se creía por unos que eran la toma del castillo de Uliia, y por otros, que estaban más al tanto de las cosas, se aseguraba que se trataba 'de apaciguar la inquietud y tormenta que se suponía como efecto del re- sentimiento del brigadier D. Antonio López de Santa AnnOj á quien Iturhideliabía separado del mando de Yeracrue. Esto fué lo que ciertamente motivó el movimiento del emperador, por lo que se ve en el oficio que desde Puebla dirigió á la junta instituyente el ministro D. José Domínguez, que dice: "Mi- ^'nist^rio único. Sección de guerra. Aquellos á quienes "la Providencia, valiéndose de la voluntad de los pueblos, "eleva al trono, y deposita en sus manos el cetro que dirige las grandes sociedades, contraen, entre multitud de obli- "gaciones, la de dar á los que les obedecen, razón de su con- "ducta pública, poniéndolos así al alcance de los motivos "que les obligan á obrar. La marcha franca del jefe de una "nación, inspira confianza, prueba buena fe, y ahora le ad- " quiera la aprobación de los buenos, ahora la crítica de los "malcontentos, ahora en fin los justos elogios del sabio " apreciador del acierto, nada le dispensa de este deber, na-

1 Nota.—^. M. I. lalió do esU capital el domingo 10 de noviembre á laa tres déla maft^na laludado por trea galrai de artillería de la plaza (de 21 tires cada una). Llegó á la ciudad de Puebla el mitmo día, ya tardo, j permaneció en ella hasta el día 13 que %ú\6 para Poroto.

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'^da puede servir de disculpa á la obscuridad y al misterio.

" Hay, sin embargo, momentos en que la política y la pru- "dencia aconsejan conformes disimular la causa verdadera ^*de un procedimiento, hasta que el tiempo la descubra, por- "que obrando de otro modo, parecería y aun sería en efecto "tiránico, ilegal é injusto; atrayendo además sobre el prín- "cipe el desconcepto, (mal temible que produce siempre "consecuencias funestas), y malogrado el éxito de operacio- "nes en la calma y en el silencio.

"Estos principios, que no se ocultan á la penetración del "emperador, son la regla indefectible de sus operaciones: "conforme á ellos me manda decir á V. SS. para conoci- "miento de la junta y del público, las causas que le impul- "saron á salir de la capital, y las que tuvo para nomanifes- " tarlas entonces, pues llegó el momento en que callarlas sería "contravenir á aquellos sus principios adoptados.

"Había un jefe en el ejército, cuyos servicios de más os- " tentación que solidez, tenían deslumhrados á los incautos; "cuya hipocresía engañó al gobierno; cuya presunción se "tfivo por efecto de una juventud irreflexiva, peroremedia- "ble con sólo dejar pasar algún tiempo, y auxiliar á los po- '^cos años con los paternales consejos que dictan la madn- **rez y experiencia: el orgullo y la ambición que nunca supo ' "disimular, se equivocaron con la noble emulación y con la '^grandeza del alma; y él tan cauteloso como astuto, apro- "vechando los momentos de ilusión, y abusando de la ge- "nerosidad de un monarca, que le apreciaba porque le con- "sideraba digno, pudo arrancar de su mano bienhechora, "honores, distinciones y empleos hasta ponérsele al frente de "parte de nuestros guerreros, confiársele una plaza impor- "tante y el gobierno político de una provincia. Es difícil, "imposible en lo moral, poder disimular mucho tiempo los "extravíos de un corazón corrompido y de una alma vilmen- "te dominada por las pasiones: en la obscuridad no se ven

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^4os grandes defectos; pero una vez que el hombre salea la ^Muz pública, y se da en espectáculo á los demás que tienen ^'lugar de observarlo en la altura en que está colocado, apa- "rece desde luego, si es el merecimiento 6 la intriga quien "le elevó á ella.

"Así sucedió con el brigadier D. Antonio López deSan- "ta Anna. Las representaciones de los pueblos que una fa- "talidad puso á su cuidado; las quejas repetidas de sus su- ^*periores sobre su insubordinación é impericia; los informes ^'que llegaron al gobierno del estado de indisciplina en que "tenía á la tropa, do desorden en que estaba la provincia, "de desfalco en que se hallaba la caja del cuerpo de que "era coroi>el; el susurro', aunque sordo, perceptible de sus "compañeros y subalternos que murmuraban, unos los de- "saires que les inferían sus maneras inciviles, y otros los in- "sultos con que les mortificaba su grosería, llamaron la aten- "ción de S. M. L sobre este hipócrita, que había tenido la "sacrilega audacia de engañar á la patria, y de robar á lo» "beneméritos los empleos de que no era digno; recordó en» ^*tonces los principios de este miserable, los rápidos progre- "sos de su carrera, la bajeza, el empeño y la desvergüenza "con que solicitó sus ascensos y destinos, y halló ser undis- ^*cípulo aprovechado del terco y fanático general Dávila; un "capitulado que no abrazó, sino que se acogió como por re- "curso á la causa nacional, porque los brazos que la soste- "nían le batieron y le obligaron á ceder; un hombre sin de- "licadeza, que acepta los grados que le da un virrey á quien "ya no servía, que so contenta con que se le admita de escri- "biente en la oficina del jefe imperial que le venció, y des- "pués con íirterías y pretextos ridículos se quiere apoderar "del mando de unas tropas que otros reunieron, y de la "autoridad del (lue le había favorecido; un hombre que com- " promete al gobierno en un ardid de guerra, que no tiene "talento para llevar al cabo; un militar, en fín, que maqui-

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'^ ua aseslnaT á su capitán g^eneral, s^o por siubfitituirle) aiin- ^^que á este crimen sea consiguiente la pérdida de una plaza ^'fuerte, 7 abrir la puerta á nuestros antiguos itiranos. Tales '^descubrimientos exigían medidas prontas para cortar los ^'progresos del mal; medidas reservadas para que no se frus- ^^trase tan santo objeto; pero los delitos de Sairtá Anna no ^* estaban probados oomo.qniere la ley, y por otra parte^ ya **el traidor tenía opinión entre los que ignoraban sus mal- ^Slades, y los enemigos del orden estaban de acuerdo con él, '^para trastornar el gobierno establecido y precipitarnos en ^Ma anarquía. Mandarle prender y procesar era exponerse ^'á su fuga; llamarle á la corte, no vendría; sacarle de la pro- 'Wincia para otra, era aproximar el rompimiento; imponerle '^pena sin haberle juzgado, anticonstitucional é injusto. Só- ^Mo la presencia del emperador parecía que pudiera allanar ^'tantos escollos, como este negocio presentaba. La corte ^'estaba tranquila: los ramos de administración, en quienes ^'iKxlían y. sabían desempeñarlos; el poder legislativo, apro- ^Wechando nua calma para adelantar sus trabajos, sin los ^'cuales á nada podría precederse por falta debases;laspro- ^^vincias en quietud, disfrutando de la dulzura de la paz: en '4al estado, S. M. I. no vacil», abandona á su augusta es- *^posa en la época más delicada que tiene el sexo; olvida los '^halagos de sus tiernos hijos; prescinde de las comodidades ''que su palacio le ofrece en las pocas horas que los euida- '^dos le permiten disfrutar algún descanso, y sale acompa- "nado de algunos de sus amigos á rectificar la opinión déla '^provintia de Yeracruz, á quitar de ella un monstruo de in- ''gratitud y felonía, á garantizar y poner á cubierto la vida "del buen general Echávarri, contra la que asestaba sus ti- "ros el traidor, y áseparar á éste sin estrépitode entre susfao- "ciosos partidaiios, para colocarlo eu donde no pudiese dañar, "mientras daba nuevos motivos que le pusiesen á disposi- "ción de Ja ley, y bajo la espada de la justicia. Se le da la

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^' orden por mí, y á nombre de S. M, I. de tranaladarse á la '* capital, en los términos más honoríficos: suplicaí ruega, ins- <^ta con su acostumbrado abatimiento, que se le permita ^^continuar en unos empleos que tan mal desempeñó; y el *^ emperador lleno de amabilidad, pero de firmeza al mismo ^Hiempo, le aconseja como uu padre, le persuade como un ^'amigo, le franquea de su corto peculio la cantidad que le "pide; pero insiste en que se traslade á México, en donde la "patria reclama sus servicios: queda en obedecer y el mis- óme día sale 8. M. de Jalapa, él para Yeracruz; aprovecha "la ocasión de la ausencia del capitán general, la ignoran- "cia en que las autoridades estaban de su separación del "mando, y con los soldados de su cuerpo que daban laguar-

"nición, se pronuncia ¡Traidor! pues aun no se sabe el

"sistema que ha proclamado, ni es fácil inferirlo, porque pa- "ra él todos son iguales: república dijo, y después entró en "convenios con el goberuador de San Juan de TTlúa.

"Las tropas están en movimiento; generales y jefes dig- " nos las mandan ; las medidas están tomadas, y dentro de po- "cos días espero tener la satisfacción de decir á Y. 3S. "San* " ta Auna expió en un suplicio la enormidad de sus crímenes; "igual ha sido la suerte de los que le siguieron, y no iniplo- "raron la clemencia del mejor de los emperadores; triunfó "la causa de la patria; y este es un nuevo bien que debemos Agustín Primero, á quien Dios prospere." Dios guar- "de á